Comparar
En cierta forma, nuestros juicios son comparativos; o, al menos, suelen expresarse de esa manera
En cierta forma, nuestros juicios son comparativos; o, al menos, suelen expresarse de esa manera. Es decir, bajo las categorías habituales que usamos (bello-feo, alto-bajo, gordo-flaco, lejos-cerca, etc.) se esconde, o subyace, una comparación. Que muchas veces puede parecer solo formal, pero que no es raro que sea de fondo.
Pero, y a su vez, ¿en base a qué emitimos esos juicios comparativos? Desde luego debido a un uso medio inconsciente y mecánico del idioma; es decir, a lo que simplemente las palabras significan: a los conceptos que encierran o dan a entender, y que en la mayoría de los casos (por no decir siempre) surgen de la simple y palmaria evidencia, incluso sensorial: así frío-calor, fuerte-despacio, áspero-liso. También lo hacemos en base al capricho o según categorías casi exclusivamente propias y surgidas desde personales disposiciones, temperamentos o simples maneras de ver y/o gustar del mundo que nos rodea (asimismo, muchas veces sensitivas): agradable-desagradable, sabroso-repugnante, dulce o salado.
Sin embargo, respecto a las cosas más importantes -o, al menos, así debería ser- comparamos según estándares de alguna manera preexistentes en nosotros y que nos dan (o permiten) una vara o medida para y con qué juzgar. Ya fruto de la experiencia, del consejo o del conocimiento adquirido por algún proceso formal o informal (circunstancias todas que podemos llamar, en genérico, educación), somos capaces de comparar.