La política de la envidia
En todas las épocas y en todas partes, los ricos han sido un grupo impopular, algo que, dado el carácter extractivista de la riqueza que acumulaban en tiempos pretéritos, puede considerarse, en general, justificado
En todas las épocas y en todas partes, los ricos han sido un grupo impopular, algo que, dado el carácter extractivista de la riqueza que acumulaban en tiempos pretéritos, puede considerarse, en general, justificado.
Desde la entrada del capitalismo moderno hace un par de siglos, sin embargo, las fuerzas de la libertad convirtieron la creación de riqueza en un juego de suma positiva, es decir, uno en el que todos ganan. Basta echar un vistazo superficial a los datos de pobreza, expectativa de vida, PIB per cápita, mortalidad infantil, entre otros, para entender que el capitalismo es la fuerza que más ha favorecido a los pobres en la historia humana.
Sin embargo, como observó Helmut Schoeck, el ser humano es una criatura esencialmente envidiosa que se compara permanentemente con los demás. La envidia, esa baja pasión que la izquierda cultiva de manera religiosa, surge de la frustración que produce el sentimiento de inferioridad frente a otros. Este puede ser tan poderoso que tiene el potencial de destruir completamente un orden económico y social, como ilustran los casos de las revoluciones socialistas marxistas y la socialista nazi. Muchos intelectuales y quienes aspiran o detentan el poder racionalizan la envidia disfrazándola de teorías de justicia para conseguir capital político que los catapulte a los privilegios que ofrece el Estado. El socialismo se trata enteramente de eso, pues es, en todo tiempo y en todo lugar, un fenómeno envidioso.
Desde el ataque del alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, a los multimillonarios -salvo a su amigo y financista de izquierda Alex Soros, desde luego-, pasando por el intento de aplicar un impuesto al patrimonio del 5% en California, hasta la oposición a la reforma tributaria en Chile bajo la excusa de que favorecería a los "ricos", son todas expresiones de la política de la envidia. La evidencia es clara al demostrar el fracaso total de alzas relevantes de impuestos a empresarios y ricos, como ilustra recientemente el caso de Nueva York, hoy en una crisis fiscal a pesar de tener niveles récord de impuestos. Décadas de gobiernos de izquierda prometiendo cosas gratis -es decir, que serán pagadas supuestamente por los "ricos"- han llevado al centro del capitalismo mundial a la bancarrota. Fiel al credo de la envidia, su alcalde socialista intenta culpar a los ricos y azuzar el odio de clases afirmando que estos no pagan lo suficiente y que hay que cargarlos con más impuestos aún. Como es obvio y muchos predijimos, Mamdani, con su obsesión de perseguir a los creadores de riqueza, terminará en otro fracaso socialista que podremos agregar a la lista.
La fórmula se ha probado tantas veces con el mismo desastroso resultado que para cualquier persona normal puede resultar desconcertante observar cómo se cae una y otra vez en lo mismo. La explicación, además del evidente analfabetismo económico de la izquierda, es, nuevamente, la envidia: los ricos siempre serán un grupo fácil de atacar y culpar de todos los males sociales.
Fue lo que hizo Michelle Bachelet con su reforma tributaria, que iba a despojar a los "poderosos de siempre" de todo el supuesto dinero que habían obtenido abusando, para llevar a Chile a un paraíso de los derechos sociales. El resultado es conocido: colapso en la inversión y el crecimiento, estancamiento de los salarios reales y millones de vidas dañadas entre la gente más vulnerable y la clase media. ¿Y los ricos? Se fueron o llevaron su plata a lugares donde son bienvenidos.
Ahora que el gobierno de Kast quiere revertir el daño causado por la política de la envidia, la izquierda hace lo mismo de siempre: decir que la reforma tributaria favorecerá a los ricos y solo a ellos. Eso es todo lo que la izquierda tiene para ofrecer en ideas económicas: más impuestos, más Estado y más políticas antirricos.
Aunque sea difícil, esto puede revertirse si se da la batalla cultural como corresponde y se enseñan conceptos básicos de economía a la población. Este esfuerzo, además de una defensa moral del derecho de propiedad de todas las personas -incluidos los ricos-, permitirá aplacar la envidia que emana de la naturaleza humana y que es instigada por quienes se sienten inferiores a la gente de más éxito y buscan explotar la rabia en su contra para hacerse, ellos también, lo más ricos posible.