Tragedia propia
Pero por la voz de Piñera no habló la derecha chilena: ella aún no se ha atrevido a reconocer ese pasado como suyo.
Fui invitado a comentar el número especial de la revista Punto y Coma con ocasión de los veinte años del Instituto de Estudios de la Sociedad, institución que admiro por su compromiso con la renovación intelectual del noble mundo conservador. Acepté honrado, aun sin saber qué podría aportar. Como es sabido, no formo parte del mismo tronco. Pero venía de leer Magnifica humanitas , donde León XIV formula una sentencia perentoria: "cada generación recibe como herencia la tarea de dar forma a su propio tiempo". La mía, que recién se asomaba a la edad adulta en 1973, no la eligió: el Golpe se la impuso. Fue la motivación de lo que se llamó la renovación socialista. Sin medir del todo las consecuencias, me atreví a hacer un paralelo entre esta experiencia y la renovación conservadora que inspira a la generación del IES.
Para nosotros el 11 de septiembre de 1973 no cayó solo un gobierno: cayó el sistema de ideas que daba forma a nuestro tiempo. La historia dejó de tener un sentido predeterminado. Las armas eran más poderosas que el lenguaje. El trauma nos otorgó libertad para cuestionarlo todo, sin pudor: el reduccionismo economicista del marxismo, la democracia como mero instrumento de la lucha de clases, y -aprendiendo de las iglesias que nos protegieron sin exigirnos nada- el relativismo frente a la defensa de los derechos humanos. Bajo los escombros, se abría un nuevo mundo, y queríamos entenderlo antes que rendirnos a la nostalgia por el que murió.
El IES ha hecho algo análogo, desde el otro lado de la frontera ideológica. Su proyecto ha sido arrebatar a la derecha chilena de las garras del reduccionismo economicista encarnado en los Chicago Boys. Jaime Guzmán -se cuenta- lo vio como una alianza instrumental, que revolucionó el Estado, las políticas públicas y la cultura empresarial chilena. Parece haber llegado la hora de recuperar sin complejos un enfoque que tenga palabras propias para hablar del arraigo, la comunidad, la familia y las múltiples instituciones que median entre el individuo, el mercado y el Estado. Y para blindarse, de paso, frente a otra tentación de origen estadounidense: el trumpismo, con su política basada en la provocación, el insulto y el espectáculo, que amenaza con tomarse a la derecha latinoamericana vaciándola de contenido propio.
La renovación de mi generación nació de una tragedia que tuvimos que mirar de frente, en frío, sin las anestesias del heroísmo ni de la victimización: nuestra responsabilidad en el desenlace que destruyó la democracia. Sin este ejercicio doloroso y sin coartadas, la renovación habría sido una impostura.
Daniel Mansuy, figura señera del IES, en su artículo en la revista aniversario evoca a Raymond Aron, quien afirmaba que la política tiene siempre una dimensión de tragedia. Ya conté cuál fue la tragedia de mi generación; de dónde nacieron los fantasmas que -bien o mal- hemos tratado de conjurar a través de la reflexión intelectual y la práctica política. ¿Cuál es la tragedia del IES, y de la generación que convoca?
Sebastián Piñera habló de la "complicidad pasiva" de la derecha frente a las violaciones a los derechos humanos. No un error, no un exceso, no un costo inevitable: la maldad, como la llama Karl Ove Knausgård en el cierre de Mi lucha. Pero por la voz de Piñera no habló la derecha chilena: ella aún no se ha atrevido a reconocer ese pasado como suyo. Y mientras no lo haga, mientras no asuma su propia tragedia, la renovación conservadora no tendrá la autoridad para "dar forma a su propio tiempo".