Queda por allá
Hace poco una señora me preguntó en la calle por el centro comercial Galerías y yo, de torpe, le di las instrucciones para llegar
Hace poco una señora me preguntó en la calle por el centro comercial Galerías y yo, de torpe, le di las instrucciones para llegar. Estábamos cerca del lugar, no más de cinco cuadras, y la mujer se veía más bogotana que el ajiaco, por lo que me tomó unos segundos asumir que se trataba de un intento de robo. Me fui de la zona corriendo, convencido de que la señora en cuestión me había ‘marcado’, para que después sus secuaces me quitaran mis pertenencias. Quizá ella solo quería llegar a Galerías, pero eso es lo que tiene esta ciudad, que te vuelve paranoico porque la delincuencia está en todos lados y cada día se inventa nuevas formas para operar. En Bogotá se llevan computadores y carteras de los cafés, ya sea con cosquilleo o apuntándote con un arma; te llaman por teléfono para fingir la captura de un familiar y se meten a tu cuenta bancaria y te la dejan en ceros. Un varado, un desmayado o cualquiera que pida ayuda, incluso para preguntar por la hora, es un ladrón en potencia. Aquí todos estamos a un paseo millonario de perder la vida. Pero no se trata solo de esta ciudad, tampoco de esta administración, que los colombianos tenemos una inigualable vocación de choros. Es que nos fascina lo torcido, sentir que le ‘ganamos’ al sistema, el típico vivo que en realidad es un bobo. Y lo vemos a diario en todo tipo de escenarios, desde políticos que se inventan títulos para ocupar cargos públicos, pasando por jugadores de fútbol que con cualquier roce se revuelcan como si les hubiesen pegado un balazo y llegando hasta los que se cuelan en TransMilenio argumentando que el servicio es caro y malo. Hace poco salió la noticia de que en la Universidad de Antioquia cuarenta personas pagaron millonadas para pasar un examen de admisión en la facultad de medicina. El complejo esquema incluía gafas inteligentes, audífonos y un ejército de gente apostada a las afueras de la institución que soplaba las respuestas. Se mira bien la logística utilizada y se entiende que era más difícil sentarse a estudiar que armar semejante operativo. Pero de vuelta a Bogotá, que es donde me muevo, he oído a amigos decir que no vale la pena salir ni en bicicleta y que todo, desde la inseguridad, el clima, la movilidad y el estado de los andenes invita a quedarse en casa, o incluso a irse. Por otro lado, están los bogotanos fundamentalistas que no soportan que se diga algo negativo de su ciudad, y ante la primera crítica invitan a abandonarla, señalando de provinciano al personaje en cuestión. Mire bien y notará que no hay nada más provinciano que un bogotano que no ha salido de su región y que la defiende en contra de las evidencias, aunque ese es otro asunto. Porque Bogotá es una gran ciudad, acá comemos todos, especialmente los que llegamos en busca de oportunidades que en nuestros lugares de nacimiento no teníamos. Imagine, en mi caso, ser escritor en Barranquilla, donde la gente no lee ni el pare de las esquinas; qué vida miserable llevaría. Pero es que una cosa es estar agradecido, y otra, no poder criticar al sitio que nos acoge. Bogotá aún conserva lugares espectaculares que mezclan arquitectura de primer nivel con una naturaleza generosa, pero eso no quiere decir que no sea una ciudad terriblemente deteriorada. Lo chistoso es que a menudo, para argumentar la belleza de la capital, se usan fotos aéreas, siempre de lejos, nunca de cerca, y retocadas para que a punta de color se vea mejor de lo que de verdad es. Y eso duele así no se haya nacido acá. La situación parece tan desesperada que he llegado a oír que se debería redactar un protocolo en caso de robo y yo me debato entre pensar si la propuesta es una genialidad o estupidez porque, si bien un documento de ese tipo es casi una necesidad dados los índices de delincuencia, lo veo también como una seña de que dejamos de luchar y decidimos tirar la toalla y entregarnos al caos.
Cosas de Bogotá
Adolfo Zableh Durán