Lo que haga falta
El inventario de promesas que rompió Pedro Sánchez es agotador. Prometió que no pactaría con el partido populista y chavista Podemos y terminó con Pablo Iglesias de vicepresidente.
Pedro Sánchez llegó a la Moncloa en 2018 arriba de una moción de censura contra el gobierno de centroderecha de Mariano Rajoy. Prometió "regeneración democrática"; ocho años después las noticias que llegan desde España son propias de la democracia más bananera. La falta de escrúpulos que ha mostrado el presidente del Gobierno es increíble. Se suceden las violaciones de promesas políticas, las acusaciones de corrupción a todo el entorno presidencial, el clientelismo más brutal, que incluye el uso de dineros públicos para prostitución. Pocas veces se vio con tanta nitidez a un político dispuesto a violar cada compromiso que asumió, a corromper lo que sea necesario corromper y a hacer cualquier cosa con tal de no soltar el poder.
El inventario de promesas rotas es agotador. Sánchez prometió que jamás pactaría con el partido populista y chavista Podemos, y terminó con Pablo Iglesias como vicepresidente del gobierno. Dijo que la amnistía a los independentistas catalanes era inconstitucional e inaceptable, y la convirtió en ley cuando necesitó los votos de su líder, Puigdemont. Dijo que dormiría mal sabiendo que los herederos de ETA entraban a su gobierno, y terminó durmiendo plácidamente sobre una coalición que los incluye. Cada línea roja, llegado el momento, fue borrada sin inmutarse.
Pero en los últimos dos años hemos pasado de brutales mentiras políticas a una maquinaria de corrupción y, todo indica, de delitos. Por estas horas el tema es Leire Díez, la militante socialista que la prensa española bautizó como "la fontanera". Según una unidad de la Guardia Civil, era la encargada de buscar información comprometedora sobre jueces, fiscales y mandos policiales para bloquear investigaciones que perjudicaran al entorno de Sánchez. Ofreció ventajas económicas y acceso a cargos públicos. Ante lo innegable, el presidente español solo atinó a decir que él no sabía nada y que jamás lo habría admitido.
Pero este episodio es apenas una perla más. La esposa y el hermano de Sánchez están investigados. El expresidente Zapatero fue citado por la justicia por presunta corrupción, en relación con el salvataje a una aerolínea durante el gobierno de Sánchez.
Conviene recordar de dónde viene todo esto. En 2017, derrotado y expulsado del aparato, Sánchez recorrió España en auto para reconquistar el liderazgo del PSOE. Lo acompañaban tres personas de su máxima confianza: José Luis Ábalos, Santos Cerdán y Koldo García. Aquello representó la épica del regreso contra todos los pronósticos. Hoy esos tres nombres son el corazón de las tramas que asfixian al gobierno. Ante todo esto, Sánchez finge demencia y pretende convencer a la opinión pública de que él no sabía nada de los actos de sus íntimos amigos, que además fungieron como número dos de su partido cuando él ya era el líder.
Pero a la debacle moral se agrega la parálisis política. Sánchez sobrevive sin ninguna agenda, no tiene mayoría para aprobar el presupuesto y no parece interesarle nada más que sobrevivir un día más. Lo sostiene, o más bien no lo deja caer, un "gobierno Frankenstein" que no ve un plan mejor, mientras los nacionalistas siguen arrancando prebendas para sus territorios.
A España le espera un año más de degradación día tras día. De ciudadanos y de socios de gobierno que saben que sostienen a un ejecutivo insólito, pero sin incentivos para moverse. Es realmente penoso ver así a este país, al que toda Hispanoamérica suele mirar como puerta de contacto con Europa y como ejemplo de una transición hacia niveles superiores de desarrollo, tal como supo hacerlo en las últimas décadas.
Y aquí una reflexión política más local, o regional: deberíamos ir terminando con la costumbre de recibir a estos líderes populistas como referentes de algo. Estamos seguros de que el Frente Amplio tiene mejores ejemplos de líderes de izquierda para defender y reivindicar. La izquierda uruguaya sigue erotizada con populistas y dictadores como Chávez y Fidel. Jamás miró a Europa para referenciar a los socialdemócratas que construyeron prosperidad, como Willy Brandt, Olof Palme o Felipe González. Tuvo que degradarse la política española, cooptada por estos populistas amigos de las dictaduras bolivarianas, para que se les ocurriera mirar a Europa, pero para adorar a Pablo Iglesias y a Pedro Sánchez. La debilidad de la izquierda latinoamericana por la degradación democrática es digna de un estudio psicológico.