A pesar de todo, el Derecho volverá
El mal de esta guerra con tregua endeble y salida incierta no finca sólo en la destrucción y las subas del petróleo.
Un suspiro de alivio profirió el mundo entero porque en las últimas horas del martes se acordó una tregua de 14 días entre Irán y la coalición de Estados Unidos con aplauso y medalla para el gobierno de Pakistán,-que, en silencio, supo hacer la ciclópea fajina de la que desertó la ONU.
Aun frágil y sin suspensión de los bombardeos israelíes en suelo libanés, esta tregua es mucho. Llevamos más de un mes con el corazón apretado ante el espectáculo continuado de incendios, escombros y asesinato colectivo que nos depara la cobertura en vivo de la guerra medida en rating y precio del petróleo y no en condolencia ante la ignominia.
El show ha sido tan realista y glorioso en colores como miserable y ruin en sustancia. Es un alarde técnico al servicio de la información, pero eso no nos autoriza a dejar de horrorizarnos y condenar una matanza entre semejantes, intrínsecamente abominable.
Pero en esta campaña bélica peor y más peligroso que el asesinato masivo -propio de todas las guerras- ha sido la calidad de los mensajes que ha proferido el Presidente de Estados Unidos de América.
Amenazar con destrucción masiva de objetivos civiles, anunciar el infierno, avisar que se llevará a un pueblo entero a la Edad de Piedra y darle hora fija al fin inmediato de una civilización entera no es ejercicio de "retórica", como mal se ha deslizado en estas horas. La retórica es parte esencial de toda filosofía humanista. Es el arte de aclarar, explicar, persuadir y convocar. Se afianzó en la enseñanza de Aristóteles. Es todo lo contrario de meter miedo, mandar matar y no saber siquiera justificar tamañas brutalidades.
Las diabólicas amenazas que hemos escuchado en estos días desde la cumbre del poder estadounidense, aparecen como el clímax del culto al poder desatado, omnímodo, sin frenos morales.
Que esas violaciones del Derecho y en esos insultos a la filosofía occidental esté incurriendo el Presidente de la nación cuyos textos institucionales inspiraron a muchas democracia del mundo -fueron la fuente de las Instrucciones del Año XIII, según demostró hace más de un siglo Héctor Miranda- ha logrado hacernos sentir, en la sangre y en los huesos, una profanación sin precedentes.
El mal de esta guerra con tregua endeble y salida incierta no finca sólo en la destrucción, el sufrimiento y las subas del petróleo. Además, en este mes, se ha dado cancha libre a actitud y conceptos que violan el progreso humanitario que construyeron las naciones civilizadas a lo largo del último siglo.
Por lo cual, no es cosa de orejear quién gana. Tampoco corresponde admirar al que pateó el tablero y esperar de él que establezca un nuevo orden mundial.
Es cosa de saber que tenemos el deber incondicionado de oponer reservas de conciencia al desvarío y al crimen, lo mismo cuando fracasa que cuando triunfa.
Es cosa de que todos -sin distinguir banderas- conservemos la sensatez para no dejarnos atropellar por locuras, sabiendo que después de todas las profanaciones, siempre el Derecho se restablece, como único camino que salva de las tinieblas a la criatura humana y la asoma a las luces del amor al prójimo.