Sábado, 25 de Abril de 2026

Amor y tiempo

UruguayEl País, Uruguay 25 de abril de 2026

Sólo quien haya amado puede dar cuenta de la estructura profunda del tiempo del hombre.

Los temblores que tenemos siguen un ritmo. Quizá no seamos mucho más que el ritmo de nuestros temblores, escrito en un partitura opaca, cuya estridencia o melodía no será jamás para nuestros oídos. Uno siempre llega tarde a sí mismo. Y cuando llega lo que puede dar es un discurso postrero sobre el que inevitablemente cae la lluvia.

Por eso nos cautivan, me parece a mí, las fotografías en blanco y negro. Y no se trata solamente del recuerdo, del deleite en el cese que siempre está siendo ante nosotros, de lo que alguna vez tuvimos y fuimos; pienso más bien que las imágenes en blanco y negro nos recuerdan nuestro futuro. El futuro radical de la pérdida.

Es imposible, más allá de toda proeza argumentativa y clave de interpretación momentánea, quitarle a la pregunta por el destino propio la constatación irreductible de su excedencia y su acaecimiento que conecta espectralmente el adentro y el afuera. Puede haber un destino hecho mío, pero no podría quitarle su condición de extraño. El destino es siempre un ladrón en la noche, da lo mismo cuáles y cuántos sean los tesoros que hayamos guardado en nuestras casas de invierno. Esas casas en que ya, a cada instante, constituimos nuestro ser con la gramática del haber-sido.

Creo que ahí está la pérdida en su espectralidad esencial. Porque haber-sido es el tiempo verbal de la vida del hombre.

Tengo la torpe intuición de que, mientras habitamos nuestras casas de invierno, el amor es el único acto que nos saca afuera por voluntad. Es el verdadero fenómeno que da cuenta de la gramática del haber-sido que configura toda la vida humana.

Nadie puede decir "amo" ni "amé" ni "amaré". Son naderías y caprichos porque uno siempre se encuentra a sí mismo amando más allá del acto y el pasado no es transaparente y la promesa del futuro lidia con demasiadas fuerzas fracturantes. Uno sólo puede decir "soy el que hubo amado". Haber-sido, haber-amado.

Siempre, por supuesto, cuando el amor aparece en la constatación radical de la pérdida. Nos expone, digamos, a esa forma propia de lo que somos.

Pero no es que el amor termine, lo cual sería demasiado evidente, sino que el acto del amor intenta convertir algo en irreemplazable. Es decir, precisamente aquello que puede ser perdido de verdad. Nada se puede perder donde todo es sustituible. Y entre tantas cosas que no son nada nos queda decir "he aquí algo que se sostiene en su densidad".

Eso dice el amor, precisamente: ¡sea esto afirmado en el ser! Lo hace de facto emerger en la esfera de lo absoluto. Y ahí se deja ver lo trágico de que, a fin de cuentas, sólo el amor hace que algo pueda ser perdido de verdad; donde no hubo amor, el mundo tiene esa liviandad tan patética de lo indistinto y el mundo es como la noche en que todos los gatos son pardos, que diría Cervantes.

Entonces, el riesgo se potencia. Todo, de pronto, se hace pérdida posible. La vida humana se vuelve el escenario radical de todas las pérdidas cósmicas. Quizá porque sólo los hombres pueden amar y esa es su espantosa dignidad.

¿Acaso no quiere decir esto que solamente podemos perder? ¿No significa que el amor le marca el ritmo al haber-sido, que le advierte al hombre de que su tiempo está siempre detrás de sí, porque sólo cuando se acaba el tiempo aparece el sentido de aquello en que se sostuvo? El amor, digámoslo, temporaliza el tiempo y lo arrebata al mero pasar, al flujo indistinto, al avanzar irreductible sin memoria ni horizonte.

Por eso no nos queda otra que confesar que el amor, aunque nos resulte una impudicia mentarlo así en público, pone a los hombres en la situación de recordar la gramática de su tiempo. Es que así, sólo así, llega el hombre a sí mismo y espeta "he sido".

Hay, no obstante, una forma particularmente espantosa de constatar ese tiempo. Como dice una filósofa francesa, Dufourmantelle: "el amor es a menudo frígido. Surge con lo irreparable, las heridas, el remordimiento, los celos y el perdón, la espera y la soledad -todo lo contrario de lo que se llama amor viene también con el amor verdadero."

No sabría yo dar cuenta de esta brutal frigidez sino recordando esa forma de radicalidad que emerge de lo inesperado, de lo repentino. El haber-sido no se experimenta nunca tan cabalmente como cuando uno está de frente a la pérdida repentina. Cuando el telón cae, el brillo agoniza y el resabio de la música circula fantasmagórica, el hombre puede espetarse "he sido. porque fue".

Ya siempre más allá del acaecimiento, de la radicalidad más cruenta, del ni-un-instante-más constatado. El amor da cuenta siempre del fin de los hombres.

Por eso sólo quien haya amado puede dar cuenta de la estructura profunda del tiempo del hombre. Siempre después de sí mismo. Siempre en esa gramática que le exclama con voz de sátiro: "el amor, inverbe, te ha dicho quién eres".
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