Aquí ya perdimos todos
Entre la posverdad, las redes sociales y la precariedad social, las épocas electorales se han convertido más y más en campos de batalla
Entre la posverdad, las redes sociales y la precariedad social, las épocas electorales se han convertido más y más en campos de batalla. Ya no importa qué nos beneficia a todos, importa creer en un "ellos" y un "nosotros". Importa estar seguros de que somos de los buenos y los malos son los otros, esos a los que hay que odiar. El sentido de pertenencia es ahora adherirse a una ideología, a un partido. Y los mandatarios, así como los líderes políticos, usan esto a su favor para regar de odio a sus electores y armarlos en contra de sus opositores. Las teorías conspirativas de la extrema derecha son las más conocidas. El movimiento QAnon defiende que hay un plan oculto para llenar de migrantes los países blancos y destruir su cultura. A nivel nacional, tuvimos hace unos años la delirante discusión sobre si había una "ideología de género" para promover el homosexualismo a través de la educación sexual en los colegios. Lo complejo es cómo estas afirmaciones se riegan como un incendio en las redes sociales. Y a medida que la gente dice más y más cosas extrañas, más solos nos sentimos, más huérfanos de verdad y, por lo mismo, más sectarios nos volvemos, más tribales. Muchos gobiernos, no solo no contribuyen a desmontar delirios sino que los usan a su favor. Ese es el caso de Donald Trump en Estados Unidos o de Jair Bolsonaro en Brasil, mandatarios que han dado credibilidad a plataformas conspiradoras, legitimándolas incluso. Lo terrible es que los candidatos y políticos que usan esta estrategia, que se niegan a señalar las faltas de sus coequiperos, que no desmienten las falsedades sobre sus opositores y que usan discursos violentos, alimentan el fanatismo y la histeria tribal fomentando la violencia. A mí es que esta histeria colectiva me genera una profunda tristeza. Porque a la furia de unos la respuesta es la amenaza de los otros en un crescendo sin salida que anula la posibilidad de una pluralidad, de una diversidad de miradas y opiniones que se salgan de la temible lógica binaria de "si no estás conmigo, estás contra mí". Ya lo dije en su momento y lo repito: la salida para Colombia es el centro. Ahora está desvanecido, evaporado, cancelado, y con su desaparición no queda otra cosa que esperar un país resentido, frustrado y listo a violentar al contrario. Esto va a suceder sin importar cuál de los dos candidatos gane. Porque millones de colombianos se sentirán ultrajados con el resultado del próximo domingo. Es así como tristemente ninguno de los dos es una alternativa hacia la reconciliación. Porque ninguno es capaz de reconocer a su contrario como interlocutor, solo se anulan mutuamente, un mensaje que ha calado en los electores y sus comportamientos. Porque el insulto ha pasado a ser entendido como gesto de valentía, y el silencio ante la injusticia no ha sido interpelado en estos meses. Si no tenemos una verdad común, si los candidatos son los primeros en negar que esta se propicie, no estamos ante líderes que quieran gobernar para toda Colombia sino solo para su electorado. Nos esperan cuatro años muy duros. Y quizá tras ese calvario algún día aprendamos que la democracia ya no es más una prueba personal donde actuamos movidos por emociones, es más y más un ajedrez donde juegan a manipularnos a través de mentiras, amenazas y violencias, directas e indirectas. En medio del juego, tenemos que elegir lo que más representa a una mayoría sin violentar a su contraria, sin anularla. Tenemos que pensar en todos como nación no solo en nuestra tribu de buenistas. Sin embargo, hoy estamos ante las barras bravas y violentas de dos extremos feroces que no tienen ninguna posibilidad de concertar o llegar a acuerdo alguno. Más allá de las propuestas particulares de cada candidato, ninguno incluye a quienes están del otro lado de su proyecto. En este supuesto ejercicio democrático, ya perdimos todos. @melbaes
Nuestro ejercicio democrático
Melba Escobar