"Es el prototipo de arquero que se viene", dijeron hace 20 años y tuvieron razón; va por su segundo Mundial con Uruguay. Es la inspiración del hijo de uno de sus amigos y siempre vuelve a donde es feliz.
La garrafa se mezcla con los trofeos y estos con las imágenes de los planteles históricos del Deportivo Juvenil de Nueva Palmira. Un cartel anuncia los precios de las hamburguesas, las tortas fritas y las bebidas. Graciela hace lugar para apoyar una valija que bien podría servir para un extenso viaje a Europa, pero que dentro tiene un museo andante, el de su hijo: Sergio Rochet.
"Una, dos, tres, cuatro", va contando Graciela las camisetas que va sacando y va apoyando en un tablón de casi dos metros que funciona como mesa en la cantina del club y que pocos minutos después desaparece de la vista al tener tantos recuerdos encima. A las camisetas se le suman las medallas, las fotos, los cuadernos en donde lleva una cronología casi perfecta de la carrera del Chino, incluso la lapicera con la que firmó su primer contrato en el AZ Alkmaar de Países Bajos y, por supuesto, sus guantes.
"Con estos guantes jugaba meses igual", confiesa sobre los que tienen la inscripción "Sergio" hecha a mano y que en una familia muy trabajadora podían ser los únicos por un largo tiempo, incluso con remiendos, en caso de que fuera necesario.
"Era un niño travieso, al ser el único varón, era el que hacía rezongar más", confiesa entre risas Graciela sobre su segundo hijo, mayor que Mara y Diana, pero menor que Yesica. "Era bueno en la escuela, buen compañero y se pasaba en el barrio con los amigos, cazando pájaros y jugando a la pelota todo el día. Me dejaba los alambrados embolsados", recuerda.
Las cuatro cuadras que separaban la casa donde se crió Sergio junto a sus hermanas, su padre Pablo y su madre Graciela con la cancha del Deportivo Juvenil hacían que se convirtiera en su segundo hogar y más aún cuando su familia estaba allí presente. Sobre todo cuando aparecían sus compinches: los abuelos.
"Era entrar a la cancha, ver a los abuelos y era lo mejor para él. Jugaba y cuando terminaba, la abuela lo consentía porque era el único varón, lo estaba esperando con el pancho y la bebida", rememora Graciela y se emociona teniendo en cuenta que falleció hace dos años. "Todos los días la llamaba o preguntaba por ella, tenían un vínculo muy fuerte. Cuando se venía de Montevideo siempre le daba a escondidas un rollito con plata para que no le faltara y todo eso no se olvida", agrega.
El fútbol entró rápidamente en la vida de Sergio, aunque el puesto de arquero no tanto y de hecho para pasar a ocupar un lugar bajo los tres palos hubo que esperar una anécdota que hasta hoy recuerdan de forma risueña quienes lo conocen o incluso el propio protagonista. Es que pocos, salvo esos que lo vieron correr en una cancha desde chico en Nueva Palmira, saben que el Chino jugaba en el centro.
"Yo era el arquero del equipo y un día fuimos a Dolores a jugar un partido. En cinco minutos, me hicieron tres goles, tiré los guantes y dije 'no voy más, no quiero más el arco'", recuerda Franco Frascheri. El entrenador, obligado a tener que reemplazarlo probó a Sergio: "Siempre fue más alto que el resto y ahí comenzó su historia", afirma Franco que cambió roles con el Chino -porque pasó a ser el goleador del equipo- y quien hoy tiene un hijo arquero y "mucho de que lo sea creo que es porque admira a Sergio".
De ahí en más, la historia cambió por completo. La "8" verde pasó a ser la "12" violeta con detalles en naranja, negro, marrón y rosado, típica camiseta de los arqueros de la época, aunque distintas a las que utilizaba Sebastián Viera o, como hasta hoy lo recuerdan en su familia, el "Ángel del Arco" e ídolo del Chino. "Hace unos años se pudo encontrar con él, intercambiaron camisetas y le confesó que fue su referente, le copiaba hasta la forma de ponerse el gorro", confiesa Graciela.
Silvio Coscia fue su entrenador en el baby fútbol y uno de los que más lo conoció en esa etapa porque lo dirigió durante seis años. A Coscia seguramente se le vino a la cabeza el pequeño Sergio el 2 de diciembre de 2022 o también el 6 de julio de 2024 cuando el Chino, ya defendiendo la camiseta de Uruguay, atajó los penales ante Ghana en el Mundial y ante Brasil en la Copa América, porque era costumbre en él.
"En los penales era muy bueno, al ser grande, eso lo destacaba. Hubo una final que ganamos por penales y fue gracias a él. Fuimos a una final con Sauce y me acuerdo que me dijo, 'este año lo ganamos nosotros y atajo dos penales' y así fue. Los atajó y fuimos campeones", rememora.
"Él iba a ser golero, no había duda", agrega Coscia y se afirma en ello porque durante un tiempo aprovechó el reglamento del baby fútbol para no perder la costumbre de hacer los goles, en lugar de evitarlos. "Jugaba en la 93', al arco, pero quería que lo subieran a la 92' al centro y quedaba contento jugando en las dos. Cuando jugaba de delantero hacía goles, era muy rápido y alto".
Esas características físicas, y la energía abrumadora de todo niño, fue lo que lo llevaron a que no solo destaque en el fútbol, sino que también tuviera su etapa en el atletismo, sobre todo en competencias departamentales en donde participó en los 100 metros y también en posta. "Si no ganaba, terminaba segundo, era muy ligero", recuerda Graciela que, por supuesto, también guarda esas medallas en su museo personal.
La primera camiseta de selección que usó el Chino
Antes de la Celeste, el Chino defendió a la Albiceleste, a la local, a la selección de baby fútbol de Nueva Palmira, esa a la que llegó gracias a los rendimientos en el Deportivo Juvenil. Su paso por la selección de baby fútbol de Nueva Palmira no pasó desapercibido porque en los tres años que estuvo consiguió tres títulos departamentales y como si fuera poco, el último año fueron campeones nacionales. "Ese título debe de ser un lindo recuerdo para él por la forma en la que se lo ganó y por la manera en la que jugaba ese equipo", sostiene Yamandú Arce, que fuera su entrenador durante esa etapa.
"El arquero que yo tenía era bueno, pero él era un poco más alto, tenía las condiciones de que al salir lo hacía mejor, no es que el otro no era bueno, pero le sacó ventaja de ser grande y salir bien", recuerda Arce. "El puesto se lo ganó por mérito de él. Hizo sus esfuerzos y gracias a Dios jugó los tres años como titular", afirma quien destacó que desde chico Sergio ya tenía voz de mando y las características de un capitán y un referente. "En el baby él mandaba, ordenaba y tiene ese mismo carácter de cuando era chiquilín. Tiene temperamento fuerte y es importante para un jugador. Si no se hace respetar, te pasan por arriba y de chico ya mandaba en el arco y ordenaba y veo que ahora hace lo mismo, no lo perdió", agrega. Eso sí, ¿nunca dudó de probarlo en otro puesto? "No, jamás pensé en ponerlo en la cancha porque sacarlo del arco era un desperdicio, además tenía compañeros muy buenos para jugar en cancha y por eso nunca lo probé", subraya.
Fue la selección, a su vez, la que le permitió compartir cancha con quien forjó una amistad en la infancia y se mantiene hasta el día de hoy: Renato Bertolotti. Es que pese a que iban juntos a la escuela, Renato jugaba en Sauce por lo que era rival del Chino, aunque confiesa que esa pica clásica quedaba solo en la cancha.
"La rivalidad creció a medida que pasó el tiempo. Logramos ganarle los primeros tres años, pero después fue al revés porque nos agarraron la mano y empezaron a ganar ellos las finales y nos ganaron tres años. La rivalidad era sana, entrábamos al campo, íbamos a disputar la pelota como la última, pero al salir de la cancha salíamos abrazados, íbamos a las casas y compartíamos todo el día", admite.
Un descampado ubicado al lado de la casa en la que se crió el Chino fue el escenario de los mejores partidos que Sergio, Franco y Renato jugaron en su infancia. "Era otra época, no había celulares, estábamos todo el día con la pelota, con la honda, cosas que hoy no se ven tanto", recuerda Renato.
Nueva Palmira, su lugar en el mundo
De lo que también se acuerdan tanto Renato, Franco como cada persona que conoce a Sergio en Nueva Palmira es su pasión por la pesca y la laguna, su lugar en el mundo. La Laguna PuntaGorda está a unos cinco kilómetros del centro y Franco recuerda que muy seguido se iban los dos en una sola bicicleta para pasar las tardes.
"A la pesca le agarró el gusto desde que tiene uso de razón porque iban con su padre y con su abuelo. Ya lo trae en la sangre", afirma Graciela. "Acá se hacía el concurso de la pesca de la tararira y él siempre acompañaba al padre, hoy en día cuando viene es a eso. Va a pescar, a acampar y esas cosas le gustan mucho", sostiene Renato. Y tanto es que le gusta que cumplió una de las metas que se puso fuera del fútbol.
"Había una casa enfrente de donde iba a pescar y él decía que esa casa algún día iba a ser de él y la terminó comprando. Es su lugar en el mundo. Todos adoran la laguna, sobre todo los nenes cuando vienen", dice Graciela.
Poco a poco, Sergio dejó la niñez, pasó a la adolescencia y con ella se afianzó el sueño de ser futbolista profesional.
De los nervios a la gloria: el salto a la capital
El tan ansiado, pero también temido salto, empezó a tomar forma cuando hizo una prueba en el club de sus amores: Nacional. Graciela no lo dudó y ante la incertidumbre de que Sergio se fuera a Montevideo lo acompañó.
Por algunas semanas dejó de caminar por la calle Ibicuy -que pasaba por la puerta de su casa- para recorrer Comandante Braga y los alrededores del Gran Parque Central. No quedó y Palmira lo esperaba de vuelta.
Por suerte para él, el tricolor de su pueblo sí le había abierto las puertas y fue el otro club que defendió antes de que le llegara, ahora sí, la oportunidad que le iba a cambiar la vida: Danubio.
"A mi no me gustaba la idea, era muy chico, pero él quería", cuenta casi que con nostalgia Graciela. "Fue una etapa muy difícil para uno y para él también porque se fue solo. Una vez sola había ido a Montevideo y con nosotros. Imaginate llegar allá, a una casita con muchos niños, ir al liceo era como un imposible, pero me ayudaban", agrega.
Esa ayuda vino de quien le consiguió la posibilidad de probarse en el equipo de la Curva de Maroñas: Gabriel Rigamonti. "Tenía a mi suegra viviendo en Nueva Palmira y fuimos un Día de la Madre y por mí vínculo con Danubio se me acercaron y me dijeron: 'Hay un botija que quiere ir a practicar a Montevideo, que le veo condiciones'. Yo no lo vi jugar, pero confié en esa palabra. Hablé con la mamá y con él en su casa. 'Yo quiero jugar al fútbol, no me importa donde', me dijo, y ahí me convenció".
Rigamonti, con pasado como futbolista y por ese entonces relator de Danubio, tenía vínculo con Gustavo Machaín, quien en ese momento era quien veía las promesas que había para ingresarlas en el club, aceptaron que hiciera una prueba y arrancó para la capital, pero no lo hizo solo, lo acompañaron Franco y Renato.
"Sergio es una persona muy buena, muy compañero y fue preciosa esa época. Con 14 años no nos dábamos cuenta, pero hoy que somos grandes y tenemos familia, es un recuerdo para toda la vida. Nos hicimos muy compinches y estar allá no era como ahora con tecnología y traslados, era diferente por costos, pero siempre nos ayudamos entre nosotros", confiesa Franco.
"Era increíble verlo practicar, cuando se fue del baby era un niño y cuando lo vimos en Danubio parecía un monstruo de lo grande que era", afirma Renato sobre aquel chico del que cuentan que a los 14 años medía 1.88 y estaba destinado a ser golero profesional.
"Dejame verlo otro día, a mí me gusta, pero necesitaría que lo vea el entrenador de goleros de inferiores", le dijeron desde Danubio a Rigamonti, mientras Sergio estaba expectante. A los pocos días se hizo otra práctica y ya no había dudas, se iba a quedar: "Me dijeron 'es el prototipo de arquero que se viene, no tiene miedo de tirarse ni de los golpes, no tiene miedo al pelotazo. Le falta técnica, pero eso lo va agarrar'".
Pero otra dificultad se presentó, no había lugar en las casitas de las juveniles y Sergio tuvo que volver a Palmira por unos días a la espera de que se habilitara uno. Pocas jornadas después ese hueco apareció y eso le permitió regresar a la capital, aunque hubo otro contratiempo: "Danubio pidió que él tuviera un tutor en Montevideo porque exigía que estudiaran y ahí yo fui su tutor con la firma y el permiso de los padres para que pudiera mandarlo al liceo y hacerme cargo de él", recuerda Rigamonti.
Fue precisamente en la casita de Danubio en la que Sergio Rochet estampó tal vez uno de los mensajes con mayor valor de toda su carrera. La lapicera azul se posó sobre el papel verde flúo y el texto era un presagio de lo que se le venía por delante: "Seguir en el grupo selectivo y llegar a la Primera".
Dos años de Quinta, uno de Cuarta y de ahí a Tercera en donde hacía entrenamientos con Primera con 17 años. El destino no quiso que debutara con el plantel principal, pero sí le brindó la posibilidad de quedar entre 100 arqueros que se fueron a probar a AZ Alkmaar de Países Bajos, donde a pesar de la distancia, Nueva Palmira igual dijo presente.
"Enseguida supimos que una palmirense vivía allá. Salió la noticia de que se iba, nos comunicamos con la familia y lo recibieron en su casa. Sergio se fue solo, pero después volvió para poder casarse. Vivieron un tiempo con ellos y para nosotros era una tranquilidad de que estuvieran con alguien de acá, por el idioma, por todo y eso los ayudó mucho", confiesa Graciela.
"Sergio es un tipo muy querible, tranquilo y no tenía que estar encima de él. Nunca tuve una queja de él, más allá de que al principio la relación con los otros chicos era complicada porque algunos tenían casi un año en la casita, hacían de todo, pero Sergio con su bonhomía se los fue ganando", agrega.
"El Chino era una persona muy buena, un niño humilde como hasta hoy. Travieso como todo niño, pero muy bueno. Siempre estaba para nosotros y hasta el día de hoy sigue siendo el mismo que conocimos", reconoce Renato. "Sergio es una persona que nunca perdió su humildad, su don de gente", subraya Franco.
Untitled Y es esa "bonhomía", "humildad" y "don de gente" de la que hablan los que lo conocen, lo que lo lleva a disfrutar de lo simple y de los suyos. Las vacaciones de Sergio son en Nueva Palmira, su lugar. Ese en el que creció y en el que encuentra paz en medio de la vorágine del fútbol.
Renato, su amigo de toda la vida, lo explica a la perfección: "Lo he hablado mucho con él. Le cuesta estar lejos de la ciudad. Ama su pueblo, nunca se olvida de donde salió, cuando termina de jugar se viene para acá porque sabe que acá descansa, que nadie lo molesta y puede salir a pescar o a acampar. Nunca deja su ciudad de lado".