De metáforas, hipérboles y reconstrucción
Preocupa y sorprende el uso tan deficiente del lenguaje en un país que cuenta con dos premios Nobel de Literatura y una fuerte tradición intelectual.
El fenómeno no es nuevo. El deterioro de nuestro vocabulario se expresa hace ya un buen tiempo no solo en la reducción del número de palabras, expresiones y conceptos que se utilizan en la vida diaria -lo que se reemplaza por un polisémico y conocido comodín-, sino también en la confusión de significados, como "asertivo" por "acertado", "infligir" por "infringir", entre muchísimos otros ejemplos cotidianos. Algo estaba fallando en la enseñanza, era el diagnóstico, pero el fenómeno se veía acotado al ciudadano común, aunque no solo al "de a pie": los garabatos e insultos entre automovilistas lo dejaban muy claro. Más grave se hizo esta realidad cuando llegó a la televisión y a las redes sociales, porque a la falta de rigurosidad en el uso del idioma, a las descalificaciones, a la pobreza de contenidos se sumó la vociferación como un valor. Especialmente en períodos eleccionarios, denostar se acepta como un instrumento de la comunicación efectiva. Alzar la propia voz sin escuchar la de otros se transformó en la clave para convencer a las audiencias.
Y ahora, con mayor preocupación, vemos un débil manejo del lenguaje en las nuevas autoridades. Recién asumido este Gobierno, un columnista destacó la formación intelectual del ministro de Hacienda, quien habla tres idiomas, es autor de un volumen de relatos ( Cuentos pendientes , Ceibo, 2015) y en su casa vivió rodeado de libros: su padre, fallecido en 2024, fue un destacado lingüista que llegó a ser rector de la Universidad de Playa Ancha, y su madre, "una erudita en literatura". Cómo quisiéramos apreciar en este hijo, si no la erudición, al menos la claridad de lenguaje, la expresión fluida de las ideas y, sobre todo, un reconocimiento a ese mundo del cual proviene. La columna citada se basa a su vez en una entrevista de Cristián Warnken al nuevo ministro, donde este dijo una frase que quizás explica algunas cosas: "Los adversarios del capitalismo son los intelectuales y el periodismo. Son libres de atacarlo, porque nacieron de él". Digno de análisis.
Qué agregar a lo que se ha dicho de las ministras de Seguridad y de la Secretaría General de Gobierno y que ya se refleja dramáticamente en las encuestas. El lenguaje de la primera es inestable, vacilante, entrecortado, y lo que menos transmite es seguridad. Y la vocera, bueno, repite conceptos, usa términos que se contradicen, se equivoca en datos duros. En definitiva, no comunica, o comunica mal, que es peor, pese a su formación en Economía, Periodismo y Asuntos Públicos y a su carrera como actriz y cantante. Por otra parte, el estilo vociferante del ministro de Vivienda y Urbanismo parece que le está dando frutos, pero es conveniente tener en cuenta que amedrentar con las palabras no es lo mismo que convencer. Esto para mencionar solo los casos más llamativos, porque no es mi propósito revisar todo el gabinete.
Aunque la oratoria de los políticos se ha ido diluyendo con el tiempo, todavía esperamos, al menos del primer mandatario, un nivel acorde a esa tradición que tuvo ejemplos tan señeros como Alessandri Palma, Aguirre Cerda o Frei Montalva. Cada gobierno llega al poder con un relato compartido en campaña y resumido en un eslogan. Así fue, al recuperar la democracia, con el "Gana la gente", de Patricio Aylwin, en 1989, en el que estratégicamente se usó el concepto de "la gente", como usted, como yo, como todos, y no "el pueblo", para no despertar suspicacias ni reminiscencias. La gente, dijo Aylwin ya como presidente en su emotivo discurso en el Estadio Nacional, "sean civiles o militares, sí señores, sí compatriotas, civiles o militares: !Chile es uno solo¡ !Las culpas de personas no pueden comprometer a todos¡ !Tenemos que ser capaces de reconstruir la unidad de la familia chilena¡". Su relato era ese, unidad nacional y culpas individuales.
En adelante, Eduardo Frei-Ruiz Tagle, Ricardo Lagos, Michelle Bachelet y Sebastián Piñera en sus dos períodos, y finalmente Gabriel Boric seguramente recurrieron a metáforas en sus discursos -habría que revisarlos- para despertar las emociones de los electores y hacer más persuasivas sus palabras. Incluso algunos las usaron como promesas de campaña: le ganarían la batalla al narcotráfico o a la pobreza; cerrarían la puerta giratoria a la delincuencia. Pero lo que no se había visto hasta ahora es que el eje central de una propuesta electoral, la recuperación de la seguridad, que pasaba por la medida concreta de expulsar a los inmigrantes irregulares, se convirtiera en una metáfora.
En lo que corresponde a esta columna -más allá de las consecuencias políticas de una promesa incumplida-, lo llamativo es la denominación equivocada de esta figura retórica. En un país con dos premios Nobel de Literatura y una fuerte tradición intelectual que se inicia con el inmigrante venezolano Andrés Bello -"Homero americano", lo llama el académico Pablo Ruiz-Tagle, en su más reciente libro-, y continúa con figuras como Lastarria, Bilbao, los hermanos Amunátegui, Diego Barros Arana..., sorprende que el error lo cometa un mandatario y, además, con título de abogado y una carrera parlamentaria. Tuvo, es cierto, la humildad de reconocer su error y aclarar que había querido decir hipérbole, figura que sí se ajusta en este caso, porque expulsar a 300 mil personas del país a partir del 11 de marzo era a todas luces una exageración. Aclarada la confusión de conceptos, persiste, sin embargo, el problema de haber prometido -con cifras y plazos- algo que él mismo consideraba irrealizable.
En cuanto a la "reconstrucción" -sí es una metáfora-, tal vez haya que empezar por el lenguaje, que es el cimiento de todo lo demás.
El fenómeno no es nuevo. El deterioro de nuestro vocabulario se expresa hace ya un buen tiempo no solo en la reducción del número de palabras, expresiones y conceptos que se utilizan en la vida diaria -lo que se reemplaza por un polisémico y conocido comodín-, sino también en la confusión de significados, como "asertivo" por "acertado", "infligir" por "infringir", entre muchísimos otros ejemplos cotidianos. Algo estaba fallando en la enseñanza, era el diagnóstico, pero el fenómeno se veía acotado al ciudadano común, aunque no solo al "de a pie": los garabatos e insultos entre automovilistas lo dejaban muy claro. Más grave se hizo esta realidad cuando llegó a la televisión y a las redes sociales, porque a la falta de rigurosidad en el uso del idioma, a las descalificaciones, a la pobreza de contenidos se sumó la vociferación como un valor. Especialmente en períodos eleccionarios, denostar se acepta como un instrumento de la comunicación efectiva. Alzar la propia voz sin escuchar la de otros se transformó en la clave para convencer a las audiencias.
Y ahora, con mayor preocupación, vemos un débil manejo del lenguaje en las nuevas autoridades. Recién asumido este Gobierno, un columnista destacó la formación intelectual del ministro de Hacienda, quien habla tres idiomas, es autor de un volumen de relatos ( Cuentos pendientes , Ceibo, 2015) y en su casa vivió rodeado de libros: su padre, fallecido en 2024, fue un destacado lingüista que llegó a ser rector de la Universidad de Playa Ancha, y su madre, "una erudita en literatura". Cómo quisiéramos apreciar en este hijo, si no la erudición, al menos la claridad de lenguaje, la expresión fluida de las ideas y, sobre todo, un reconocimiento a ese mundo del cual proviene. La columna citada se basa a su vez en una entrevista de Cristián Warnken al nuevo ministro, donde este dijo una frase que quizás explica algunas cosas: "Los adversarios del capitalismo son los intelectuales y el periodismo. Son libres de atacarlo, porque nacieron de él". Digno de análisis.
Qué agregar a lo que se ha dicho de las ministras de Seguridad y de la Secretaría General de Gobierno y que ya se refleja dramáticamente en las encuestas. El lenguaje de la primera es inestable, vacilante, entrecortado, y lo que menos transmite es seguridad. Y la vocera, bueno, repite conceptos, usa términos que se contradicen, se equivoca en datos duros. En definitiva, no comunica, o comunica mal, que es peor, pese a su formación en Economía, Periodismo y Asuntos Públicos y a su carrera como actriz y cantante. Por otra parte, el estilo vociferante del ministro de Vivienda y Urbanismo parece que le está dando frutos, pero es conveniente tener en cuenta que amedrentar con las palabras no es lo mismo que convencer. Esto para mencionar solo los casos más llamativos, porque no es mi propósito revisar todo el gabinete.
Aunque la oratoria de los políticos se ha ido diluyendo con el tiempo, todavía esperamos, al menos del primer mandatario, un nivel acorde a esa tradición que tuvo ejemplos tan señeros como Alessandri Palma, Aguirre Cerda o Frei Montalva. Cada gobierno llega al poder con un relato compartido en campaña y resumido en un eslogan. Así fue, al recuperar la democracia, con el "Gana la gente", de Patricio Aylwin, en 1989, en el que estratégicamente se usó el concepto de "la gente", como usted, como yo, como todos, y no "el pueblo", para no despertar suspicacias ni reminiscencias. La gente, dijo Aylwin ya como presidente en su emotivo discurso en el Estadio Nacional, "sean civiles o militares, sí señores, sí compatriotas, civiles o militares: !Chile es uno solo¡ !Las culpas de personas no pueden comprometer a todos¡ !Tenemos que ser capaces de reconstruir la unidad de la familia chilena¡". Su relato era ese, unidad nacional y culpas individuales.
En adelante, Eduardo Frei-Ruiz Tagle, Ricardo Lagos, Michelle Bachelet y Sebastián Piñera en sus dos períodos, y finalmente Gabriel Boric seguramente recurrieron a metáforas en sus discursos -habría que revisarlos- para despertar las emociones de los electores y hacer más persuasivas sus palabras. Incluso algunos las usaron como promesas de campaña: le ganarían la batalla al narcotráfico o a la pobreza; cerrarían la puerta giratoria a la delincuencia. Pero lo que no se había visto hasta ahora es que el eje central de una propuesta electoral, la recuperación de la seguridad, que pasaba por la medida concreta de expulsar a los inmigrantes irregulares, se convirtiera en una metáfora.
En lo que corresponde a esta columna -más allá de las consecuencias políticas de una promesa incumplida-, lo llamativo es la denominación equivocada de esta figura retórica. En un país con dos premios Nobel de Literatura y una fuerte tradición intelectual que se inicia con el inmigrante venezolano Andrés Bello -"Homero americano", lo llama el académico Pablo Ruiz-Tagle, en su más reciente libro-, y continúa con figuras como Lastarria, Bilbao, los hermanos Amunátegui, Diego Barros Arana..., sorprende que el error lo cometa un mandatario y, además, con título de abogado y una carrera parlamentaria. Tuvo, es cierto, la humildad de reconocer su error y aclarar que había querido decir hipérbole, figura que sí se ajusta en este caso, porque expulsar a 300 mil personas del país a partir del 11 de marzo era a todas luces una exageración. Aclarada la confusión de conceptos, persiste, sin embargo, el problema de haber prometido -con cifras y plazos- algo que él mismo consideraba irrealizable.
En cuanto a la "reconstrucción" -sí es una metáfora-, tal vez haya que empezar por el lenguaje, que es el cimiento de todo lo demás.
El fenómeno no es nuevo. El deterioro de nuestro vocabulario se expresa hace ya un buen tiempo no solo en la reducción del número de palabras, expresiones y conceptos que se utilizan en la vida diaria -lo que se reemplaza por un polisémico y conocido comodín-, sino también en la confusión de significados, como "asertivo" por "acertado", "infligir" por "infringir", entre muchísimos otros ejemplos cotidianos. Algo estaba fallando en la enseñanza, era el diagnóstico, pero el fenómeno se veía acotado al ciudadano común, aunque no solo al "de a pie": los garabatos e insultos entre automovilistas lo dejaban muy claro. Más grave se hizo esta realidad cuando llegó a la televisión y a las redes sociales, porque a la falta de rigurosidad en el uso del idioma, a las descalificaciones, a la pobreza de contenidos se sumó la vociferación como un valor. Especialmente en períodos eleccionarios, denostar se acepta como un instrumento de la comunicación efectiva. Alzar la propia voz sin escuchar la de otros se transformó en la clave para convencer a las audiencias.
Y ahora, con mayor preocupación, vemos un débil manejo del lenguaje en las nuevas autoridades. Recién asumido este Gobierno, un columnista destacó la formación intelectual del ministro de Hacienda, quien habla tres idiomas, es autor de un volumen de relatos ( Cuentos pendientes , Ceibo, 2015) y en su casa vivió rodeado de libros: su padre, fallecido en 2024, fue un destacado lingüista que llegó a ser rector de la Universidad de Playa Ancha, y su madre, "una erudita en literatura". Cómo quisiéramos apreciar en este hijo, si no la erudición, al menos la claridad de lenguaje, la expresión fluida de las ideas y, sobre todo, un reconocimiento a ese mundo del cual proviene. La columna citada se basa a su vez en una entrevista de Cristián Warnken al nuevo ministro, donde este dijo una frase que quizás explica algunas cosas: "Los adversarios del capitalismo son los intelectuales y el periodismo. Son libres de atacarlo, porque nacieron de él". Digno de análisis.
Qué agregar a lo que se ha dicho de las ministras de Seguridad y de la Secretaría General de Gobierno y que ya se refleja dramáticamente en las encuestas. El lenguaje de la primera es inestable, vacilante, entrecortado, y lo que menos transmite es seguridad. Y la vocera, bueno, repite conceptos, usa términos que se contradicen, se equivoca en datos duros. En definitiva, no comunica, o comunica mal, que es peor, pese a su formación en Economía, Periodismo y Asuntos Públicos y a su carrera como actriz y cantante. Por otra parte, el estilo vociferante del ministro de Vivienda y Urbanismo parece que le está dando frutos, pero es conveniente tener en cuenta que amedrentar con las palabras no es lo mismo que convencer. Esto para mencionar solo los casos más llamativos, porque no es mi propósito revisar todo el gabinete.
Aunque la oratoria de los políticos se ha ido diluyendo con el tiempo, todavía esperamos, al menos del primer mandatario, un nivel acorde a esa tradición que tuvo ejemplos tan señeros como Alessandri Palma, Aguirre Cerda o Frei Montalva. Cada gobierno llega al poder con un relato compartido en campaña y resumido en un eslogan. Así fue, al recuperar la democracia, con el "Gana la gente", de Patricio Aylwin, en 1989, en el que estratégicamente se usó el concepto de "la gente", como usted, como yo, como todos, y no "el pueblo", para no despertar suspicacias ni reminiscencias. La gente, dijo Aylwin ya como presidente en su emotivo discurso en el Estadio Nacional, "sean civiles o militares, sí señores, sí compatriotas, civiles o militares: !Chile es uno solo¡ !Las culpas de personas no pueden comprometer a todos¡ !Tenemos que ser capaces de reconstruir la unidad de la familia chilena¡". Su relato era ese, unidad nacional y culpas individuales.
En adelante, Eduardo Frei-Ruiz Tagle, Ricardo Lagos, Michelle Bachelet y Sebastián Piñera en sus dos períodos, y finalmente Gabriel Boric seguramente recurrieron a metáforas en sus discursos -habría que revisarlos- para despertar las emociones de los electores y hacer más persuasivas sus palabras. Incluso algunos las usaron como promesas de campaña: le ganarían la batalla al narcotráfico o a la pobreza; cerrarían la puerta giratoria a la delincuencia. Pero lo que no se había visto hasta ahora es que el eje central de una propuesta electoral, la recuperación de la seguridad, que pasaba por la medida concreta de expulsar a los inmigrantes irregulares, se convirtiera en una metáfora.
En lo que corresponde a esta columna -más allá de las consecuencias políticas de una promesa incumplida-, lo llamativo es la denominación equivocada de esta figura retórica. En un país con dos premios Nobel de Literatura y una fuerte tradición intelectual que se inicia con el inmigrante venezolano Andrés Bello -"Homero americano", lo llama el académico Pablo Ruiz-Tagle, en su más reciente libro-, y continúa con figuras como Lastarria, Bilbao, los hermanos Amunátegui, Diego Barros Arana..., sorprende que el error lo cometa un mandatario y, además, con título de abogado y una carrera parlamentaria. Tuvo, es cierto, la humildad de reconocer su error y aclarar que había querido decir hipérbole, figura que sí se ajusta en este caso, porque expulsar a 300 mil personas del país a partir del 11 de marzo era a todas luces una exageración. Aclarada la confusión de conceptos, persiste, sin embargo, el problema de haber prometido -con cifras y plazos- algo que él mismo consideraba irrealizable.
En cuanto a la "reconstrucción" -sí es una metáfora-, tal vez haya que empezar por el lenguaje, que es el cimiento de todo lo demás.