¿La imagen? No: ¡los principios!
¿O lo que hace falta es devolverle vigencia a la conciencia ciudadana, que se encrespa y nos reclama?
La camioneta de US$ 79.000: el descuento de US$ 25.000, el modo de integrar el precio, usando un vehículo que había sido donado para sortearse, en una rifa que no se inscribió y no tuvo ganador, y entregado en pago como si hubiera sido propiedad personal del candidato han provocado desde urticaria a eczema por indignación soterrada. Y no sólo en quienes no votamos a Orsi. También en muchos de quienes sufragaron por él.
En respuesta, explicaciones en pujos sucesivos, cada una descamándose en nuevas perplejidades. Y enseguida, el planteo del oficialismo formal: hay que cuidar la institucionalidad que entraría en riesgo por caída de la imagen, que estaría siendo atacada fuera de escala a partir de un entrevero de errores en la comunicación.
En realidad, el asunto no es de comunicación sino de procedimientos y de conceptos.
Un par de semanas antes de asumir el mayor cargo que discierne la ciudadanía, tirarse "de cabeza" sobre un descuento del 30% -no ofrecido en publicidad alguna- constituyó un error indeleble en el procedimiento.
Incluir en el pago un vehículo que quedó de la rifa no inscripta, que se había obtenido por donación para la campaña electoral del lema que resultó triunfante, es confundir el patrimonio del partido con la propiedad personal del candidato. Y por decir lo menos, es incurrir en un absurdo conceptual.
Condimentado esto con el sostén al Director de ASSE que durante meses cobró suplemento salarial por dedicación total mientras marcaba tarjeta en sus otros empleos, ¿hacen falta nuevas encuestas con esperanza de repunte? ¿O lo que hace falta es devolverle vigencia a la conciencia ciudadana, que se nos encrespa y nos reclama?
Con el seso alerta, las insuficiencias y los dislates de hoy nos saltan a la vista. Y si a la sensibilidad indignada le aplicamos reflexión, también salta a la vista que la caída gubernativa en las encuestas no se arregla con reformas en la imagen o en la manera de comunicar lo que se hace o se deja de hacer.
No se arregla contratando entrenadores de oratoria ni cambiando agentes de marketing, porque detrás de los yerros lo que hay es la violación de una regla; y si bien se mira, debajo de la transgresión a las reglas, asoma el quebrantamiento de un principio.
Venimos de más de medio siglo en que el Uruguay -igual que muchas naciones de Occidente- ha jugado a las escondidas con los principios en los más diversos órdenes. Un exceso de intelectualización analítica ha olvidado que hay imperativos incondicionados, y hoy hasta las tipificaciones del Derecho Penal se negocian en la feria de los procesos abreviados.
Un inmediatismo pragmático nos ha acostumbrado a buscarle la vuelta a todo y aguantar lo que sea, en vez de devolverle prestancia a los principios, fundando en ellos una lógica aplicable a todos y por eso mismo más democrática que los remiendos zurcidos a la medida de las gritas de interesados.
En definitiva, los principios son el cimiento de la persona, fuente de los valores que corren por arterias y venas de la República. La moda de olvidarlos y negarlos nos trajo hasta acá.
Darnos cuenta y cambiar depende de nosotros como ciudadanos.
Y es el primer mandato de la Constitución, cuyo imperio concreto no se sustituye por la invocación abstracta de la institucionalidad.