Sábado, 27 de Junio de 2026

La soledad sin poder

UruguayEl País, Uruguay 26 de junio de 2026

El argumento en contra más pueril es el de que mandar esas tanquetas a determinados barrios es "criminalizarlos", "porque en Carrasco también viven narcotraficantes".

En ocasiones, el expresidente Luis Lacalle Pou se ha referido a uno de los momentos más dramáticos de su gestión: cuando a escasos días de haber asumido y por causa de la pandemia, debió decidir si aislaría a la población en una cuarentena obligatoria. De ese trance surgió el concepto de libertad responsable, que fue polémico en su tiempo, pero terminó demostrando su éxito.

La anécdota ejemplifica lo que se conoce como "la soledad del poder": el aislamiento de quienes ocupan altos cargos y enfrentan la presión extrema de tomar decisiones trascendentes, que afectarán la vida de la gente para bien o para mal.

"No hay soledad comparable a la soledad del poder", señaló una vez Gabriel García Márquez. Y vaya si tenía autoridad para decirlo el autor de El otoño del patriarca, una novela que ha desarrollado este tema de manera magistral.

Desde la soledad del poder, Abraham Lincoln asumió la responsabilidad de una guerra civil que partió al medio su nación. Y Winston Churchill optó por embarcar a la suya en otra guerra terrible, que sin embargo sería determinante para que el totalitarismo nazi-fascista fuera derrotado en Occidente.

"La soledad del poder consiste en saber que este es siempre el último teléfono que suena", ha declarado el exmandatario español Felipe González. "Y que yo tengo que decidir. No puedo trasladar la decisión a una instancia superior".

Salvando las distancias, en nuestro país, el presidente Orsi ha tomado una decisión contradictoria con la voluntad de su partido, expresada tanto en el programa con que ganó la elección, como en el plan de seguridad recientemente divulgado por el Ministerio del Interior.

A partir del anuncio de que se echará mano a vehículos de guerra para custodiar los barrios de mayor criminalidad, puso un gato arriba de la mesa del FA.

En comparación con la demanda de seguridad de miles de ciudadanos, la medida aún es tibia, pero tiene al menos la pertinencia de reconocer la realidad y comenzar a enfrentarla.

Lo que ponen de manifiesto las derivaciones que ha tenido, es la discusión que genera en la interna del gobierno. No sorprende el coro de politólogos afines a la izquierda que entrevista siempre Tevé Ciudad, escandalizados por la medida.

El argumento en contra más pueril es el de que mandar esas tanquetas a determinados barrios es "criminalizarlos", "porque en Carrasco también viven narcotraficantes". Nadie duda de que puede haber poderosos narcos viviendo en zonas residenciales y que como tales, merecen todo el peso de la ley. Pero el prejuicio de que no se debe estigmatizar a determinar zonas es claramente pocitense: estaría bueno que tan agudos analistas escucharan a los miles de habitantes de barrios humildes que regresan a sus casas atemorizados, por las constantes balaceras en esa tierra de nadie.

Otro argumento con el que le pegan al presidente es que el uso de personal y equipamiento del ejército retrotrae a la dictadura. Un prejuicio anacrónico. Pasaron cincuenta años de esa época infame y nadie debería seguir culpando a la institución militar por el comportamiento de quienes hoy están retirados, presos o fallecidos.

Y el otro es que "no hay evidencia internacional" de que una mayor represión del delito conduzca a su contención. ¿Entonces qué creen que hay que hacer para proteger a la gente? ¿Molestar lo menos posible a los delincuentes que los echan de sus casas y matan a sus familiares? Qué estupidez.

Pero estos lloriqueos intelectualoides no son tan graves como lo que está aconteciendo -de nuevo- en el propio gobierno. Otra vez el ministro Juan Castillo explicita su desacuerdo con el presidente. Lo mismo pasó con aquella visita al portaaviones de EE.UU., como también con la negativa del MEF a decretar voluntarismos comunistas como el impuesto a los ricos y el preanuncio de despidos.

¿Castillo tiene claro que los ministros están subordinados al titular del Poder Ejecutivo? ¿No es consciente de que está dejando mal parado a su superior? ¿O acaso lo hace a propósito, para dar el empujón final a quien ya está al borde del abismo?

¿Orsi está obligado a responder las críticas de uno de sus secretarios, como si fueran amigos en una mesa de boliche, o debería separarlo del cargo y designar a otro que acate sus decisiones en lugar de cuestionarlas públicamente? ¿La Mesa Política lo dejaría hacerlo?

La soledad del poder es dramática, sin duda. Pero la soledad sin poder real, a esta altura es trágica.
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