Viernes, 29 de Mayo de 2026

"Salchichas"

ChileEl Mercurio, Chile 29 de mayo de 2026

Llevamos años pensando la política no como oficio, sino como guerra.

Un partido da su aprobación a un proyecto de ley a cambio de incluir una propuesta llamativa, pero a todas luces técnicamente equivocada. Un senador declara, sin pudor, que su voto será caro porque le bajaron su candidato para una delegación presidencial. Y, de uno y otro lado, escuchar al adversario parece haberse vuelto un signo de debilidad.
Cierto, la política nunca ha sido un ejercicio de pureza y se ha dicho que las leyes son como las salchichas: es mejor no saber cómo se hacen. Pero nuestro proceso legislativo parece encontrarse demasiado lejos del ideal de representación ciudadana, deliberación racional y búsqueda del interés común.
Parte importante de este problema, sabemos, tiene que ver con la fragmentación del Congreso. Una negociación conducida por unos pocos líderes de partidos tendría más posibilidades de éxito y menos pirquineo. La regla antidíscolos, también, reduciría los incentivos a desviarse por un beneficio individual.
Pero parece haber también una cuestión de disposición. Llevamos años pensando la política no como oficio, sino como guerra: hay bandos, lucha, vencedores y vencidos. En democracia, en cambio, los vencedores serán tarde o temprano los vencidos (y en la nuestra, ya no duran más de cuatro años). Si queremos resguardar la democracia, los perdedores deben aceptar la legitimidad de los ganadores y los ganadores deben evitar que los perdedores sientan que su visión de mundo corre peligro existencial.
Por cierto, la política siempre tendrá competencia y conflicto. Pero tampoco funciona bien sin cooperación. De la deliberación suelen surgir cambios que dejan a todos más conformes y, cuando una mayoría amplia participa de un proyecto, se reduce la probabilidad de una contrarreforma futura. Por lo demás, mientras los políticos se asestan golpes, no han hecho más que desprestigiarse. La ciudadanía desconfía radicalmente de ellos y cada vez más pide líderes que vengan de otro lado. La lógica de la guerra no parece estar funcionando para nuestro establishment.
En los 70, Robert Axelrod, buscando entender cómo puede surgir la cooperación entre actores egoístas, diseñó un torneo computacional e invitó a académicos de todo el mundo a enviar estrategias para jugar repetidamente el dilema del prisionero. En este juego, como suele ocurrir en la vida, cada actor gana más si elige no cooperar mientras el otro coopera, pero ambos terminan peor si ninguno coopera que si ambos lo hacen. Tras múltiples rondas, la estrategia ganadora resultó tener solo tres reglas: ser amable (partir cooperando y corresponder a la cooperación), castigar la defección y saber perdonar (volver a cooperar cuando el otro lo hace). La amabilidad y el perdón resultan, así, ventajosos en contextos donde conviven el conflicto y la posibilidad de beneficio mutuo. Desarrollos posteriores han mostrado, incluso, que estrategias más perdonadoras son aún más efectivas, porque evitan ciclos de no cooperación en los que todos pierden.
Como sea, más vale no dejar la cooperación legislativa a la sola voluntad de los políticos. Mejor priorizar la reforma política antes de que el acecho de una elección próxima vuelva a hacerla imposible.
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