Miércoles, 27 de Mayo de 2026

El administrador de estertores

UruguayEl País, Uruguay 27 de mayo de 2026

Los herederos de Fidel Castro sólo saben marchar por el malecón agitando banderitas; sólo les funcionan el brazo represivo.

Terminó siendo un Clark Kent que nunca se convierte en Superman. La ansiedad de los cubanos por un cambio de rumbo que los aleje de las carencias que lleva décadas padeciendo, la hizo ver en Miguel Díaz-Canel el espejismo de un héroe político que implementaría las reformas y aperturas que Fidel Castro despreciaba y que su hermano no se atrevió a impulsar cuando tuvo la oportunidad de hacerlo.

El propio Raúl se convirtió en un administrador de estertores. Y el hombre que eligió para una etapa sin el apellido Castro en la presidencia, es solo un gris guardián de los restos de la revolución.

Se apagó la esperanza de una transición pacífica hacia una economía que funcione. Cuba quedó en un Medioevo desesperante. Un regalo del castrismo al presidente menos democrático y escrupuloso de la historia norteamericana: la oportunidad de poner fin a una realidad calamitosa, sin que el estrangulamiento final genere estupor internacional.

Cuando Raúl puso a Díaz-Canel en la presidencia, la mayoría creyó que se cumpliría la postergada promesa de impulsar la empresa privada nacional y abrir la economía a inversiones de capitales extranjeras. Lo que hizo Vietnam a partir del VI Congreso del Partido Comunista, al lanzar la "Doi Moi" que puso fin a la economía colectivista de planificación centralizada y promover el capitalismo vietnamita y la inversión extranjera en gran escala.

La misma palabra, "Renovación", usaron los comunistas laosianos para denominar la política que introdujo el capitalismo en ese país del sudeste asiático, mientras que Deng Xiaoping llamó "Política de Reforma y Apertura" al proceso que sacó a China de la pobreza rural y la convirtió en la superpotencia que hoy le disputa el liderazgo hegemónico en desarrollo económico y tecnológico a Estados Unidos.

La esperanza de un héroe reformista apareció con Raúl Castro durante el "periodo especial". El colapso de la URSS dejó a Cuba sin el subsidio soviético que le permitía mantener una economía improductiva. Fidel tuvo que dejar que su hermano impulse las reformas y aperturas que resultaban ineludibles, pero ni bien apareció Chávez, el comandante volvió a poner la proa hacia el anquilosado colectivismo de planificación centralizada.

El propio Raúl abandonó el impulso reformista que alguna vez había insinuado. Por eso encumbró a Díaz-Canel, generando la falsa ilusión de que la apertura de la economía haría germinar un empresariado y atraería capitales extranjeros.

Esa expectativa se basaba sólo en que su apellido no era Castro y no pertenecía a la generación que envejeció convirtiendo la historia y la ideología de la revolución en su evangelio, con inquisición y cacería blasfemos incluida.

Díaz-Canel no tardó en defraudar. Lo hizo al proclamarse "continuador" del ideario castrista, o sea guardián de un templo que hace décadas se convirtió en panteón.
El crepúsculo comenzó en los '80, cuando una multitud de balseros se embarcó en el puerto del Mariel. El flujo de cubanos que se echaban al mar creció tras la pérdida del sostén soviético. Y con la clausura del pulmotor venezolano y los torniquetes de Trump, el país alcanzó una densa oscuridad, donde lo único que alumbra son las hogueras que incineran basura en las calles desoladas.

La isla quedó a oscuras. La basura se acumula hasta que los vecinos la queman en gigantescas hogueras. Las ciudades se han vuelto fantasmales. Sus habitantes deambulan como espectros en busca de lo que ya no existe: comida, agua, medicamentos y esperanzas de que algo pase, lo que sea, y cambie esta realidad penumbrosa y reptante.

La esperanza incluye, en última instancia, un golpe de gracia al régimen zombi. Cualquier cosa parece mejor que esta burocracia que administra estertores.
Los herederos de Fidel sólo saben marchar por el malecón agitando banderitas. Al régimen sólo le funcionan el brazo represivo y el que se estira para mendigar alimentos y combustible.

Todo sería diferente si como China, Vietnam y Laos, hubiera mantenido la apertura que inició forzado por el colapso soviético y que Fidel cerró cuando Chávez conectó la isla al pulmotor venezolano.

Raúl pudo haber aprovechado mejor la distención que impulsó Obama. De haber seguido en esa vía, dinamitada luego por Trump, hoy los burócratas no estarían administrando estertores, aplastando protestas ni desfilando con banderitas por el malecón.
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