El reino inestable
El Reino Unido tiene problemas, pero no es el desastre que algunos quieren ver.
Cuando asuma Keiko, será la novena persona en ocupar la presidencia del Perú en 10 años. Un récord internacional, sí, pero hay un país que casi lo alcanza. !El Reino Unido¡ Cuando el reemplazante del recién renunciado Keith Starmer llegue al poder, será el séptimo primer ministro desde 2016.
Esta curiosa inestabilidad tiene su origen en el plebiscito de 2016, en que un 51,89 por cierto de los británicos optó por salir de la Unión Europea. Aducían exceso de inmigración y de regulaciones. Pero en estos 10 años la inmigración ha aumentado y las regulaciones se han multiplicado. Un ejemplo: el código tributario ya alcanza 22.000 páginas. A sus 10 años, el Brexit ha sido un desastre que le ha costado al RU el 8 por ciento del PIB.
Claro que un optimista podría decir que la renuncia de Starmer demuestra que la clase política en el RU es, con todo, muy noble. Podría comparar a Starmer con Sánchez, en España. No hay escándalo que le quite a Sánchez la risa burlona con que se mofa de cualquier crítica. El optimista podría agregar que Starmer no ha hecho nada malo. El problema es que tampoco ha hecho mucho que sea bueno. Tras ganar hace dos años con una mayoría inmensa, ha cultivado la indefinición, tratando de complacer a medio mundo. Por algunos años hasta se negó a explicar cuáles eran, en su opinión, los principales atributos íntimos de una mujer, por temor a ofender a las trans.
Un problema para Starmer ha sido que, con las redes sociales siempre encima, es hoy muy complicado gobernar un país. Cualquier país. Pero es especialmente complicado aferrarse a la indefinición en un RU estancado. Esa indefinición, que por cierto no tiene nada que ver con la siempre bienvenida moderación, les ha dado una oportunidad a los extremistas: en la extrema izquierda al partido Verde de Zack Polanski, y en la extrema derecha, a los partidos Reform, de Nigel Farage, y Restore, de Rupert Lowe.
La influencia de Farage y Lowe ha sido nefasta. Secundados por el activista neonazi Tommy Robinson, y financiados por Elon Musk, fomentan el odio racista. Musk en su X llama a que los británicos protesten, sabiendo que las protestas van a ser lideradas por violentistas; y los insta a detestar el islam, ese chivo expiatorio con que la extrema derecha ha reemplazado al antisemitismo, no porque ahora amen a los judíos, sino porque, en el afán que tienen de odiar a algún "otro", el islam es, por ahora, un blanco menos controvertido.
En todo esto, ¿cómo es Andy Burnham, el exitoso exalcalde de Manchester que pronto asumiría como primer ministro? Vestido de camiseta negra, luce un duro acento nortino que subraya su imagen popular y provinciana. Es muy feminista, pero a la vez muy macho. Al fin un líder varonil, me dice Sarita, mi mujer: ella lo compara con Starmer, a quien encuentra blando y anodino.
El lunes volvió Burnham a Manchester. De camiseta negra, pronunció un discurso alentador. Mucho entusiasmo por el crecimiento, siempre que sea "bueno", que llegue a todas las regiones. Mucho regionalismo, entonces, razonable en un país tan centralizado: hasta prometió que habría en Manchester "un segundo Downing Street". Se mostró fiscalmente responsable. Se mostró preocupado de que haya más educación terciaria técnica. Se mostró resuelto a promover la tecnología. Resuelto también a que los británicos se unan. Algunos lugares comunes, sí, pero enunciados, todos, con mucha energía.
Cabe ver si Burnham tiene el carácter para enfrentarse a los extremistas de izquierda de su partido, y que gobierne, entonces, con moderación. Lo sabemos en Chile: hay que tener carácter para ser moderado. Ojalá lo tenga, y le vaya bien. Felizmente hay señales de que los partidos extremistas están de baja, y se están recuperando los conservadores. El RU tiene problemas, pero no es el desastre que algunos quieren ver. Tal vez esté en un punto de inflexión. Como el que, esperemos, se estaría dando en Chile.