Entre aliados, la prudencia
La paradoja consiste en que no clamar "¡callémonos y trabajemos lealmente por hacer un gran gobierno para Chile!" sería otro modo imprudente de proceder.
No, no es lo mismo disputar con tus aliados cuando estás en la oposición que cuando tienes obligación de administrar el poder.
Por supuesto, las normas éticas que regulan la política se aplican por igual a una y a otra situación. Siempre debes ser veraz, siempre debes ser dialogante, habitualmente se te pide sacrificio y abnegación. Nada de eso cambia, ya sea que formes parte de una pequeña bancada opositora o de una mayoritaria coalición gobernante.
Pero, cuando se está en la oposición, ninguna de esas exigencias obliga a los diversos grupos que la configuran a tener que coordinar programas, estrategias y declaraciones. Precisamente porque son diversos, tienen todo el derecho a plantear sus particulares visiones sobre el modo de enfrentar al gobierno de turno y sobre las fórmulas para acceder a un futuro poder. Es lo que evidentemente sucedió con las diversas derechas durante el gobierno anterior, así como en las elecciones últimas. Republicanos, libertarios y Chile Vamos, cada uno jugó sus cartas presidenciales y parlamentarias dentro de una legítima competencia, en la que era lógico diferenciarse y criticarse mutuamente.
Si uno de los tres iba a ganar la elección, ¿no se hacía exigible intelectual y afectivamente que los partidos no victoriosos entendieran la necesidad de apoyar decididamente al nuevo gobierno? ¿Es que no se logra distinguir entre las reglas de la competencia por el poder y las que regulan su ejercicio? No cambian las exigencias éticas -ya lo decíamos- entre una situación y la otra, pero sí se exige una renovada consideración en el ejercicio de esa virtud decisiva que es la prudencia.
En efecto, la legítima disensión pública entre posturas afines mientras se es oposición, debe plantearse de una manera enteramente distinta cuando diversas fuerzas aliadas -o al menos amigas- han sido favorecidas con una importante representación parlamentaria, y más aún si uno de los suyos ha sido electo para ocupar la Presidencia de la República. No distinguir una situación de la otra revela una carencia grave de aptitud para la política.
Si esta columna entrara ahora a relatar todos y cada uno de los desaciertos con que variados personajes han estado minando el esfuerzo común en que está comprometida la inmensa mayoría de los partidarios del actual gobierno, nuestro texto incurriría justamente en el mismo defecto criticado. Pero tampoco se puede callar: la paradoja consiste en que no clamar "!callémonos y trabajemos lealmente por hacer un gran gobierno para Chile¡", sería otro modo imprudente de proceder.
Por eso, al hablar y al escribir, se exige la prudencia. La prudencia de quienes ocupan hoy posiciones políticas subalternas, porque sería conveniente que entiendan que su tiempo ya pasó; la prudencia de quienes tienen cámara y micrófono disponibles, porque su afán de protagonismo no se condice con el contenido supuestamente altruista de sus declaraciones; la prudencia de quienes tienen poderes efectivos, para no provocar molestias innecesarias en aliados menos empoderados; en fin, la prudencia de quienes juzgamos los acontecimientos desde una cierta distancia, para reconocer que se nos escapan datos y matices. ¿Quiere el lector que precise más? No, sería una imprudencia.
Lo que en conciencia se considera que hay que decir, ciertamente no se puede callar. Pero ¿a quién se le debe decir? La respuesta fácil es "al público, porque la polis es de todos". La respuesta correcta es "a quien puede encontrar la solución, porque a la polis hay que servirla". La diferencia es grande, y en la primera opción no hay más democracia, sino menos eficacia. Desde antiguo se la llama demagogia.