Miércoles, 24 de Junio de 2026

El mito del caos global

Costa RicaLa Nación, Costa Rica 24 de junio de 2026

Opinión: El tumulto internacional actual, aparentemente incesante, no es tan incomprensible como parece. Lo que los expertos describen simplistamente como caos es la culminación de acontecimientos que se gestaron durante mucho tiempo y que llegaron en un momento en que el sistema internacional ya no era capaz de prevenir ni mitigar las conmociones geopolíticas.

La diplomacia desordenada entre la administración del presidente estadounidense Donald Trump e Irán ofrece más evidencia de que los asuntos mundiales se han vuelto ininteligibles. Pero si uno da un paso atrás, verá que todos los grandes conflictos actuales forman parte de un mismo patrón y que, pese a la aparente entropía, está en juego una poderosa lógica de adaptación y resiliencia.

Los cuatro principales focos de tensión actuales se derivan de procesos históricos que los hacían en gran medida previsibles. La ferocidad de la invasión de Rusia a Ucrania pudo haber conmocionado al mundo, pero la guerra en sí se desprende de resentimientos e inseguridades bien conocidos en el Kremlin. El presidente Vladímir Putin llevaba mucho tiempo dejando claro que detestaba la idea de la independencia de Ucrania o su alineamiento estratégico con Occidente. Como advirtió en la década de 1990 el exasesor de Seguridad Nacional de Estados Unidos Zbigniew Brzezinski: "Sin Ucrania, Rusia deja de ser un imperio".

La implicación era que, con Ucrania nuevamente bajo su control, Rusia volvería a ser grande. Todo lo que ha sucedido se deriva de ese anhelo histórico. No hay necesidad de recurrir a la teoría del caos ni al psicoanálisis. La guerra es simplemente el resultado de la determinación rusa de no aceptar su condición de potencia posimperial.

Un segundo foco de tensión, Taiwán, encierra el potencial de una devastación global. Pero también aquí, lo que está en juego no ha cambiado de forma fundamental desde la Guerra de Corea. Fue entonces cuando Estados Unidos incorporó tanto a Taiwán como a Corea del Sur dentro de su perímetro de seguridad. El propio Mao dudó en involucrarse, precisamente porque temía que una guerra en la península lo desviara de la conquista de Taiwán que estaba planificando. Pero ya era demasiado tarde. La Guerra de Corea, prolongada por la intervención de la Séptima Flota estadounidense, congeló la situación.

Tres cuartos de siglo después, el mundo sigue lidiando con la ambigüedad estratégica entre Estados Unidos y China respecto a Taiwán. China quiere que Estados Unidos declare formalmente su oposición a la independencia de la isla, mientras que Estados Unidos no especifica qué haría para defenderla. Es cierto que esta ambigüedad podría no durar. Trump bien podría renunciar a cualquier compromiso estadounidense de apoyar a Taiwán, o China podría finalmente decidir bloquear la isla y forzar la reacción de Estados Unidos.

Pero aún no hemos llegado a ese punto e, incluso si así fuera, la turbulencia resultante no sería incomprensible para quienes han estado atentos. Esto no niega el peligro de tal evolución, sino que subraya su racionalidad. En un célebre artículo publicado a fines de la década de 1990, el historiador y estratega Michael Mandelbaum sostuvo que una guerra entre grandes potencias probablemente se estaba volviendo obsoleta. Pero reconoció dos casos que podían debilitar su argumento: Ucrania y Taiwán.

Lo mismo ocurre en Medio Oriente, donde tanto el conflicto israelí-palestino como la guerra entre Estados Unidos/Israel e Irán han tenido graves consecuencias. Lo más llamativo, una vez más, no es su irracionalidad, sino su persistencia. Desde hace tiempo resulta evidente que solo un compromiso —intercambiar parte del territorio por la perspectiva de una paz duradera— puede resolver la disputa sobre la Tierra Santa. Sin embargo, nos hemos alejado más que nunca de ese resultado. El conflicto se ha vuelto más violento y terrible; pero eso no lo hace irracional ni ininteligible.

Como en los ejemplos anteriores, la guerra con Irán tiene sus raíces en acontecimientos ocurridos hace décadas, en particular la revolución de 1979. La República Islámica se estableció en abierta oposición a Occidente, que también tiene su parte de responsabilidad en la evolución de los hechos. Los contornos básicos del conflicto no han cambiado: Irán busca afirmar su hegemonía en la región a expensas de Israel, Estados Unidos y los Estados del Golfo, que a su vez intentan limitar su influencia.

Así ha sido durante décadas, tiempo en el cual la República Islámica comenzó a desarrollar un programa nuclear. La administración de Barack Obama abordó ese problema mediante el Plan de Acción Integral Conjunto de 2015, que permitió a los inspectores nucleares internacionales acceder a instalaciones iraníes sin resolver el problema más amplio de seguridad regional. Pero Trump desmanteló el acuerdo en 2018.

Todos estos casos muestran que lo que los comentaristas describen perezosamente como "caos" es en realidad la culminación de procesos que llevaban mucho tiempo gestándose y que alcanzaron un punto crítico cuando el sistema internacional ya no era capaz de prevenir o mitigar los shocks geopolíticos. Ya no contamos con los estabilizadores institucionales de antes, y Trump carga con buena parte de la responsabilidad por ello.

Pero la situación actual también refleja una transición hegemónica más amplia: la redistribución del poder desde Estados Unidos hacia China. La respuesta estadounidense a este cambio ha sido estratégicamente incoherente. Trump parece buscar un modus vivendi con China, incluso uno que podría llevarlo a abandonar a Taiwán. Pero un presidente tan volátil e influenciable como Trump también podría girar en la dirección opuesta y respaldar a Taiwán de una manera que provocaría a China.

China, por su parte, mantiene su propia ambigüedad estratégica. Quiere desempeñar un papel internacional mayor, acorde con su poder, pero no desea asumir el arduo trabajo de construir alianzas internacionales. El resultado es un vacío que vuelve inestables las relaciones internacionales. Incluso cuando China se toma libertades con las normas internacionales, rara vez lo hace de forma flagrante, salvo en el Mar de China Meridional.

Sin el apoyo chino, Rusia no podría continuar su fallida guerra en Ucrania. Pero eso no significa que respaldar a Putin sea irracional. China apoya a Rusia como un medio para debilitar a Occidente, y la misma lógica se aplica a su relación con Irán.

Ante tantos conflictos y perturbaciones de alto riesgo, no sorprende que muchos declaren muerto al sistema internacional. Pero la realidad es más matizada. A pesar de la incertidumbre provocada, por ejemplo, por los aranceles de importación de Trump, el comercio mundial sigue creciendo y las cadenas de suministro y de valor simplemente se están reconfigurando, no colapsando.

Si el mundo parece enloquecido, es porque no contamos con los instrumentos para entenderlo. Antes de buscar caminos inexplorados, deberíamos centrarnos en devolver la inteligibilidad a los asuntos internacionales.

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Zaki Laïdi, exasesor especial del Alto Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad (2020-24), es profesor en Sciences Po y coautor (junto con Yves Tiberghien) de The Hedgers: How the Global South Navigates the Sino-American Competition (Cambridge University Press, 2026).

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