Elogio al aburrimiento
Hemos confundido estar entretenidos con estar vivos
Hemos confundido estar entretenidos con estar vivos. La prueba es que apenas aparece el aburrimiento, nos apresuramos a expulsarlo. Sacamos el teléfono, buscamos una pantalla, llenamos cualquier silencio. Hemos llegado a considerar esa sensación como un problema que debe resolverse de inmediato.
Y, sin embargo, el aburrimiento cumple una función indispensable. Es el momento en que la mente deja de consumir y se ve obligada a producir. Cuando no hay estímulos externos que la ocupen, empieza a imaginar, recordar, asociar ideas, explorar posibilidades. La imaginación no surge cuando todo está dado; surge cuando falta algo.
Por eso resulta paradójico que una época obsesionada con la creatividad y la innovación haga todo lo posible por eliminar el aburrimiento. Al desterrarlo, también reducimos las oportunidades de que aparezcan pensamientos propios. Una mente permanentemente entretenida rara vez tiene ocasión de descubrir algo nuevo por sí misma.
Defender el aburrimiento no es celebrar la apatía. Es reconocer que cierta dosis de vacío es necesaria. Algunas de las mejores ideas, decisiones e intuiciones nacen precisamente en esos momentos que parecen no servir para nada. El aburrimiento no es tiempo perdido. Es el precio de entrada a la imaginación.