Borges y Wagner
Wotan, dios omnipotente, no puede violar sus propias leyes sin que se derrumbe su reino.
En vez de preocuparme de los nuevos ministros, estuve hace poco en Londres dando una charla sobre Borges y, al día siguiente, viendo al magnífico tenor Andreas Schager en el papel de Sigfrido, el héroe epónimo de la tercera ópera de esa fastuosa tetralogía que es el Anillo de los Nibelungos y que Wagner estrenó hace justo 150 años. De allí caminé por las calles de Londres, comparando a Borges con Wagner.
Bien se podría objetar que es absurdo comparar a dos creadores tan distintos. Pero Borges diría que, al contrario, las grandes diferencias son de por sí una buena razón para comparar. A él le divertía imaginar correspondencias entre obras absolutamente distintas. Por ejemplo, entre libros que se acompañan en un estante en función de alguna clasificación (orden alfabético, fecha de publicación) que ignora su contenido. Para él, cualquier libro puede iluminar a cualquier otro.
Pero Wagner y Borges, por distintos que sean, tienen a la vez mucho en común.
Borges aprendió nórdico antiguo e islandés antiguo para leer las mismas sagas que pueblan las óperas de Wagner. Como lo demuestran sus dos libros (de 1951 y 1966) sobre literaturas germánicas antiguas, se empapó de la mitología que exhibe Wagner en el Anillo. Además, Borges como Wagner admiraba a los héroes. Aparte de los nórdicos, como Sigfrido, celebraba a héroes argentinos. Héroes como el coronel Suárez, su bisabuelo, cuya carga de caballería habría sellado el triunfo de los patriotas en la batalla de Junín. "Oh joven capitán que fuiste el dueño/ de esa batalla que torció el destino", le canta Borges. El general Miller, quien se sentía dueño de esa misma batalla, no contó con poetas entre sus descendientes.
Borges y Wagner tienen otras cosas en común. Ambos son ávidos lectores de Schopenhauer. Ambos se dedican en sus obras a dramatizar ideas filosóficas. Ambos interponen en sus obras elementos mágicos que alteran la supuesta realidad. En Wagner, un anillo que te da infinito poder, un yelmo que te hace invisible, un brebaje que te provoca una irreversible pasión. En Borges, un Aleph, pequeña esfera en un sótano de Buenos Aires que contiene todos los puntos del universo; o un Zahir, objeto que no puedes olvidar una vez que lo has visto, y que en distintas partes puede ser distintas cosas: en Persia, un astrolabio; en Tetuán, el fondo de un pozo; en Buenos Aires, una moneda de veinte centavos.
En su cuento llamado el Zahir, el narrador, llamado "Borges", recibe la maldita moneda en el vuelto que le dan en un bar, tras asistir al velorio de Teodelina Villar, una belleza argentina que él admiraba. La moneda le cambia la vida, y si bien se deshace de ella no puede nunca más olvidarla.
Para distraerse, este "Borges" escribe un relato fantástico que cuenta con otro narrador. Este dice ser un asceta, dedicado a resguardar un tesoro que nadie más ha de poseer. Poco a poco descubrimos que ha degollado a su padre ("no hay hombre que esté libre de culpa"). Poco a poco descubrimos que tiene escamas. Poco a poco descubrimos que es un dragón, que es el Fafnir del Fáfnismál, un antiguo poema nórdico. O sea, es el mismo dragón, llamado Fafner, que el Sigfrido de Wagner elimina con su invencible espada. El tesoro que ha resguardado con tanto celo, "de oro fulgurante y de anillos rojos", y que Sigfrido libera tanto en Borges como en Wagner, es el que los Nibelungos les arrebataron a las doncellas del Rin.
No creo que Borges se diera el tiempo para apreciar a Wagner. Conociéndolo más, habría admirado sus sutilezas filosóficas. Por ejemplo, que Wotan, dios omnipotente, no pueda violar sus propias leyes sin que se derrumbe su reino: es lo que ocurre en el "Crepúsculo de los dioses", la última ópera de la tetralogía.
Dura casi cinco horas. Si tuvieran la humildad que se necesita para concentrarse tanto tiempo, les haría bien verla a los presidentes de Estados Unidos y Rusia, y al Ayatola de turno, para entender que hasta un dios debe ceñirse al imperio de la ley.