Miércoles, 20 de Mayo de 2026

Inflación de 3% en Uruguay: ¿preocupación o fortaleza?

UruguayEl País, Uruguay 20 de mayo de 2026

El propio debate que hace apenas algunos meses presentaba una inflación baja como señal de preocupación, hoy destaca como fortaleza la credibilidad y los mayores grados de maniobra que esa misma desinflación ayudó a construir.

Al inicio de 2026, el debate económico local comenzó a incorporar una idea poco habitual para Uruguay: la preocupación por una inflación "demasiado baja", ubicada en torno al 3% anual. ¿Era realmente una preocupación para una economía que convivió durante dos décadas con registros de 8%? ¿O el verdadero problema había sido, justamente, haber naturalizado durante tanto tiempo una inflación persistentemente alta?

El cambio reciente en el escenario internacional ayuda a volver sobre esas preguntas. La suba del precio del petróleo, otros commodities e insumos y el rebote de las expectativas inflacionarias globales probablemente empujarán la inflación uruguaya al alza en los próximos meses, con posibles efectos de segunda ronda difíciles de calibrar. Pero justamente ese escenario vuelve a mostrar por qué, para una economía pequeña y abierta, converger hacia niveles de inflación más alineados con los estándares internacionales nunca debería interpretarse como una debilidad, sino como una fortaleza macroeconómica.

Durante 20 años, Uruguay convivió con inflación alta como si fuera una característica estructural inevitable. La inflación elevada terminó naturalizándose bajo una lógica de "excepcionalidad uruguaya". La idea de que, por alguna razón difícil de explicar, el país podía convivir indefinidamente con desequilibrios que en otras economías sí constituirían un factor evidente de preocupación. Al respecto, ¿cuántas notas de prensa, editoriales, columnas periodísticas o análisis económicos describían aquello como una anomalía?

Ese proceso tuvo costos especialmente importantes. Entre otros, redujo significativamente los grados de libertad de la política monetaria. Cualquier shock externo tendía rápidamente a propagarse hacia salarios, contratos y precios domésticos, porque los agentes asumían que la inflación seguiría siendo alta. Por eso, la indexación fue más consecuencia que causa de esa dinámica. El resultado fue un Banco Central con menor credibilidad, poco margen para absorber shocks, incumplimiento persistente de su mandato y tasas de interés estructuralmente más elevadas.

Hace algunos años, un shock inflacionario externo como el actual habría colocado a Uruguay en
una situación mucho más incómoda. Estaríamos hablando de una inflación cerca del 10%. De cláusulas gatillo reinsertándose en las negociaciones salariales. De acuerdos de precios intentando contener parcialmente el traslado a inflación. De un Banco Central obligado a subir agresivamente la tasa de interés aun con una economía estancada en su nivel de actividad desde hace 15 meses y creciendo probablemente por debajo del 1% en 2026. Nada de eso está hoy en el radar. Por las buenas razones y las buenas políticas monetarias iniciadas en 2020.

Hoy, frente a un shock externo, el Banco Central puede distinguir con mayor claridad entre fenómenos transitorios y procesos inflacionarios más persistentes. Puede reaccionar de manera más gradual y evitar endurecimientos monetarios abruptos frente a aumentos puntuales de precios. Y, sobre todo, puede hacerlo sin que toda la economía vuelva automáticamente a indexarse, dado un mayor anclaje de expectativas. En efecto, la inflación baja no elimina los shocks externos, pero sí reduce significativamente la velocidad y la magnitud con la que esos shocks terminan propagándose al resto de la economía.

Entonces, ¿por qué se instaló la idea de que una inflación de 3% era un problema? En parte,
porque la desaceleración inflacionaria coincidió con un período de apreciación cambiaria y dificultades de competitividad en algunos sectores transables. Pero de allí no se desprende que una inflación más alta sea deseable como mecanismo de corrección. De hecho, es al revés: inflaciones más bajas y estables tienden, a la larga, a favorecer niveles de tipo de cambio real más elevados.

Además, ese debate deja una discusión de fondo bastante más relevante. Si una inflación de 3% pasa a interpretarse como una señal problemática, ¿qué ocurre entonces con cualquier aspiración futura de converger hacia metas de ese nivel? Al menos conceptualmente, resulta difícil compatibilizar ambas ideas. Porque el día que Uruguay decida reducir su meta de inflación, alguien podría argumentar que el propio objetivo estaría generando un problema macroeconómico autoinfligido.

Probablemente ahí aparezca uno de los principales riesgos de ese razonamiento: terminar validando implícitamente que Uruguay necesita convivir estructuralmente con niveles de inflación más altos que otras economías emergentes estables. Volver, en definitiva, a aquella vieja lógica de "excepcionalidad uruguaya" que asumía que la inflación elevada era parte inevitable del funcionamiento normal de la economía y el mecanismo recurrente de ajuste frente a las rigideces del resto de las políticas macroeconómicas, particularmente la fiscal y salarial.

Por eso resulta difícil entender el mal marketing que recibió una inflación cercana al 3%. Más aún cuando el mismo contexto internacional que hoy se presenta como amenaza termina mostrando exactamente lo contrario: que haber reducido la inflación fue precisamente lo que permitió ganar margen de maniobra. Ahí aparece una inconsistencia difícil de ignorar. El propio debate que hace apenas algunos meses presentaba una inflación baja como señal de preocupación, hoy destaca como fortaleza la credibilidad y los mayores grados de maniobra que esa misma desinflación ayudó a construir. En algún punto, ambas cosas no pueden ser ciertas al mismo tiempo.
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