Martes, 21 de Abril de 2026

Lo que el 60% no cuenta

UruguayEl País, Uruguay 21 de abril de 2026

Cuando la sociedad empieza a aceptar como normales niveles de inseguridad que antes no lo eran, no es una mejora.

Dijo el Ministro del Interior, Carlos Negro: "El 60% de las personas se siente segura o muy segura".

Presentado así, como cifra cerrada, el dato pretende hablar por sí mismo. Pero sin ficha técnica, ese "60%" dice poco. ¿Cómo se midió? ¿A quiénes? ¿Con qué preguntas? ¿Es comparable en el tiempo? No son detalles técnicos: son la diferencia entre información y construcción.

Ese 60% no captura el clima emocional que circula a ras del suelo. No expresa el estado de ánimo social. Funciona, más bien, como un intento de ordenar la realidad desde arriba, de darle una forma tranquilizadora a una experiencia que, abajo, dice otra cosa.

Instala una idea: que la mayoría se siente segura. Y, al hacerlo, sugiere -de forma implícita- que lo demás es marginal. Pero no lo es. La experiencia cotidiana tiene otra textura. No se mide en porcentajes, sino en decisiones: la calle que se evita, la hora a la que se sale, la atención constante en una parada de ómnibus. Es una percepción concreta, acumulativa, difícil de capturar en una encuesta.

Con el tiempo ocurre algo más silencioso: la adaptación. Lo que antes inquietaba deja de hacerlo, no porque haya desaparecido, sino porque se vuelve habitual. Se aprende a convivir.

Y esa adaptación no es neutra. A medida que el entorno se deteriora, también se desplaza el umbral de tolerancia. Lo que antes era inaceptable pasa a ser parte de lo esperable.

Es lo que en otros campos se ha llamado "normalización del desvío": la aceptación progresiva de condiciones anómalas como si fueran normales, no porque lo sean, sino porque se vuelven familiares.

Ahí aparece la paradoja: alguien puede declararse "seguro" en un contexto objetivamente peor, simplemente porque ajustó sus expectativas. La seguridad deja de ser ausencia de riesgo y pasa a ser capacidad de administrarlo. Eso no es seguridad. Es habituación.

Por eso, incluso si el dato fuera técnicamente correcto, su significado seguiría siendo limitado. Más aún cuando una parte relevante de los delitos no se denuncia y ni siquiera entra en las estadísticas. Lo que no se registra, sin embargo, se vive.

Y hay un dato que ninguna presentación logra disimular: si el 60% se siente seguro, el 40% no. Cuatro de cada diez personas.

No es un margen. Es un clima.

Hubo un tiempo en que, frente a una inseguridad creciente, se hablaba de "sensación térmica". La distancia entre discurso y experiencia tuvo consecuencias políticas concretas en 2019.

Hoy el lenguaje cambia, pero la lógica persiste. Ya no se habla de sensaciones: se muestran porcentajes.

Pero cuando los números intentan corregir lo que la realidad desmiente, dejan de ser una herramienta de comprensión para convertirse en un recurso de relato.

Y ahí está el problema de fondo: cuando una sociedad empieza a aceptar como normales niveles de inseguridad que antes no lo eran, no estamos ante una mejora en la percepción.

Estamos ante una normalización del desvío.

Pero toda normalización tiene un límite. Cuando el deterioro se acumula -en la calle, en el consumo problemático, en la fragmentación social-, ese equilibrio se rompe.

La tolerancia no es infinita.

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