Jueves, 09 de Abril de 2026

Laicidad vacía

UruguayEl País, Uruguay 9 de abril de 2026

No hay que entreverar lo que es de Dios con lo que es del César, debemos cuidar el clima de estas discusiones.

Uruguay adoptó hace mucho tiempo un modelo de convivencia basado en la laicidad.

La laicidad es aquel principio que establece la separación entre la sociedad y lo que se denomina -con criterio amplio- hecho religioso.

Es decir, de lo trascendente, de la búsqueda de ello, mediante distintas formas individuales o colectivas, como símbolos, creencias, ritos, corrientes religiosas, manifestaciones, e instituciones.

El Estado se debe al principio caro de la neutralidad, y esto es en función de la materia religiosa, como de la ideológica. Dado que debe garantizar que cada componente colectivo de la sociedad, y los individuos, puedan vivir su experiencia vital -incluso la trascendente- con plenitud, pero sin incomodar a otros.

El Estado, y todo lo que depende de él, debe garantizar la laicidad. Laicidad en sentido amplio.

Sin perjuicio de este principio de la laicidad, tan arraigado en nuestra sociedad, desde hace mucho tiempo a esta parte ha arreciado un laicismo exacerbado que pretende anular lo trascendente. Un laicismo que siempre ha querido disfrazarse de laicidad.

Y ese laicismo, más allá de la identidad fonética, se encuentra bastante reñido con la propia definición de laicidad.

Porque éste no es otra cosa que una manifestación ideológica -y muy prendida de la política- derivada de la primera, y como tal lo que busca es la erradicación de cualquier manifestación religiosa que se plantee en público.

La laicidad plantea autonomía, el laicismo una exclusión beligerante.

De por sí, esta última resulta violatoria de la libertad de culto que nuestra Constitución consagra, pero también del puro ejercicio de la libertad individual cuando se trata de la puesta en práctica de algo que no es nocivo para otros, aunque se ejercite en público.

Obviamente que la discusión que podemos dar a principios del siglo veintiuno, no es la misma que se daba en los albores del siglo veinte.

La laicidad en aquella época se la veía en función de una falsa modernidad racionalista mal entendida que pretendía esconder y excluir lo trascendente de la vivencia humana. Y así nos fue, sin Dios, caímos en picada de la mano del relativismo y la cultura de la muerte.

Hoy, para una sociedad como la nuestra, con profundas e innegables raíces judeo cristianas, con una indiscutible identidad occidental, la laicidad resulta una herramienta fundamental de convivencia. Por eso no hay que maltratarla, sino cuidarla.

Sobre todo, para el futuro.

Porque es la laicidad la que nos garantiza -o así debiera- que la educación de nuestros hijos esté libre de ideologías, es la laicidad la que nos asegura que los valores que disfrutamos como parte de una civilización que consagra y defiende los derechos humanos como extensión del derecho natural no se negociarán con extraños que aparezcan por aquí a imponer sus arcaicas costumbres.

No hay que entreverar lo que es de Dios con lo que es del César, debemos cuidar el clima de estas discusiones.

Nadie es una isla. Mantener una verdadera laicidad, y no un funesto laicismo será una gran ventaja comparativa en un futuro que nos alcanzará.

Frente a lo que puede venir, una laicidad vacía -como la europea- de nada servirá.
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