Cuando Xi visitó a Kim
El dictador norcoreano ha consolidado su poder nuclear, afianzándose como actor geopolítico global.
Si algo dejó en evidencia el reciente viaje de Xi Jinping a Corea del Norte, es que su líder, Kim Jong-un, se ha transformado en un actor clave en la geopolítica global. El Presidente chino no había visitado Pyongyang desde 2019, justo después de que colapsaran las negociaciones de Kim con Donald Trump sobre el programa nuclear norcoreano, pero ambos líderes comunistas se habían reunido varias veces; la última, en septiembre, en Beijing, para unas celebraciones a las que también asistió Vladimir Putin, con el que los dos reclaman tener relaciones estratégicas y de amistad perdurables. Estos cuatro personajes son los protagonistas de las relaciones internacionales en un mundo que Xi, Kim y Putin quieren transformar para quitarle a Estados Unidos la hegemonía que ha ostentado desde el fin de la Guerra Fría.
En la última década, Norcorea ha tenido un avance gigantesco en su programa nuclear y de misiles balísticos, incluidos los exitosos ensayos de un proyectil intercontinental que podría alcanzar a EE.UU. llevando una ojiva nuclear. Esta capacidad bélica ha puesto a Kim en una posición de fuerza que no tenía en 2019, cuando negociaba con Trump una eventual desnuclearización del país, algo que ahora el líder norcoreano descarta de plano. Por el contrario, hoy exige que se le reconozca a su país precisamente el estatus de potencia nuclear. Y, de seguro, la guerra en Irán lo ha convencido aún más de la necesidad de aferrarse a sus 50 armas atómicas.
En esta visita, Xi no hizo mención pública del tema, y no se sabe si lo trató en las reuniones privadas, pero su silencio hace aventurar que estaría aceptando esta situación. En ocasiones anteriores, Xi sí se ha referido a la necesidad de "desnuclearizar la península" y a que China jugaría un papel constructivo para lograrlo, pero incluyendo también a Corea del Sur, que ha estado bajo el paraguas de EE.UU. Después de esta visita, queda la duda de si Beijing insistirá en demandar ese rol.
Para China, lo central del viaje era retomar su histórica relación especial con Corea del Norte, la que ha estado tensionada durante los últimos años, y recuperar la tradicional influencia sobre Pyongyang, haciendo retroceder la de Moscú. Bajo la mirada de Beijing, el acercamiento de Kim a Rusia en los últimos años fue una mala noticia, porque de este modo China dejó de ser su único aliado, reduciendo su dependencia. Pero Kim supo en ese momento jugar sus cartas. Después del fracaso del acercamiento con Washington, y los estragos económicos y humanitarios de la pandemia, los acuerdos estratégicos y de seguridad con Rusia le solucionaron muchos problemas, justo cuando se había enfriado su relación con la superpotencia asiática. En ese contexto fue que Norcorea auxilió a Rusia en la guerra contra Ucrania, mandando hasta 16 mil soldados y entregando material militar indispensable para las fuerzas rusas: municiones, artillería, cohetes y misiles balísticos. Todo esto, a cambio de ayuda económica, alimentos y transferencia de tecnología militar, con lo que ha podido sobrevivir y desarrollar su industria bélica, al punto de que hoy estaría incluso construyendo su propio submarino nuclear. Este cuadro no es del gusto de Xi, para quien Rusia es un importante socio comercial y estratégico, pero no debiera involucrarse en los asuntos de la región inmediata a China. De ahí su interés en reverdecer la relación con Kim.
Por cierto, tanto Moscú como Beijing han temido siempre un colapso de Norcorea y la consiguiente estampida de refugiados. Eso en este momento parece descartado, pues la economía de Pyongyang ha dado signos de mejoría. Aun así, Norcorea sigue siendo un peligro para la estabilidad regional y, con este viaje, China demostró estar consciente de ello.