Cultura de la paz
Escuché el término por primera vez hace años, en una reunión internacional de prensa
Escuché el término por primera vez hace años, en una reunión internacional de prensa. En medio del debate sobre libertad de expresión, se paró un editor brasileño y expuso su visión de la cultura de la paz y la importancia de una prensa comprometida con tan bellas intenciones. Pocos después, en una reunión del Foro Económico Mundial, en Davos, Suiza, los megaempresarios de este encuentro también se mostraban interesados y alguien hizo notar que todos los conflictos violentos, desde las peleas entre dos hermanos pequeños hasta las guerras más devastadoras, comenzaban, siempre, con una degradación del lenguaje. Desde el tono de voz hasta los insultos, iban creciendo y servían de introducción a la violencia.
La palabra, siempre la palabra, precedía a la violencia y le abría campo. De ahí la importancia de la prensa, pensé, que solo cuenta con palabras para narrar los hechos y expresar los pensamientos. Y como se trata de una cultura que debe impregnarlo todo, tampoco deja libre al abusador dentro de un país porque ella debe buscar absorber también al tirano e incluirlo en sus alas para procurar la convivencia pacífica, entre ciudadanos, entre gobernantes y gobernados, entre vecinos de casa y de países.
El término suena hermoso y hace resonar la buena voluntad y los buenos instintos. ¿Será posible que se imponga una cultura de la paz en medio de una situación mundial alarmante? Pareciera que los brutales errores del siglo XX, con sus dos guerras mundiales, dieron origen a un período de paz. La increíble fuerza de las armas actuales, unida a las tensiones que se han desatado recientemente, podría augurar un nuevo impulso a una cultura de la paz. ¿O será mucho optimismo?