Elogios que matan
Los psicólogos deportivos, los entrenadores o alguien responsable, de seguro les enseñan a los jóvenes que no hay nada más errado que tragarse y creer los elogios, especialmente cuando se recitan y replican en coro
Los psicólogos deportivos, los entrenadores o alguien responsable, de seguro les enseñan a los jóvenes que no hay nada más errado que tragarse y creer los elogios, especialmente cuando se recitan y replican en coro.
Es probable que al portero Gabriel Maureira, que debutó en el arco de Colo Colo a los 19 años, le reforzaran la enseñanza durante la semana pasada.
Se trata de mantener a distancia la cantidad de alabanzas sin orden ni concierto. Y ni pensar en confiar en ellas, porque es el ejercicio de hablar por hablar, algo inherente a la condición universal del fútbol, que parece fácil, pero es muy difícil.
El oficio de comentarista no puede evitarlo, para eso están, pero hay que instalar el ditirambo y la adulación dentro del marco que corresponde: leseras livianas dichas después de apenas un partido.
Por tanto, eso de atributos indudables debido a una madurez infrecuente, fenomenal dominio del puesto y espectaculares condiciones pese a su corta edad, no son más que palabras ociosas. Es el parloteo y la hojarasca que se agolpan en las bocas cuando las loas son irresistibles, porque son populares y es por un equipo popular, y es por un joven y eso es buena prensa.
Ni caso a la cantidad de alabanzas y al montón de lisonjas en cadena vertidas después de un partido huacho.
Nadie es igual a otro y son distintas las circunstancias, pero es posible recordar a Luciano Arriagada, que hoy juega por Huachipato; a Damián Pizarro, por Racing de Argentina,e incluso al veloz Jordy Thompson, que hoy anda por Oremburgo de Rusia y desde los tiempos horribles de Ricardo Gareca pide que lo convoquen a la selección.
Y cuántas otras promesas que prometían y que aún prometen fueron rodeadas por esos elogios en forma de tornado que exagera, extrema y enferma.
Se podría hacer una lista con la cascada de halagos, con notas incluidas, entrevistas a la familia, reportaje al barrio que lo vio crecer y los compañeros de colegio, alguna polola olvidada y un tío abuelo de mala vida, pero simpático el hombre.
Entonces, de seguro, el psicólogo deportivo del equipo se preocupa y le advierte al jugador que empieza: cuidado con los elogios y por eso la distancia, en la medida de lo posible, de las redes sociales inflamadas de memes, corazones, palmas y emoticones.
Debe ser muy complejo, para el recién llegado, escuchar, darla razón y hacer caso, pero es cierto: hay elogios que matan. Es difícil de entender.
Pero así es la carrera, para el joven que la emprende y el hombre que la sigue: difícil.
Es una larga suma de partidos buenos con partidos malos.