El Comercio, Perú
2 de julio de 2026
Tendemos a creer que innovar es lanzar un nuevo producto
Tendemos a creer que innovar es lanzar un nuevo producto. En realidad, innovar también es resolver problemas de siempre de formas completamente distintas. ¿Cómo lograr que un teléfono móvil advierta sobre un terremoto antes de que la tierra empiece a sacudirse y convierta unos pocos segundos en la diferencia entre la vida y la muerte?Hace unos días, Venezuela nos recordó que la innovación también puede salvar vidas. Dos terremotos, de magnitudes 7,2 y 7,5, sacudieron al país con apenas 39 segundos de diferencia. En ausencia de un sistema nacional de alerta sísmica, millones de teléfonos Android emitieron una advertencia antes de la sacudida más intensa. No fue una agencia estatal, sino una red distribuida de millones de celulares que, gracias a sus sensores, detectó las primeras ondas del sismo y envió una alerta en cuestión de segundos.La escena deja una enseñanza que trasciende la ingeniería. La resiliencia social del siglo XXI ya no depende únicamente de carreteras, hospitales o sismógrafos. También depende de la capacidad de una sociedad para construir soluciones digitales colaborativas que permitan responder mejor a los problemas públicos. Eso es, precisamente, lo que se conoce como civic tech: la tecnología creada para fortalecer la acción ciudadana. Y, junto al civic tech, también están los hackers cívicos, que son ciudadanos que ponen sus conocimientos al servicio de los demás: desarrollan plataformas, verifican información, elaboran mapas colaborativos, coordinan voluntarios, utilizan inteligencia artificial para organizar datos críticos y ayudan a combatir la desinformación cuando el caos amenaza con propagarse más rápido que el propio desastre.Cuando las redes tradicionales, como las carreteras, colapsan, la noción de conectividad cambia de sentido para enfocarse en otras infraestructuras críticas. Por ejemplo, soluciones satelitales como las que llegan vía Elon Musk y Starlink han demostrado, en diversas emergencias, que pueden mantener comunicadas a comunidades enteras cuando la infraestructura terrestre deja de funcionar. En esos momentos, Internet deja de ser un divertimento para convertirse en un insumo de protección civil. Dado que los peruanos vivimos sobre uno de los cinturones sísmicos más activos del planeta, además de realizar simulacros, deberíamos empezar a interiorizar conductas digitales de emergencia, promover comunidades de civic tech contra desastres y formar ciudadanos capaces de colaborar antes, durante y después de una crisis.La próxima gran emergencia no pondrá a prueba únicamente nuestras edificaciones. Pondrá a prueba nuestra capacidad para colaborar. Y esta reflexión no solo aplica a un potencial terremoto cercano. El anunciado Fenómeno de El Niño 2026 vuelve a recordarnos que los desastres naturales seguirán llegando y que la diferencia entre la vida y la muerte gravitará en decidir si continuamos reaccionando como espectadores o si decidimos innovar como ciudadanos. Porque la mejor tecnología nunca será la más sofisticada, sino la que encuentre nuevas respuestas para proteger la convivencia social, incluida la propia sobrevivencia.