Domingo, 05 de Julio de 2026

El Excel y la máquina de vapor

PerúEl Comercio, Perú 4 de julio de 2026

Durante años, muchos empezamos haciendo el Excel: la tarea tediosa donde, sin saberlo, aprendíamos el oficio

Durante años, muchos empezamos haciendo el Excel: la tarea tediosa donde, sin saberlo, aprendíamos el oficio. Hoy la inteligencia artificial empieza a hacerlo. No es la primera vez que una máquina vuelve prescindible una habilidad: antes fue por los brazos; ahora, por la cabeza.La revolución industrial no fue solo una historia de máquinas de vapor, fábricas y chimeneas. Fue también la historia de millones de personas obligadas a encontrar otro lugar cuando una nueva forma de producir cambió las reglas del trabajo. Antes de que las fábricas llenaran las ciudades de humo, el campo ya producía más con menos gente. La productividad subió, pero quienes dejaron de ser necesarios no desaparecieron: se movieron. Entraron a fábricas y aprendieron oficios que sus padres no conocían. Fue dura, desigual y muchas veces cruel.Las ciudades no estaban listas para recibirlos. El progreso llegó con fábricas, pero también con hacinamiento, explotación infantil y enfermedades. Dickens no inventó ese mundo: retrató lo que ocurre cuando una sociedad cambia más rápido que su capacidad de cuidar a quienes quedan atrapados en la transición.Con el tiempo, esa misma revolución creó nuevos empleos, bienes más baratos, educación masiva y prosperidad moderna. Pero el ?con el tiempo? es la parte incómoda. Durante décadas, la productividad avanzó más rápido que los salarios, las ciudades y las instituciones. El progreso llegó, sí, pero muchas vidas quedaron atrapadas en el intervalo.Hoy la revolución que traerán la inteligencia artificial y la robótica vuelve a poner esa lección sobre la mesa. No se trata solo de empleos que desaparecen o aparecen. Se trata de productividad, habilidades y velocidad. Antes la máquina multiplicó la fuerza física. Ahora empieza a multiplicar capacidades cognitivas: escribir, analizar, diseñar, programar, diagnosticar, decidir. Y cuando la productividad cambia de manos tan rápido, los beneficios rara vez se reparten solos.En el Perú, esta discusión debería incomodarnos. No tenemos exactamente el mejor historial convirtiendo conocimiento en productividad. La papa, por ejemplo, nació en los Andes y el Centro Internacional de la Papa está aquí. Pocas cosas nos pertenecen tanto. Y, sin embargo, según Faostat, nuestro rendimiento promedio es de unas 17 toneladas por hectárea; en Holanda, cerca de 45. Casi el triple. Ese dato no habla solo de papas, habla de una brecha productiva: cuando el trabajo rinde menos, también crecen menos los ingresos, las oportunidades y la capacidad de cerrar distancias entre peruanos.Las recientes elecciones lo evidenciaron: el crecimiento no alcanza si millones sienten que nunca llegó a su casa. Y si esta revolución llega sobre las mismas brechas de siempre, las agranda. Ese es el riesgo peruano: recibir el golpe de esta revolución sin haber recibido los beneficios de la anterior. No industrializamos lo suficiente, no formalizamos lo suficiente, no educamos parejo, no elevamos productividad donde más falta hacía.La revolución del vapor la entendimos cuando ya había pasado. Esta no nos va a dar ese lujo.

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