Prosperidad sin memoria
Cada generación interpreta el mundo desde sus propias experiencias
Cada generación interpreta el mundo desde sus propias experiencias. Quienes vivieron las grandes crisis económicas latinoamericanas desarrollaron una profunda aversión a la inflación y al desorden fiscal. Quienes fundaron las instituciones que hoy heredamos lo hicieron sabiendo lo que cuesta perder la estabilidad. Pero millones de colombianos nacidos después de los años noventa nunca vivieron nada de eso. Nunca hicieron filas para comprar productos básicos. Nunca vieron los ahorros de una familia evaporarse por una inflación descontrolada. Nunca experimentaron restricciones para acceder a dólares, importar bienes o viajar al exterior. Eso, paradójicamente, es una buena noticia. Significa que Colombia, con todas sus dificultades, logró construir durante varias décadas una estabilidad económica que hoy muchos consideran normal. Tan normal que rara vez se detienen a pensar cómo se consiguió o qué podría ocurrir si se pierde. Las instituciones económicas exitosas suelen convertirse en víctimas de su propio éxito. Cuando funcionan durante mucho tiempo, dejan de ser percibidas como conquistas y pasan a verse como parte del paisaje. El control de la inflación, la autonomía del banco central y la disciplina fiscal dejan de ser logros para convertirse en supuestos. Pocas personas recuerdan que hace apenas unas décadas varios países latinoamericanos registraban inflaciones anuales superiores al 100%, e incluso al 1.000%. Lo mismo ocurre con los avances sociales. Las nuevas generaciones crecieron en un país donde millones de personas accedieron por primera vez a educación superior, vivienda, crédito, tecnología e internet: bienes que antes estaban fuera del alcance de la mayoría. Nada de esto significa que el país haya resuelto sus problemas. La desigualdad sigue siendo alta. La productividad insuficiente. El crecimiento económico dista de su potencial. Persisten brechas profundas entre regiones y grupos sociales. Pero reconocer los desafíos no debería impedirnos reconocer los avances. La mayor fortaleza de las nuevas generaciones es que aspiran a más. No les basta con reducir la pobreza; quieren prosperidad compartida. No les basta con crecer; quieren hacerlo de manera sostenible. No les basta con generar riqueza; quieren más oportunidades para todos. Esa ambición es valiosa y necesaria. Pero vale la pena recordar que las herramientas para perseguir esos objetivos fueron construidas a lo largo de décadas. La estabilidad no apareció por accidente. La confianza no surge espontáneamente. El acceso al crédito, la generación de empleo y la expansión empresarial dependen de instituciones que requieren cuidado permanente. La historia económica muestra que el progreso no suele perderse de golpe. Se erosiona lentamente. Primero se cuestionan las reglas. Luego se debilitan las instituciones. Después llegan la incertidumbre, la menor inversión y el estancamiento. Cuando finalmente aparecen los problemas, ya es tarde para recordar por qué existían aquellas barreras que antes parecían innecesarias. Por eso vale la pena hacer un ejercicio poco común: apreciar aquello que funciona. No para conformarnos, no para renunciar a mejorar, sino para entender que las sociedades avanzan cuando son capaces de corregir sus errores sin destruir los fundamentos que hicieron posible su progreso. Las nuevas generaciones tienen razón en exigir más. Tienen la fortuna de hacerlo desde un país que, a diferencia de buena parte de la historia latinoamericana, les ha permitido crecer sin conocer la escasez que marcó a quienes vinieron antes. Esa conquista merece ser protegida.