Viernes, 17 de Abril de 2026

Fragmentación presidencial

ChileEl Mercurio, Chile 17 de abril de 2026

Quizás convenga asumir que Perú no está tan lejos.

La caótica elección peruana, cuyo resultado aún no es seguro, se volvió famosa por incluir 35 candidatos (36, si no fuera por un trágico accidente). Los debates se hicieron en varias jornadas, de a docenas de candidatos y, aun así, cada uno contó con no más de 7 minutos. Solo 9 candidatos representan a partidos que compitieron en la presidencial anterior y es probable que la mayoría de los partidos en la papeleta desaparezca tras esta elección, como ha sido el sino en la región.
Pero quizás lo más dramático de esta fragmentación es que pasarán a la segunda vuelta Keiko, con 17% de los votos, y aparentemente Sánchez, con 12%. Gane quien gane, su apoyo de base parece escuálido para gobernar un país que ya es complejo. La historia no es nueva. En 2021, con 18 candidatos en la papeleta, Pedro Castillo, un desconocido profesor rural, pasó a segunda vuelta, con el 19% de los votos (más que Keiko hoy). Castillo se hizo presidente, con 50,1%, tomándose en serio eso del 50% + 1. Su historia, sabemos, no terminó bien. Su breve gobierno se caracterizó por los enfrentamientos con el Congreso y acabó en un burdo intento de autogolpe que fracasó a las horas. Como buena parte de los expresidentes peruanos, Castillo terminó preso.
Todo indica que, más allá de la gravedad de la crisis política peruana, la institución de dos vueltas electorales no está asegurando que los presidentes cuenten con una base robusta de apoyo. La fragmentación -de los partidos, de la sociedad- se está reflejando en la presidencia de forma trágica.
Me pregunto si no vamos por el mismo camino. Aunque nuestras papeletas son más recatadas, nuestros presidentes se están escogiendo cada vez con menos votos en primera vuelta: Bachelet obtuvo 47% en 2009, Piñera el 37% en 2013, Boric el 26% en 2021 y ahora Kast, el 24%. Esta tendencia refleja la fragmentación del Congreso, especialmente tras el fin del binominal, y también una sociedad que ya no se identifica con sus partidos. Pero el hecho es que los presidentes llegan al cargo cada vez con menos apoyo "propio". No es casual que los dos más recientes hayan perdido tanto apoyo a semanas de instalarse y sin hacer nada muy distinto de lo que habían prometido.
¿Qué reglas podrían fomentar la construcción de bases de apoyo más amplias? Hay bastante consenso en la necesidad de una reforma al sistema electoral que reduzca la fragmentación, así como de fortalecer los partidos, dándoles más herramientas disciplinarias. También hacen falta mecanismos que faciliten la cooperación entre el Ejecutivo y el Congreso y, con ello, la construcción de coaliciones. Hay que repensar el financiamiento por voto y elevar los requisitos de inscripción a las presidenciales, porque las papeletas grandes incentivan diferenciarse más que buscar lo común. Por último, quienes organizan los debates deben reconocer que dar igual espacio a todos los candidatos daña la deliberación y atrae a oportunistas que persiguen su minuto de fama.
Las reformas políticas no son prioritarias para la población y es cierto que el Gobierno no la tiene fácil. Pero no va a volverse más fácil: quizás convenga asumir que Perú no está tan lejos.
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