Domingo, 10 de Mayo de 2026

Visita al portaviones

UruguayEl País, Uruguay 10 de mayo de 2026

En mis tiempos de senador también pasó frente a nuestras costas un portaviones americano.

El aterrizaje del Presidente Orsi sobre la cubierta del portaviones yanqui ha desatado desconcierto y bronca en filas frenteamplistas. En otras filas el comentario es más bien sobre la facilidad de Orsi para comprarse problemas. Voy a referirme a lo primero, la visita al portaviones, porque de eso tengo experiencia personal.

En mis tiempos de senador también pasó frente a nuestras costas un portaviones americano. Sucede cuando una de esas moles tiene que ir de la costa este de Estados Unidos a la costa oeste o viceversa y como no caben en el canal de Panamá dan toda la vuelta por el estrecho de Magallanes y pasan por acá. La embajada de aquel tiempo cursó una invitación al gobierno para una visita; como el gobierno estaba ocupado gobernando y para no desairar le pasaron la invitación al Parlamento y, al final, fuimos algunos Senadores integrantes de la Comisión de Defensa. Nos vino a buscar un avión desde el portaviones. No era un avión de combate -por eso no se tramitó permiso de ingreso- sino un avioncito civil de doce o quince plazas, muy incómodo por cierto. Despegamos de Carrasco y volamos hasta el portaviones que en ningún momento se detuvo, seguía su curso predeterminado.

Aceptamos la invitación curiosidad, por novelería, como quien va a la calesita del Parque Rodó pero más grande. A ninguno se nos pasó por la cabeza que esa visita tuviese significación diplomática o política. Suponer, como han hecho estos días algunos legisladores oficialistas, que la concurrencia o ausencia de Orsi pudiese tener alguna vinculación o efecto sobre las tarifas comerciales con U.S.A. es un dislate.

Una vez a bordo de aquella mole enorme que seguía navegando y después de haber bajado los nervios del aterrizaje sobre su cubierta, nos hicieron una recorrida por las instalaciones, nos mostraron los aviones de guerra alineados en la bodega, nos convidaron con un brindis, nos sacaron unas fotos y nos regalaron unos gorritos con el nombre del portaviones. Pasado esto y unas palabras del capitán -que entendimos los que sabíamos inglés y recogieron en correcto silencio los que no sabían- abordamos nuevamente el avioncito que nos iba a devolver a Carrasco. El despegue desde la cubierta de un portaviones tiene sus bemoles: una catapulta proyecta al avión como un cañonazo, se te corta el resuello, los ojos se te salen de las órbitas, los dos o tres militares que acompañaban gritan unas consignas (parece que son un ritual para los despegues, pero al desprevenido le ponen los pelos de punta). Luego de quince o veinte minutos de vuelo aterrizábamos de regreso en Carrasco.

¿Consecuencias de esta invitación? ¿Resultados de esta visita? Pues, que los que fuimos teníamos una novedad para contar a los amigos y un gorrito para regalarle a nuestros hijos chicos. Y nada más. Pero las circunstancias actuales son distintas de aquellas y es natural y muy explicable que a los frentistas les irrite y/o los desconcierte que ni el Presidente ni el Canciller se hayan dado cuenta de esa variación de las circunstancias. No te podés subir hoy a un portaviones americano; todavía resuenan las palabras de Trump amenazando destruir para siempre una nación. Sobretodo no puede el Presidente. Que mande a un subalterno con un ejemplar de Tabaré de regalo y pronto. Estos tránsitos de portaviones por acá son una rutina insignificante pero las circunstancias que vive hoy el mundo son dramáticas.


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