Martes, 30 de Junio de 2026

Álvaro Olavarrieta, un maestro de capilla contemporáneo

ChileEl Mercurio, Chile 30 de junio de 2026

Compositor, director, organista y formador de coros, ha dedicado su trabajo a recuperar la tradición de la música sacra desde una convicción poco frecuente: la música no solo produce emoción estética, sino que también transforma a las personas y fortalece la vida comunitaria.

La Parroquia Santa Teresa de Los Andes de Lo Barnechea fue recientemente escenario de una experiencia musical muy poco habitual en Chile. Con motivo de la festividad de Corpus Christi, coros provenientes de distintas parroquias, junto al Coro Simphonie, ofrecieron un concierto que transformó el espacio del templo en una verdadera arquitectura sonora. Distribuidos alrededor del altar, en los costados y en las alturas de la iglesia, los cantantes envolvieron al público en una estimulante experiencia inmersiva.
La propuesta estuvo concebida y dirigida por el compositor chileno Álvaro Olavarrieta, una figura singular dentro del panorama musical nacional. En un contexto donde la música litúrgica suele desenvolverse en registros funcionales pobres y de escaso nivel artístico, su trabajo busca recuperar la riqueza de la gran tradición sacra occidental mediante nuevas composiciones destinadas a la vida de las comunidades cristianas.
La trayectoria de Álvaro Olavarrieta dista mucho de los itinerarios académicos habituales. Su formación comenzó con estudios de piano durante la infancia, a los que sumó el órgano de tubos. Siendo aún estudiante, tuvo la oportunidad de reemplazar ocasionalmente al organista Luis González en las transmisiones televisivas de la misa dominical de Canal 13, experiencia que marcaría sus primeros acercamientos a la composición litúrgica. Su siguiente paso fue el estudio del violín, instrumento que eligió impulsado por un antiguo sueño: convertirse en director de orquesta. Esa decisión lo condujo al encuentro con el maestro peruano David del Pino, figura fundamental en su formación.
Hoy compositor, director, organista y formador de coros, Olavarrieta ha desarrollado una labor única en el panorama chileno, construyendo puentes entre la creación contemporánea y una tradición musical que se remonta a siglos de historia. Su lenguaje musical integra influencias muy diversas. "Nunca me he sentido obligado a permanecer dentro de un estilo determinado", dice. Le gusta pensar en lo que hace como una suerte de "maestro de capilla" contemporáneo.
-¿Cómo nació su decisión de dedicar su vida a la composición de música sacra?
"Para mí, la música siempre ha sido una forma de acercarme a algo que está más allá de lo cotidiano. Cuando uno escribe para textos o acontecimientos tan trascendentes como los que aborda la música sacra, intenta encontrar sonidos que hagan justicia a realidades que superan nuestra experiencia inmediata. Componer es partir desde el vacío, sin garantías, pero con una certeza íntima de que algo aparecerá. Hay algo de enamoramiento en ese proceso: una necesidad de perseguir una intuición, de acercarse a una belleza que uno apenas alcanza a vislumbrar. En principio es una búsqueda egoísta, porque uno escribe para encontrar una respuesta para sí mismo. Pero después esa experiencia se transforma en algo que también puede servir a otros".
-Usted trabaja con textos de Tomás de Aquino, San Juan de la Cruz, Santa Teresa e Hildegard von Bingen. ¿Qué busca en esos autores y qué encuentra en ellos que dialoga con nuestro tiempo?
"Lo que encuentro en ellos es una experiencia radical del amor. Cuando uno lee a los grandes místicos, descubre una forma de hablar de Dios que está muy lejos de cualquier sentimentalismo. Hay una madurez espiritual extraordinaria y una entrega absoluta. Me impresionó mucho descubrir los escritos de los santos. Allí encontré declaraciones de amor de una intensidad enorme. Escriben desde una experiencia transformadora. Esa profundidad sigue siendo actual, porque responde a una necesidad humana permanente: la búsqueda de sentido y de plenitud. Se trata de adultos, personas extraordinariamente inteligentes, que hablan desde una experiencia real de Dios".
-Gran parte del repertorio eclesial cotidiano en Chile privilegia la funcionalidad por sobre la expresión artística. ¿Comparte ese diagnóstico?
"Sí. Muchas veces la música litúrgica ha terminado reduciéndose a fórmulas extremadamente simples. La accesibilidad es importante, pero cuando la búsqueda de facilidad se vuelve el único criterio, se pierde una enorme riqueza artística y espiritual. La tradición musical de la Iglesia demuestra que la participación comunitaria y la excelencia artística no son incompatibles. Un templo necesita un sonido que exceda lo cotidiano y esto también lo necesitan las personas para acceder a lo sublime".
-Usted ha dicho que el canto coral forma no solo músicos, sino también ciudadanos. ¿Por qué?
"Porque cantar en coro obliga a desarrollar virtudes que son fundamentales para la vida en sociedad. La música coral desarrolla escucha, paciencia, tolerancia y cooperación. Pero hay algo más. Cuando escuchas música, puedes emocionarte; cuando cantas, te transformas. La experiencia es completamente distinta porque compromete a la persona entera. Por eso me gusta decir que las sesiones de canto grupal son un gimnasio de mejores ciudadanos. Allí se ejercitan la paciencia, la escucha, la tolerancia y la búsqueda compartida de la belleza. Son cualidades que después se trasladan naturalmente a la vida comunitaria".
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