El cierre de un ciclo: entre la forma y sus límites
La despedida de Mathieu Guilhaumon al frente del Ballet Nacional Chileno (Banch) con "De una luz a otra" se inscribe, antes que nada, en la lógica de balance que ha marcado su destacada gestión: una trayectoria de trece años definida por una fuerte impronta autoral, la consolidación de un repertorio propio y una apertura sostenida hacia lo interdisciplinario
La despedida de Mathieu Guilhaumon al frente del Ballet Nacional Chileno (Banch) con "De una luz a otra" se inscribe, antes que nada, en la lógica de balance que ha marcado su destacada gestión: una trayectoria de trece años definida por una fuerte impronta autoral, la consolidación de un repertorio propio y una apertura sostenida hacia lo interdisciplinario. Guilhaumon deja una compañía cohesionada, con identidad reconocible y con un elenco que no solo ejecuta, sino que también crea; ese es, probablemente, su aporte más duradero.
En coherencia con ese legado, la obra de despedida se articula como una síntesis de sus búsquedas. La colaboración con la dramaturga Millaray Lobos refuerza el carácter híbrido del montaje, donde la danza dialoga con una concepción escénica más amplia. A ello se suman la música de Vicente Larroulet y otros autores, la iluminación de Andrés Poirot, el vestuario del Estudio Sago -integrado por Manuel Gómez y Patricio Salas- y la participación en escena de Felipe Toledo. El conjunto configura una experiencia escénica de clara vocación interdisciplinaria, donde cada componente contribuye a una atmósfera de tránsito y cierre de ciclo.
Desde el punto de vista coreográfico, "De una luz a otra" destaca por un trabajo intensamente plástico. El cuerpo de baile enfrenta una exigencia notable, resuelta con alto nivel técnico: precisión, sincronía y un uso del espacio que privilegia la composición visual. La creación y disolución de agrupaciones remite constantemente a formas escultóricas en movimiento; hay momentos en que la escena parece constituirse como una galería viva de figuras que emergen, se tensionan y se deshacen. En ese sentido, la obra alcanza logros indiscutibles en términos de corporalidad y diseño espacial.
Sin embargo, esa misma insistencia en lo plástico termina por volverse problemática. La pieza -de aproximadamente una hora- se percibe extensa y reiterativa. La acumulación de imágenes, aunque visualmente sugestiva, no logra sostener una progresión en términos expresivos. La apuesta declarada por una dramaturgia no narrativa, más cercana a lo poético, deriva en una expresividad acotada, donde las variaciones emocionales se perciben restringidas.
La idea de un tránsito -del alba al ocaso, de "una luz a otra"- funciona como marco conceptual, pero no alcanza a traducirse en una experiencia escénica plenamente articulada. La ausencia de relato no es en sí un problema, pero aquí se traduce en una cierta monotonía perceptiva. Asimismo, la pretendida articulación entre mundos -lo europeo y lo local, lo contemporáneo y lo popular- aparece algo forzada. Pese al notable desempeño del chinchinero en escena y a gestos como la silueta que evoca la cordillera de los Andes en el fondo, la integración territorial se percibe más como un signo añadido que como una verdadera fusión orgánica dentro de la coreografía.
En definitiva, "De una luz a otra" es una pieza coherente con el universo de Guilhaumon y con su interés por lo interdisciplinario y lo visual, pero que evidencia también los límites de esa misma estética cuando no logra diversificar su registro expresivo. Como despedida, tiene la virtud de condensar un recorrido; como obra, deja la impresión de un cierre más contemplativo que revelador.