Viernes, 10 de Abril de 2026

La viga en el ojo propio

UruguayEl País, Uruguay 10 de abril de 2026

El discurso polarizador y discriminatorio de Mujica fue una constante de su carrera política y a ello se debió buena parte de su éxito electoral, en un país que veía deteriorarse su cultura cívica.

Desde esta página solemos poner en cuestión los paradigmas que lanzan habitualmente algunos analistas que, en forma explícita o soterrada, interpretan la realidad política nacional desde una mirada de izquierda. Ocurre sobre todo con ciertos politólogos que integran paneles de opinión en programas de TV Ciudad, algunos de los cuales llegaron al extremo de criticar al gobierno por izquierda, reclamándole una suerte de revolución socialista que nos "venezuelizaría" en diez minutos.

También están los que prácticamente todos los días "aconsejan" a los partidos fundacionales sobre la inconveniencia de crear el lema Coalición Republicana a nivel nacional. Como bien ha dicho en más de una oportunidad nuestro columnista Francisco Faig, tanta insistencia despreciativa debería tomarse como el mejor argumento a favor de una alianza partidaria para ganar en 2029 con mayoría parlamentaria.

Es interesante ver cómo ciertos politólogos flechados intentan menoscabar a quien los cuestiona, empleando sonrisas irónicas o comentarios descalificatorios, como aquel que se burló de la guatemalteca Gloria Álvarez diciendo que, por ser bella, estaba más para la pasarela que para la actividad política.

Pero esta no es la generalidad. Y, justo es decirlo, no es para nada el caso de Adolfo Garcé; un experto que generalmente comenta la realidad política con un talante más objetivo, habiéndose enfrentado en más de una oportunidad a sus colegas en el ejercicio de su independencia de criterio.

Desde tal reconocimiento, nos parece significativo referir a la columna de Garcé publicada ayer en Búsqueda, en la que el politólogo comenta una muy reveladora entrevista al senador Sebastián Da Silva realizada por nuestro diario.

Saludablemente, Garcé sale en defensa de este legislador siempre denostado por la izquierda, por su pecado de no tener pelos en la lengua a la hora de criticarla y exponer sus contradicciones. Lo defiende por su autenticidad, pero también por sus tácticas comunicacionales: percibe en él un ascendente líder de derecha que acicatea la frustración de una ciudadanía no politizada, un público que en épocas pretéritas acompañaba a Jorge Pacheco Areco, más recientemente admiró a José Mujica y ahora se percibe huérfano de un liderazgo populista.

Hay una dosis de valentía en el reconocimiento que Garcé hace de Da Silva, porque ciertamente este último es satanizado por la moralina progre imperante. Incluso realiza una comparación explícita entre él y Mujica, por su capacidad de hablar en lenguaje llano, aunque a veces incluya exabruptos.

Pero Garcé matiza su reconocimiento al advertir que, a los académicos como él, les preocupa que "con demasiada frecuencia, el discurso de Da Silva trasmite odio. Odio a los 'zurdos'. Odio a 'Fernando Pereira'. Esto es lo que considero dañino". Sorprendentemente Garcé contrasta esa práctica con la de Mujica, quien, según él, "contribuyó decisivamente a transformar al Frente Amplio en un partido enorme sin odiar" y "aprendió a mirar a los rivales como adversarios".

Es como ver la paja en el ojo ajeno, pero desconocer la viga en el propio. Si alguien construyó su carrera política en base a discursos de odio, ese fue José Mujica.

Una vez dijo que los que votaban a Astori en la interna del FA eran "los que hablaban inglés". Otra vez se mofó de los "platudos" y "cajetillas". Otra se burló de los intelectuales "que nunca levantaron un balde de mezcla",o que "nunca se subieron a un arado". Otra recomendó a los blancos que "cuidaran a sus mujeres". Otra aconsejó a los venezolanos demócratas a "no pararse delante de las tanquetas". Otra manifestó -en una película de Netflix- que no había nada más lindo que entrar a un Banco con un revólver. La lista es interminable y podría seguir.

El discurso polarizador y discriminatorio de Mujica fue una constante de su carrera política y a ello se debió buena parte de su éxito electoral, en un país que veía deteriorarse su cultura cívica a impulsos de populismo y decadencia educativa. Y los herederos de Mujica no le van en zaga. Siguen polarizando, ubicándose en el terreno de una justicia social para la que están demostrando ser absolutamente ineficaces, mientras atribuyen a la oposición las peores intenciones y trafican con un "auge mundial de la ultraderecha", que explican por teorías conspirativas y no por el fracaso estrepitoso de las utopías socialistas.

Puede coincidirse o no con el estilo de Da Silva, pero la verdad es que era hora de que alguien les pagara con la misma moneda.
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