Domingo, 31 de Mayo de 2026

¿Voto o plegaria?

ColombiaEl Tiempo, Colombia 31 de mayo de 2026

Hay países que votan como quien reza, y esa es la categoría de Colombia, pues este domingo elevará una plegaria colectiva

Hay países que votan como quien reza, y esa es la categoría de Colombia, pues este domingo elevará una plegaria colectiva. Más de 40 millones de almas están llamadas a las urnas. Peregrinarán con esperanza. Que tengan un buen camino, que ninguna se quede en casa vencida por el desánimo o el cansancio de las promesas rotas. Cada voz importa, cada voto cuenta. Que hoy salgamos a caminar en paz, como guardianes anónimos de nuestra República, sosteniendo en un tarjetón la esperanza de un destino menos cruel y más próspero. Elegiremos al administrador de un país de 50 millones de personas. Al custodio de un presupuesto nacional de más de 500 billones de pesos, recursos que deben transformarse en bienestar de nuestras regiones, en seguridad que nos devuelva la paz de caminar sin miedo, en un sistema de salud digno y en las fuentes de empleo que sostienen la dignidad de un hogar. Votamos por el destino de esos recursos, para que sean usados en los más de 8 millones de niños que esperan una escuela que no les cierre el futuro antes de tiempo. Para millones de jóvenes que miran la educación superior como quien mira una puerta entreabierta hacia otra vida posible. Para las madres cabeza de hogar que procuran el sustento de sus hijos. Para los trabajadores informales que sobreviven sin red de apoyo. Para las mujeres violentadas que siguen esperando justicia. Para los campesinos que aún siembran en tierras olvidadas. Para los creativos, los artistas, los deportistas, los emprendedores, comerciantes, productores y constructores; para todos. Porque cuando elegimos para todos, el voto deja de ser un trámite y se convierte en una oración colectiva. Una plegaria pronunciada desde distintos lugares y realidades. Pero todos, en el fondo, estamos pidiendo lo mismo al país, prosperidad y una administración de lo público con seriedad. Debemos comprender lo sagrado del voto para que no nos gobierne la codicia. Que no entreguemos el futuro por unas cuantas monedas. Que comprendamos que no se trata de mí, sino de nosotros. Que sepamos reconocer a los Judas modernos que venden el mañana por la tranquilidad efímera del presente o por el botín de la contratación pública. Que quien llegue al poder entienda que gobernar no es vencer enemigos ni repartir un botín, sino cuidar vidas. Que en nuestra oración colectiva pidamos a Dios o a nuestra deidad que aparte a Colombia de quienes buscan el poder para servirse a sí mismos y no para servir a los demás, que podamos comprender que el daño que hoy se justifica por conveniencia termina alcanzando a las generaciones del futuro. Ningún mal gobierno afecta solo a unos pocos. Porque lo público no se debilita únicamente cuando se rompe una institución. También se fractura cuando normalizamos la indiferencia y aceptamos la idea peligrosa de que cada ciudadano debe salvarse solo. Y un país donde cada quien lucha solo por sí mismo termina perdiéndose como nación. Quizá por eso hoy nos venden candidatos como mercancías capaces de satisfacer necesidades individuales, olvidando que la democracia se fractura cuando desaparece la idea de lo colectivo. Tal vez por eso votar sigue siendo un acto sagrado. Un voto que no es sagrado por el candidato; ningún político merece esa investidura mística. El voto es sagrado para el país, es sagrado para la vida de todos; porque, durante un instante, millones de ciudadanos sostienen en sus manos el destino compartido de los demás. Pensar en colectivo, en quiénes somos y quiénes podemos ser como nación. Y quizá esa sea la verdadera oración por Colombia: que elijamos pensando menos en el miedo propio y más en el futuro colectivo. Que seamos capaces de vernos más allá de nosotros mismos. Y que, cuando llegue el momento de marcar el tarjetón, lo hagamos por todos. Porque un país también se construye desde la conciencia silenciosa de quienes aún creen que el bien común vale más que treinta monedas de plata.
Pensar en colectivo
Patricia Rincón
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