Domingo, 14 de Junio de 2026

Con la actriz Gabriela Iribarren: Necesitamos reirnos, la vida está llena de absurdos y el humor es liberador

UruguayEl País, Uruguay 12 de junio de 2026

Con una larga carrera como intérprete y docente, Iribarren está en "Uz. El pueblo", la comedia negra de Gabriel Calderón que sube a escena sábados y domingos en el Teatro Stella

Una de las grandes actrices uruguayas y una de sus docentes más activas, Gabriela Iribarren ha participado, según dice, en unas 150 obras a lo largo de una carrera que le ha merecido tres premios Florencio. Ha trabajado en obras aparentemente tan distintas como Detrás de las polleras, Rosa Luxemburgo, Un cuerpo junto al río Spree o Ana contra la muerte, de Gabriel Calderón; la muestra es insuficiente para abarcar la amplitud de intereses de una trayectoria que roza los 40 años.

Ahora está en Uz. El pueblo, una comedia de Calderón en la que interpreta con el desenfado de Lucille Ball o Doris Day a Grace, una madre que altera a su familia aparentemente ideal y a su pueblo aparentemente calmo cuando recibe una llamada de Dios.

Dirigida por Damián Barrera y con un elenco integrado además por Sebastián Silvera Perdomo, Daniel Plada, Carlos Sorriba, Cristina Cabrera, Matteo Pistoni, Agustina Vázquez Paz, Emilia Telesca y Micaela Trujillo, es una comedia a medio camino entre la sitcom y el grotesco que el público disfruta entre carcajadas y elogios. Iribarren lleva sobre sus hombros el peso de toda la pieza.

Se la puede ver los sábados a las 20.00 y los domingos a las 18.00 en el Teatro Stella. Sobre su carrera, la obra y algún que otro asunto, Iribarren, café mediante, charló una mañana otoñal con El País.

El dato es revelador de nuestra generación, pero la primera vez que la vi fue en La ópera de la mala leche, de Tabaré Rivero...

Eso fue por 1989.

¿Cómo recuerda esos tiempos?

Los recuerdo muchísimo. Fue un espectáculo maravilloso que marcó una época. Con Tabaré, a quien quiero, admiro y es amigo desde entonces. Fue un trabajo muy revelador. No esperábamos nada y terminó siendo un suceso de público por todo lo que movilizó. Son experiencias que quedan para siempre.

Lo de Tabaré fue muy disruptivo...

A través de la música de Tabaré y de una puesta muy particular plasmaba la vivencia de una generación que había pasado su adolescencia durante la dictadura. Éramos hijos de nuestro tiempo y eso atravesaba nuestras vidas. La obra recogía todo eso en un rock medio punk, muy interesante tanto musical como escénicamente. Para todo ese equipo fue una experiencia inolvidable.

¿Ya había egresado de la EMAD?

Sí, recién había egresado. Entré con una generación y terminé egresando con otra porque en el medio fui madre. Allí estaban las generaciones de Roxana Blanco, Marisa Bentancur, Marina Barrandeguy y Mario Ferreira.

¿Cómo ve en perspectiva a esa generación?

Recuerdo que Jorge Arias nos decía que íbamos a marcar historia en el teatro uruguayo. En aquel momento nos parecía una locura. Y de alguna manera hemos contribuido a construir parte de la historia del teatro nacional desde fines del siglo pasado. También Taco Larreta, con quien trabajé mucho y a quien admiraba, decía que tenía todas sus fichas puestas en nuestra generación. Fueron muy generosos. Ducho Sfeir también. Nelly Goitiño. Ellos creyeron en nosotros, algo que nosotros veíamos con suma inocencia. Taco decía que las generaciones que funcionan como bisagra en la historia de una disciplina artística aparecen cada tanto. En aquel momento yo escuchaba eso con incertidumbre, pero entendí que tenía razón.

Tal vez en otras disciplinas hubo una ruptura más marcada con el pasado, mientras que en el teatro existió una continuidad.

En lo artístico tuvimos una identidad generacional, pero también existió eso de pasarnos la posta. Tuvimos maestros de una generosidad enorme. Nos tocó ser jóvenes en un Uruguay bastante gerontocrático, donde el derecho de piso era fuerte. Sin embargo, maestros como ellos Pepe Vázquez, Elena Zuasti y otros nos abrieron las puertas, nos convocaron, nos estimularon y nos enseñaron. Esa experiencia fue muy nutritiva y creo que explica por qué hoy nosotros también tenemos una actitud muy abierta hacia las nuevas generaciones.

¿Siente que hoy los jóvenes la ven a usted de esa manera?

Creo que sí. Al menos es lo que recibo y me hace sentir muy agradecida. Uno aprende permanentemente de las nuevas generaciones. Son un llamado a la realidad de hoy y a sentir que tu época también es esta. El teatro siempre es intergeneracional: somos eslabones de una cadena.

¿Qué legado deja esa generación?

Uno de los cambios más importantes tiene que ver con la profesionalización. Vengo del teatro independiente, donde durante mucho tiempo existió un debate sobre si el teatro debía profesionalizarse o no. Mi generación luchó mucho por eso. No solo por la remuneración, sino porque la profesionalización implica poder dedicarle tiempo completo a la actividad. Avanzamos mucho en ese sentido y ese es uno de los legados que dejamos. Hoy las nuevas generaciones entienden la importancia de esa dedicación exclusiva para alcanzar su máximo desarrollo. Otro legado importante fue la ruptura con ciertos estereotipos. Existían modelos muy rígidos de actuación y también una cierta idea del divismo teatral. Nosotros empezamos a romper esos moldes, a buscar identidades propias, a ampliar las posibilidades expresivas, a valorar la diversidad y a entender que el arte debe ser un espacio de libertad donde convivan múltiples formas de creación.

¿Y cómo reciben eso los jóvenes?

El mundo cambió y los tiempos son más rápidos, pero el teatro sigue siendo una forma artística profundamente humana y presencial. Puede incorporar nuevas tecnologías, pero su esencia sigue siendo el convivio, el encuentro entre actores y público en un mismo espacio y tiempo. El propio fenómeno te exige una movida contracultural: dejar el celular, entrenar un nivel de concentración profundo, estudiar y dedicarte. Por eso creo que seguirá siendo cada vez más valioso.



Hablemos de Uz. El pueblo.

Es una comedia negra que Gabriel Calderón un autorazo con quien ya trabajé escribió hace más de 20 años. Es la primera de su pentalogía. Forma parte de una mirada crítica, con un sesgo generacional, sobre la sociedad, la familia, los vínculos y las miserias de sistemas opresivos. Gabriel habla del pensamiento dogmático, de la familia disfuncional, del abuso sexual infantil y de las relaciones humanas: no le queda tema por abordar. Es un autor profundamente político, no en términos partidarios, sino por su mirada crítica sobre la sociedad.

¿Qué le interesó del texto?

Ver cómo una obra puede despegarse de su autor. La puesta de Damián lleva el texto hacia una dimensión mucho más amplia, algo que noté al estudiarla. Ya no se trata solo de una familia disfuncional, sino de los mecanismos del poder y de los sistemas dogmáticos que ordenan y reprimen la vida de las personas. En la obra, ese centro de poder es la iglesia, pero podría ser cualquier institución o estructura ideológica. Cuando ese orden comienza a resquebrajarse, emergen fuerzas humanas reprimidas que pueden volverse destructivas. Y eso tiene una resonancia muy fuerte con la sociedad actual.

¿Cómo construyó a Grace?

Me inspiré en la estética del sueño americano de los años 50, muy naif, en esas imágenes de familias perfectas, mujeres impecables y hogares idealizados. Me apoyé mucho en las comedias de situación de esa época, en Doris Day y Lucille Ball. Esa estética expresa muy bien el concepto que Damián quería trabajar. Nos pidió que mantuviéramos una actuación más realista, mientras que otros personajes podían ir hacia el grotesco. Ese contraste genera un juego hermoso. También me gustó mucho cómo Damián potenció el humor de situación presente en la escritura de Gabriel. La obra tiene algo de sitcom estadounidense y también del vodevil: puertas que se abren, equívocos, enredos. Esa mecánica permite que, a través del humor, se vaya desmontando progresivamente un orden aparente y afloren todas las tensiones ocultas.

¿Cómo sienten desde el escenario la energía de la risa?

Es maravilloso. En una tragedia uno percibe el silencio, la atmósfera, la tensión. En la comedia, la risa forma parte del espectáculo. Se integra al ritmo de la función como si fuera música. Hay momentos donde el público se ríe siempre y otros donde las reacciones cambian. Pero cuando la risa aparece, aporta una energía enorme que te permite mantener todo eso que puede verse tan natural y fluido, pero que requiere muchísima precisión, concentración, escucha y coordinación. La respuesta del público alimenta todo ese mecanismo.

Y toda la platea se ríe con las malas palabras...

El teatro es una zona liberada. Allí el público encuentra permiso para reírse de lo incorrecto, de lo doloroso, de aquello que normalmente evita. Y cuando eso ocurre, se libera algo muy profundo. Creo que hoy necesitamos reírnos. Reírse implica tomar distancia, desarrollar una mirada crítica, incluso sobre uno mismo. También supone empatía: primero uno se identifica con una situación y después puede observarla desde otra perspectiva. La vida está llena de absurdos y el humor es liberador.
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