Hacerse el distraído
El problema no es que un gobierno del Frente Amplio muestre ciertas dosis de realismo económico para gobernar. El problema es la falta de honestidad que esto implica.
Hubo un momento, en la conferencia de prensa donde Gabriel Oddone presentó el proyecto de Ley de Competitividad y Reducción del Costo de Vida, en que las dos almas del gobierno quedaron expuestas en la misma sala. El ministro acababa de describir su buque insignia, una reforma orientada a bajar costos, agilizar trámites y mejorar la productividad, cuando le preguntaron por el reclamo del PIT-CNT de gravar al 1 por ciento más rico. La respuesta fue terminante. No estaba dispuesto a reconsiderarlo, dijo, esa discusión no era para este período de gobierno. En una sola mesa convivieron dos diagnósticos económicos incompatibles. El del ministro, que cree que el problema es de oferta. El de la central sindical y buena parte de su propio partido, que insisten en que el problema es de reparto.
La escena obliga a una pregunta que el Frente Amplio prefiere no formular en voz alta. ¿Cuál de las dos posturas representa el alma del partido? Durante cinco años de oposición y a lo largo de toda la campaña, el Frente Amplio le dijo al país que el problema de Uruguay era distributivo. Acusó al gobierno de Lacalle Pou de gobernar para los ricos, de un modelo de concentración, de una recuperación que dejaba a los de abajo afuera. Esa fue la música de fondo del relato que lo devolvió al poder. Y sin embargo, el hombre que hoy maneja la economía construyó su proyecto más importante sobre la premisa exactamente contraria.
El problema de Uruguay, dice Oddone con sus actos, es de crecimiento, de competitividad, de productividad.
Cuidado, que acá no estamos criticando el proyecto. Se trata de una propuesta sin dudas con un espíritu por demás compartible. Apunta a obstáculos reales, a la maraña regulatoria que encarece la canasta de consumo, a una burocracia que castiga a quien quiere invertir, a quien quiere crear riqueza. Es un tema postergado, que viene creciendo en la agenda pública de todo el mundo, y es una buena noticia que por fin estemos hablando de esto. Porque el diagnóstico de Oddone no es una preferencia ideológica, es la descripción de una restricción. La competitividad de una economía pequeña y abierta no es una decisión política del Congreso del FA. Los países que generan prosperidad, buenos salarios y reducen la pobreza lo hacen mejorando su competitividad. Formando su capital humano, facilitando la inversión en capital físico, promoviendo la creación de empresas y bajando costos e ineficiencias. Es economía básica para cualquiera sin un balde en la cabeza, la misma que el Frente Amplio combatió durante años cuando la enunciaba la derecha. El cuadro técnico que hoy conduce el Ministerio de Economía gobierna con ese saber. Pero milita en un partido cuya identidad se construyó negándolo.
Con toda la modestia y los límites que tiene el proyecto, del cual no hay que esperar grandes impactos, sin duda va en la línea correcta. La línea contraria a la que se repite cada vez que se abre la puerta de un comité de base. Y ahí entramos en un campo interesante. ¿Por qué el Frente Amplio elige un ministro así? ¿Por qué una persona como Oddone milita en un partido que promueve un sentido común económico que él sabe que lisa y llanamente está equivocado?
Quizás la postura del FA frente a la reforma previsional durante el gobierno de Lacalle Pou, y su postura actual, que acepta el corazón de todas las reformas allí implementadas, sea la muestra más clara. Pose de izquierda y discurso distributivista deshonesto en la oposición y en la campaña; ajustes insignificantes y reafirmación del sistema una vez en el gobierno. Lo que se combatió en el llano se administra en el poder, y nadie explica por qué.
El problema, entonces, no es que un gobierno de izquierda muestre ciertas dosis de realismo económico para gobernar. El problema es la falta de honestidad que esto implica.
La discusión pública avanzaría muchísimo si los dirigentes del FA le dijeran de frente a la ciudadanía todo lo que Oddone sabe que es bueno para el país. Pasaríamos a discutir por el nivel exacto de impuestos que preferimos o por preferencias sociales; pero dejaríamos discusiones inútiles y deshonestas. Pedirle el voto a la gente con un diagnóstico y gobernarla con el contrario es una forma silenciosa de defraudar esa confianza.
La madurez de un sistema político no se mide por su capacidad de cambiar de opinión, que es legítima, sino por su coraje para nombrar en voz alta las restricciones que comparte. Oddone las conoce mejor que nadie. Falta que su partido se anime a decirlas.