Jueves, 11 de Junio de 2026

Consecuencias macroeconómicas de las políticas de primera infancia

UruguayEl País, Uruguay 10 de junio de 2026

Invertir en un niño no solo mejora sus habilidades, sino que también crea mejores ancestros para las generaciones futuras. Y esto duplica las ganancias para el país.

Cuando se habla de políticas para la primera infancia, la discusión suele concentrarse en los niños. ¿Mejoran su aprendizaje? ¿Consiguen mejores empleos cuando son adultos?
Pero hay una pregunta todavía más interesante: ¿qué pasaría si un país implementara estos programas a gran escala durante décadas? ¿Cambiaría algo más que la vida de los niños directamente beneficiados? ¿Podría afectar la desigualdad, la movilidad social o incluso el crecimiento económico?

Un reciente artículo científico del economista Diego Daruich, publicado en el prestigioso Journal of Political Economy, intenta responder precisamente esas preguntas. Y su conclusión es contundente:

Un programa a gran escala y a largo plazo genera ganancias de bienestar que son más del doble de grandes que las de un programa a pequeña escala y a corto plazo, incluso después de considerar los impuestos necesarios para financiar esos programas.

El problema de las evaluaciones de corto plazo

La evidencia a favor de los programas de primera infancia es abundante. Mejorar el entorno de los niños durante los primeros años de vida aumenta la educación, los ingresos y otras dimensiones del bienestar cuando llegan a la adultez.

Sin embargo, casi todos esos estudios tienen una limitación importante. Analizan programas pequeños y por períodos relativamente cortos.

Es como evaluar los beneficios de plantar árboles observando únicamente lo que sucede durante el primer año. Seguramente veremos algunas hojas nuevas. Pero no veremos la sombra, la madera ni los frutos que aparecerán décadas después.

Daruich sostiene que algo parecido ocurre con las políticas para la primera infancia. Los estudios tradicionales capturan una parte de los beneficios, pero no todos.

Los niños hoy son los padres mañana

Si una política mejora las capacidades de un niño hoy, no solamente está ayudando a esa persona. También está creando un futuro padre o una futura madre con más educación, más habilidades y más recursos. Y esos padres estarán en condiciones de invertir más en sus propios hijos.

Por lo tanto, el efecto de una intervención no termina en la generación inicialmente beneficiada. Continúa propagándose hacia las siguientes generaciones. Esta es la pieza que falta en gran parte de la discusión pública sobre la primera infancia.

Predecir el futuro

Para estudiar estos efectos de largo plazo, Daruich construye un modelo macroeconómico que incorpora familias, educación, trabajo, ahorro y transmisión intergeneracional de habilidades. Y realiza algo que ningún experimento puede hacer: simular qué ocurriría si una política de primera infancia se aplicara de manera permanente y a escala nacional.

Resultados sorprendentes

Los resultados son llamativos. Cuando la política se implementa de forma permanente para toda la población, las ganancias sociales son más del doble de las que se observarían si se analizara únicamente una generación de niños.

La razón principal no es que los niños beneficiados ganen más dinero cuando son adultos. Eso ya era conocido. La verdadera novedad es que esos niños estarán en condiciones en invertir más en la siguiente generación.

En otras palabras, una parte importante del retorno de la inversión aparece porque la política mejora la calidad de los futuros hogares. Es un efecto multiplicador intergeneracional.

Menos desigualdad y más movilidad

Los beneficios tampoco se limitan al ingreso promedio. El estudio concluye que una política universal de alta calidad en primera infancia reduciría la desigualdad de ingresos y aumentaría significativamente la movilidad social.

La lógica es bastante intuitiva. Los niños provenientes de hogares más vulnerables suelen recibir menos inversiones durante los primeros años de vida. Cuando el Estado ayuda a compensar esa diferencia, las oportunidades se vuelven menos dependientes de la familia en la que cada uno nació. La consecuencia es una sociedad donde el origen pesa menos y el esfuerzo individual pesa más.

No todo es gratis

El artículo también incorpora algo que muchas veces se ignora. Los programas cuestan dinero. Si el gobierno quiere invertir más en primera infancia, debe financiar esos gastos mediante impuestos o endeudamiento. Además, cuando aumenta la proporción de personas altamente educadas, los salarios relativos también cambian. El autor incorpora todos esos efectos en su análisis.

Incluso después de considerar los costos de financiamiento y los ajustes que ocurren en la economía, los beneficios netos siguen siendo muy elevados.

Una lección para la política pública

Las discusiones políticas suelen estar dominadas por horizontes cortos. Se pregunta cuánto costará un programa el año próximo o qué resultados generará durante el período de gobierno. La investigación de Daruich invita a pensar de otra manera.

Algunas inversiones producen retornos que aparecen lentamente pero que terminan siendo enormes. La primera infancia parece pertenecer a esa categoría.

La principal enseñanza del artículo puede resumirse en una frase: cuando invertimos en un niño, no solamente estamos ayudando a una persona. También estamos influyendo sobre la familia que formará en el futuro y sobre los niños que todavía ni siquiera han nacido.

Por eso los beneficios de estas políticas son más grandes de lo que muestran los experimentos de corto plazo.

La economía suele insistir en que las decisiones presentes tienen consecuencias futuras. Este trabajo lleva esa idea un paso más allá. Nos recuerda que algunas políticas no sólo transforman el futuro de una generación. Pueden transformar el de varias.
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