Qué gélida mañana
Lancé la mirada por la ventana y vi la vereda alfombrada con las hojas del acacio
Lancé la mirada por la ventana y vi la vereda alfombrada con las hojas del acacio. Pensé en que fue ayer, no más, cuando mi espalda se quejó porque tuve que barrerlas. Ay, otoño, cuánto trabajo me das. Mi columna vertebral sufre con los rigores de la escoba.
Sigo mirando, aunque ya sin ver, y le digo a Jonathan que me resulta imposible no recordar el poema Canción, de Juan Guzmán Cruchaga: "Alma, no me digas nada,/ que para tu voz dormida/ ya está mi puerta cerrada./ Una lámpara encendida/ esperó toda la vida tu llegada...". Y, ahora que siento la gélida mañana, sigo recitando: "Los fríos de la otoñada/ penetraron por la herida/ de la ventana entornada,/ mi lámpara estremecida/ dio una inmensa llamarada/ hoy la hallarás extinguida". Yo era niño cuando me lo enseñó mi mamá mientras tomábamos mate al lado del brasero.
Jonathan busca algo en su celular y me dice: "Ese poema, Canción, apareció por primera vez en una antología publicada en 1925. Qué tal, ya cumplió cien años la estupenda composición. A mí, por estos días, me viene a la memoria Fátima y me acuerdo que cantábamos: "El 13 de mayo/ la Virgen María/ bajó de los cielos/ a Cova de Iría./ Ave, ave María...". Inolvidable.
-Bueno, que estas "canciones", entonces, nos ayuden a entibiar los fríos de la otoñada...