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Tía Waverly acaba de retornar de un viaje a su querido Buenos Aires
Tía Waverly acaba de retornar de un viaje a su querido Buenos Aires. Lo ha pasado muy bien, visitó a viejas amigas, recorrió la Boca, Recoleta y Palermo, y comió la carne que más le gusta (además del bakery porteño, del cual es adicta). Dice que el país se ve mejor, aunque todavía falta un poco. Pero de lo que más me ha hablado no es nada de eso, sino de lo que filosóficamente da en llamar el fenómeno del regreso. "A veces cuesta tanto regresar, mijito, y a veces nada. Es curioso. No sé si se trata de la experiencia que se deja o de la que se viene. O al revés. Es decir: si lo que se deja es preciado cuesta regresar, pero si no lo es tanto cuesta menos. Y si a lo que se regresa es valioso, o se tienen altas expectativas, entonces volver entusiasma, y al revés no. O no tanto, ¿me entiendes?". La verdad es que me cuesta un poco, pero sí, creo que la entiendo. Mas le pregunto: "¿Y si, querida tía, lo que se deja y a lo que se llega tienen una importancia o valor semejante para una persona, ¿qué pasa ahí con el regreso?". Y ella: "Buena pregunta, mijito. Te diría que en ese caso... !pues no se regresa¡ Simplemente se ha estado y se sigue estando". Esto me queda más claro en un sentido y mucho menos en otro (sabe el lector que tía Waverly a cada tanto se pone medio sofista). Miro al perrito Braulio -quien siempre se queda en todo- y me da la impresión de que sí entiende perfectamente lo que la tía está diciendo. Y como me ha sucedido no pocas veces, experimento cierta envidia de su sabiduría canina.