Miércoles, 29 de Abril de 2026

El cómico que incita a matar presidentes

UruguayEl País, Uruguay 29 de abril de 2026

El caso de Kimmel vuelve a poner en debate los límites del humor y su vínculo con la violencia en un clima político cada vez más polarizado.

Dos aclaraciones previas. Primera, no simpatizo para nada con Donald Trump; simplemente lo respeto debido a que está donde está porque lo votó la gente. Segunda: como artista defiendo la libertad de expresión aún cuando pueda ofender a alguien, únicamente la cuestiono si se la utiliza intencionadamente para hacer apología de la violencia.

Dicho esto, seamos claros: lo del cómico Jimmy Kimmel es realmente deplorable.

Este presentador de la cadena ABC Disney ya había hecho chistes sobre el asesinato de Charlie Kirk, lo que le valió que lo despidieran. Pero como saltó la intelectualidad progre a hablar de censura y como la corrección política sigue dando rating, lo recontrataron enseguida.

El jueves pasado lo hizo de nuevo: en un stand up para periodistas se rio en la cara de Melania Trump, manifestando que ella irradiaba "el aura de una futura viuda". La predicción casi se cumple dos días después, cuando un hombre armado intentó ingresar a la cena en el Washington Hilton, en lo que fue el segundo intento infructuoso de matar a Trump.

El gracioso de Kimmel ahora podrá decir que el chiste fue porque el presidente está viejo, pero no es la primera vez que sus ironías traspasan el límite del humor e ingresan en el de la incitación al crimen.

¿Estoy exagerando? Veamos los antecedentes en los que, en una sociedad extraordinariamente violenta como la estadounidense, supuestos "artistas" han fantaseado con este magnicidio.

En 2016, Marilyn Manson lanzó el video clip de "Say 10", canción de su álbum Heaven Upside Down, donde incluyó un cadáver decapitado con traje y corbata roja, que claramente aludía a Trump, aunque el músico lo negó. (Lo haría de nuevo en noviembre de 2024 con el tema "One assassination under God", glamurizando el crimen político como ejercicio de rebelión).

Durante el mismo año de 2016, el artista Brian Andrew Whiteley presentó una lápida con el nombre de Trump y el epitafio Make America Hate Again. (La "obra" fue vastamente citada al producirse el primer intento de asesinato en 2024).

En 2017 se presentó en el Central Park de Nueva York, dentro del tradicional festival Shakespeare in the park, una versión de Julio César en que el dictador asesinado tenía toda la pinta de Trump, hasta su pelo anaranjado. Para colmo, el director Oskar Eustis propuso que las puñaladas al protagonista, en lugar de propinarlas los senadores romanos, las perpetraran "mujeres y minorías". Hubo gente que interrumpió funciones a los gritos, el festival perdió sponsors y el director, en defensa de su burda metáfora, manifestó que su intención era "explorar cómo aquellos que intentan defender la democracia con métodos no democráticos, pagan un precio terrible". Pobre William, cuántos crímenes se cometen en tu nombre.

Corría noviembre del mismo año y la humorista Kathy Griffin posó sosteniendo una cabeza cortada que simulaba ser la de Trump. La despidieron, recibió amenazas de muerte y pidió disculpas. Parece ser que el ideólogo de la imagen fue Tyler Shields, el mismo que dirigió el videoclip de Marilyn Manson con Trump decapitado. Incluso se dice que la cabeza usada en la foto es la que habían producido para aquel video. Una monada ese chico, Tyler Shields.

En 2018, Kanye West dio vuelta el chiste: en el video de su tema "Assassination Day" aparece él mismo como presidente que es baleado, ante la mirada de Donald Trump.

Y más recientemente, en 2025, una drag queen representó otro asesinato a balazos de Trump en Nueva Orleans.

Debería llamar la atención que la progresía internacional se llene tanto la boca con la "violencia de la ultraderecha" y, sin embargo, celebre que artistas de sus propias filas inciten a la misma práctica. Pero no sorprende en absoluto. Es el signo de una degradación de la democracia, donde los extremos se insultan mutuamente y el centro mira a un lado y otro, impávido, comiendo pop mientras se entretiene con las redes sociales.

Maltratando a periodistas y gobernando con arbitrariedad autoritaria, el presidente de EE.UU. emite mensajes violentistas. Pero artistas e intelectuales que deberían criticarlo desde una firme lucidez, eligen en cambio una táctica espejo. Los extremismos se retroalimentan y la convivencia democrática se va por el resumidero.

Es parte de la historia del país del norte, ejemplo de democracia pero también de violencia política, como la que abatió a Lincoln, los hermanos Kennedy, Martin Luther King y tantos otros.

Buena parte de la responsabilidad actual la tiene también un sistema mediático que premia el escándalo: posar con una cabeza cortada genera más clics y anunciantes que denunciar injusticias con palabras. Las imágenes simplificadas rinden más -económicamente hablando- que los argumentos razonados.

Y mientras el presidente siga clamando para que una empresa despida a un payaso despreciable, ese sujeto verá crecer aún más su fama, porque la apuesta mediática ya no está en cultivar espectadores sino en alimentar barrabravas.

Bienvenidos al suicidio de Occidente.
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