De aquellos tiempos
¿Fueron hechos inevitables la disolución del Parlamento y la quiebra del Estado de Derecho?
Cincuenta y tres años del golpe de Estado, nadie lo celebra, nadie lo olvida. Y sobre todo, nadie debe olvidar sus lecciones. Enterró el mito que nos hacía creer, con soberbia, que esas desgracias no eran para el Uruguay. El Presidente Jorge Pacheco Areco y los partidos tradicionales, afrontaron sin transar "la acción directa" de grupos armados, con secuestros y asesinatos, desencadenaron una guerra interna sin precedentes.
En las elecciones de 1971 se impuso el candidato de alternativa que designó la cúpula del reeleccionismo, Juan María Bordaberry. El 1º de marzo de 1972 y antes de un año, el 12 de febrero de 1973, en Boiso Lanza resignó el señorío civil sobre las Fuerzas Armadas. Lo que ocurrió 17 semanas después fue la culminación de la debacle.
¿Fueron hechos inevitables la disolución del Parlamento, el silenciamiento político y la quiebra del Estado de Derecho? ¿Los impuso acaso el determinismo economicista en que se entreveraban los "intelectuales" admiradores del castrismo cubano?
No ¡qué va! El golpe de Estado no fue una fatalidad ineluctable. Véase. A las 3 de la tarde del 8 de octubre de 1971, desde la residencia presidencial de Suárez, Glauco Segovia, Juan José Gari y Olga Clerici de Nardone comunicaron por radio que el comando pachequista, para el probable caso de que no triunfase la reforma constitucional reeleccionista, iba a postular la fórmula Bordaberry-Jorge Sapelli. Pues bien ¡habría bastado que la fórmula hubiera sido al revés para que la historia hubiera sido distinta!
Ese hecho -y unos cuantos anteriores- nos impartieron clases sobre la importancia de, antes de manejar nombres, establecer claramente desde qué sentimientos y desde qué ideas viven quienes hayan de ser ungidos gobernantes. Lástima grande que como ciudadanía, como democracia y como República, dejamos escapar semejante lección histórica. Y así estamos.
Desde que concluyeron las guerras civiles en 1904, somos un laboratorio político. Hemos vivido tiempos de grandeza y de encogimiento, de prosperidad y pobreza, de armonía cívica y de enfrentamientos hasta el odio.
Y sobre todo: hemos tenido tiempos en que se llegaba al poder con ideas honorablemente expuestas ante el electorado; y la acción del gobierno obedecía al pensamiento anunciado. En esos tiempos, no se encargaba la imagen a una agencia. Cada uno proclamaba sus principios. Y comprometía la vida a su servicio.
También hemos tenido tiempos en que ha crecido el descrédito de la política y de los políticos en conjunto. Así ocurrió antes del golpe de 1933, que ungió dictador a Gabriel Terra. Así sucedió en los pródromos del golpe de 1973.
De ello también dimana una conclusión conceptual: para que la libertad funcione, hace falta que respetemos no sólo sus reglas, sino también a sus protagonistas, por errados o torpes que nos parezcan. La libertad es un pacto no sólo social o institucional, sino también personal.
Esa también es una lección magistral de la historia. La aprendimos con silencios, cárcel, destierros, heridos, muertos y desaparecidos.
No tenemos derecho a desconocerla, tan luego cuando en el mundo se agitan toda suerte de brutalidades antidemocráticas que ponen en riesgo, a la vez, a las instituciones y a la persona como ideal y como prójimo.