Soñar no cuesta nada
Escucho los refunfuños que vienen de la cocina
Escucho los refunfuños que vienen de la cocina. Es Jonathan. Se queja de lo malos que están saliendo los fósforos. "Mira -me dice-, antes se encendían con facilidad, ahora tienes que raspar fuerte, ¿ves?, y hay veces en que la caja también se enciende un poco por las astillitas que trae...".
Deja de refunfuñar y, sonrisa en ristre, me cuenta un sueño que tuvo. Él me ha comentado que tiene buena plata acumulada en los excedentes que le da su isapre y que le alcanza y le sobra para la compra de sus medicamentos. Tal vez este pensar influyó en su soñar.
-Soñé que estaba en una librería y compraba una novela. Al momento de pagarla, el vendedor me dijo si quería pagar con los excedentes. !Imagínate¡ Qué buena cosa sería comprar libros o ir al teatro o a comer a un restaurante, y pagar con los excedentes.
-A propósito -le digo-, soñé, noches atrás, que iba al Teatro Municipal a ver una ópera a las diez de la mañana. Qué macanudo, decía yo, que den obras a esta hora para los viejitos que ya no salimos de noche.
Cuando Jonathan y yo hacemos votos para que se cumpla lo soñado, se nos aparece el Segismundo de Calderón de la Barca y nos recuerda "que toda la vida es sueño,/ y los sueños, sueños son".