Ricardo Lagos III
"Mi abuelo no está en el ocaso", asegura Ricardo Lagos Miranda, artista visual y futuro psicólogo. En esta, su primera entrevista, relata los caminatas por los cerros de Caleu con el expresidente y los momentos en que lo acompañaba a La Moneda. Sobre su relación con Luisa Durán, afirma: "Es una abuela atómica".
"Hasta hace algunos años , me pasaba que me subía a un taxi y lo primero que me decían era: 'Usted se llama igual que el presidente. ¿Es pariente?'. Ahora ya nadie me lo pregunta, especialmente si son menores de 30 años", cuenta con soltura e ironía el nieto del exmandatario Ricardo Lagos e hijo del exsenador del mismo nombre.
A los 34 años, ya es un reconocido artista visual. Sus pinturas, serigrafías e instalaciones han sido expuestas en muestras individuales, colectivas, bienales, residencias y ferias de arte en Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador, Perú, España y Polonia. Además, su obra es parte de colecciones públicas y privadas en Chile, Colombia, Estados Unidos y México.
Docente de la Escuela de Arte de la Universidad Diego Portales y egresado de Psicología en la misma casa de estudios, con esa universidad tiene un lazo muy especial: en 2024 se inauguró el Archivo Presidente Ricardo Lagos, el que reúne más de 200 mil documentos sobre su vida personal y política. "Yo lo visito y consulto habitualmente", dice.
-Tus obras las firmas como N3TØ. ¿Lo haces para diferenciarte de tu abuelo y de tu padre?
-Más bien diría que desde Rimbaud los artistas jugamos con la identidad. "Yo soy otro", decía el poeta francés. Eso es bastante normal en el juego del arte; casi todos los artistas experimentamos con ese tipo de cambios. N3TØ, viene de Neto, que es como me decían de niño. La "e" se cambia por un 3 y la "o" por Ø, para darle un valor gráfico.
-¿Cómo surge un artista en una familia tan marcada por la política?
-Yo crecí rodeado por el arte y muy estimulado. Mi abuelita Emma, mamá de mi abuelo, fue profesora de piano. Mi madre también es artista, y en la casa de mi papá y en la de mi abuelo siempre había mucho arte.
-¿Alcanzaste entonces a tener una relación con tu bisabuela Emma?
-Sí. Ella murió a los 108 años y era muy operativa, así que compartimos harto. Tenía mucho humor.
-¿Nunca te interesó participar en política?
-No. Como afirmaba Max Weber, hay que tener vocación y yo no la tengo. La política tiene esa cosa más práctica y de acción; de "salir jugando" y ganar elecciones. Mi vocación es más bien intelectual y artística.
-¿Entonces no hay un rechazo a la política después de verla por dentro?
-No, al revés: al conocerla te das cuenta de que, en general, la política es mucho mejor de lo que la gente cree. Es un trabajo muy sacrificado y en los dos vi un gran compromiso con lo que hacían. Mi papá siempre repite, casi como un mantra: "Mañana es mejor", como cantaba Spinetta. En todo caso, hay otras formas de hacer política. Por ejemplo, yo creo que los recolectores de basura son los grandes articuladores políticos de las ciudades, porque vivir en una ciudad limpia es fundamental. Ahí sí que se despliega el bien común.
-Tú tenías ocho años cuando tu abuelo llegó a La Moneda. ¿Cómo fue crecer siendo nieto de presidente?
-Mis primeros recuerdos son de él como ministro de Obras Públicas (1994-1998), cuando me regaló un casco del MOP, que me encantaba. Después vino la campaña presidencial y ahí tomé conciencia de qué hacía mi abuelo. Toda la familia íbamos a los actos de campaña, que en realidad son como empresas familiares (risas) . Así que cuando fue elegido presidente fue parte de lo mismo.
-¿Cómo es tu relación con él?
-Muy cercana. Tengo muchos recuerdos de niño con mi abuelo: salíamos a caminar por los cerros de Caleu con mis primos y los perros. Nos contaba historias y hablaba de filosofía griega y china. Era una transmisión cultural muy linda. También jugábamos y nos enseñaba a bajar el cerro en 45 grados sin caernos. Hicimos muchos viajes familiares fuera y dentro de Chile con él. Existe también una conexión intelectual: hasta hoy me regala libros. El último fue Delirio americano del colombiano Carlos Granés. Otra vez me pasó El infinito en un junco de Irene Vallejos, y La patria de cristal de Elizabeth Subercaseaux.
-¿Qué te contaba de su vida política?
-En una ocasión, le pregunté por "el dedo de Lagos". Me respondió que en esa época ya era adulto y que estaba muy resuelto, así que era "todo o nada", y que había que hacerlo nomás. Lo bonito es que no me lo contó como algo heroico. Mi abuelo tiene eso: nada es muy heroico para él. Al contrario, todo es muy normal y humano. Otra cosa que me quedó grabada fue cuando iba a llegar el año 2000 y se anunciaba que todas las computadoras se iban a destruir al cambiar la fecha y que se caerían los satélites. Yo tenía mucho susto, pero mi abuelo me explicó que siempre se inventaban cosas, y que cuando él era niño se decía que la humanidad no llegaría al siglo XXI por falta de alimentos, lo que era mentira. Eso me tranquilizó.
-¿Estuvo presente en tu crianza?
-Mucho. Varias veces lo acompañé a La Moneda. Uno entraba y había puertas que se abrían una tras otra, con gente que trabajaba mucho. Cuando viajábamos a Caleu también se iba trabajando en el auto o se subía un ministro. Lo recuerdo muy preocupado por la naturaleza y por el mundo en general. A los nietos nos hacía plantar árboles. Incluso, se daba el tiempo de revisarme las tareas y me las corregía.
-¿Algo en especial que te haya enseñado?
-Sí, por ejemplo, me quedó grabado cuando me dijo: "En un ensayo, uno ensaya una idea. Si no hay ideas tuyas, entonces es un informe".
-¿Y cómo es la relación con tu abuela Luisa?
-Ufff, a ella le debo todo. Tengo recuerdos de niño de haberme quedado dormido abrazado a ella. Como mi mamá trabajaba y estudiaba, yo después del colegio me iba a la casa de mis abuelos. Ella estaba en todas: me llevaba a muestras de arte, a conciertos y me regalaba libros. También es una gran cocinera. Hace un risotto y una carne de osobuco más ricos que los de cualquier restaurante. Es una abuela atómica, la verdad.
-¿Cómo era salir con ellos a la calle?
-En esa época la gente era más tranquila y nunca les dijeron nada malo estando conmigo. Una vez fuimos con mi abuela al supermercado y nos encontramos con Carlos Caszely, y él se acercó a saludarla muy cariñoso. Para mí fue impresionante. Cuando era primera dama, íbamos a las presentaciones de la Orquesta Juvenil. Para mi abuelo era importante llevarme a las exposiciones de arte y a eventos culturales. Me explicaba qué es lo que veríamos de manera muy entretenida. Me encanta esa vitalidad que tienen ambos, que se expresa en su amor por la política, por la literatura, por la cocina.
-¿Tu papá y tu abuelo son muy parecidos?
-Son súper unidos. Los dos leen mucha prensa internacional y siempre están informados.
-¿Fluyen emocionalmente o son más bien racionales?
-Sí, expresan lo que sienten. Me da risa esa fama que tiene mi abuelo de ser duro y de bueno para retar. En la vida cotidiana es todo lo contrario: cariñoso y cercano. Él ya es bisabuelo y eso lo llena de orgullo.
-¿A tu papá alguna vez lo sentiste ausente?
-No. Es bien partner y querendón; muy activo y deportista. Aunque muchas veces tocó que para mi cumpleaños él estuviera en el Senado discutiendo el presupuesto.
-¿En algún momento como familia hablaron de la posibilidad de que él fuera candidato presidencial?
-Eso queda en familia... Pero creo que sería un gran presidente.
-¿Cómo han vivido el "ocaso de Ricardo Lagos"? Algo natural a sus 88 años.
-No creo que esté en el ocaso. Él tomó una decisión muy sensata de dedicarse a otras cosas. Ahora está más preocupado de sí mismo, lo que es sano. Se tomó su tiempo antes de dejar de pensar como presidente y asumir que ya hizo lo que tenía que hacer. Eso cuesta.
-¿Cognitivamente está bien?
-Como es tan inteligente, capta todo lo que está pasando. Obviamente, ya no sale a caminar como antes. Hoy, nuestro vínculo es a través de la comida y de reírnos harto. Le pido consejos y me da unos muy buenos (se ríe) .
- Tú eres de la generación del Frente Amplio y de la que salió a la calle durante el estallido, ¿cómo tomaste las críticas a tu abuelo que surgieron con fuerza en esa época? ¿Coincidías con algunos de los cuestionamientos a la Concertación?
-Es una pregunta difícil... Ahí sirve lo que decía Marcel Duchamp en el sentido de que hay que poner en tensión a los artistas cien años después de su muerte. Es complicado ver las cosas tan en caliente. En ese momento, se mezclaron críticas políticas, coyunturales, anímicas y también globales. Ese es el lado duro de la democracia: las cosas se ponen en valor permanentemente. Lo que hace siete años fue considerado malo, puede que hoy no lo sea, pero podría volver a serlo en dos décadas más. Para mí, la transición fue un logro que nos permite tener una estructura social que si bien no es la que uno quisiera, porque todavía en Chile hay muchas desigualdades, mejoró muchísimo.
-Como nieto, ¿te dolía lo que se decía?
-En lo personal, es duro saber que, para muchas personas, lo que él y su generación hicieron no era tan bueno. Mi abuelo perfectamente podría haberse quedado como académico en Estados Unidos o como funcionario internacional; sin embargo, optó por volver a Chile y jugársela contra la dictadura.
-¿Conversaste más íntimamente con él sobre lo que sentía ante las críticas?
-Sí, pero esas conversaciones quedan en familia. Mi abuelo dijo públicamente que había que buscar un mecanismo de reencuentro entre los chilenos e impulsó el diálogo, más allá de las divisiones partidistas.
-¿Se sintió atacado?
-Él tiene la convicción y la tranquilidad de que se hizo lo mejor posible.
-Lagos intentó ser candidato presidencial el 2017 y finalmente el Partido Socialista optó por Alejandro Guillier. ¿Se sintió traicionado?
-Mi abuelo tiene cuero de chancho, a mí me molestó mucho más. Yo me pregunto dónde está ahora el candidato de esa época. Ese es el cuestionamiento que tiene que hacerse el PS.