Al petrista arrepentido
Eduardo Behrentz
En cada elección presidencial se repite la idea de estar ante disyuntivas históricas
Eduardo Behrentz
En cada elección presidencial se repite la idea de estar ante disyuntivas históricas. En 2026, ciertamente enfrentamos una de las más grandes a la fecha. El próximo 31 de mayo (y en segunda vuelta tres semanas después) no solo escogeremos un nuevo gobierno. Estaremos decidiendo si el país corrige su rumbo o si profundiza una deriva que ya mostró su rostro: debilitamiento institucional, deterioro económico y confrontación permanente. Hace cuatro años, millones de colombianos votaron por Gustavo Petro creyendo que elegían un cambio democrático y social. No se votó por radicalismo, sectarismo ni improvisación. Se votó por una promesa que resultó falsa e indolente. Desde el centro político se hizo campaña con entusiasmo, mientras se desestimó el riesgo de convertirnos en la nueva Venezuela y de ser parte de ese grupo de sociedades que ven destruido su tejido empresarial en nombre de una igualdad que nunca llega. Muchos ya entendieron. Muchos reconocen su error. A ellos les digo: no basta con eso. El continuismo tiene posibilidades reales de ganar. No porque haya gobernado bien, sino porque conserva una base política disciplinada y legítimamente convencida. También porque la izquierda colombiana ha demostrado ser mucho más eficaz para hacer oposición, manejar símbolos y mover redes sociales que para gobernar. A esto se suma una descarada maquinaria oficial de propaganda y clientelismo que no distingue entre Estado, gobierno y campaña. Más grave aún es el contexto territorial. En amplias zonas del país abundan las denuncias sobre presión de grupos armados con amenazas directas, censos ilegales y mecanismos de control poblacional. Estos grupos ilegales saben qué tipo de gobierno les conviene. Prefieren uno que hable de paz total mientras ellos expanden rentas y controlan territorios. No hace falta afirmar vínculos directos para entender la coincidencia de intereses. A los violentos les resulta más cómodo un Estado que ha dudado en ejercer autoridad. Por eso dirijo esta columna al petrista arrepentido. A usted, que hace cuatro años creyó que el país podía cambiar por esta vía. A usted, que se siente decepcionado y hoy bien sabe que este no es el camino. A usted, que quizá, refugiado en una superioridad moral, pretende votar en blanco o abstenerse. A usted le digo que hoy no tiene ese lujo. Si ayudó a abrir la puerta, hoy tiene la obligación de ayudar a cerrarla. Amigo petrista arrepentido: no tiene que volverse de derecha ni renunciar a sus causas sociales. Pero sí debe entender que ninguna causa sobrevive cuando se destruye la democracia que permite defenderla. Hoy le corresponde ejercer la responsabilidad cívica de su voto de hace cuatro años. Hoy no basta con quejarse, arrepentirse o criticar. Hoy le toca votar para vencer el continuismo y el peligroso camino que usted ayudó a gestar.
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