Cuidar rinocerontes y controlar plagas: la otra apuesta de la energía nuclear
Utilizando dosis precisas de radiación se puede prevenir el tráfico de cuernos, además de resguardar cultivos y combatir la transmisión de enfermedades como dengue o malaria.
Aunque el Organismo Internacional de Energía Atómica (IAEA, por sus siglas en inglés) suele asociarse con la seguridad nuclear y el uso pacífico de esta tecnología, una parte importante de su trabajo se desarrolla lejos de reactores y acuerdos internacionales. En la localidad de Seibersdorf, a unos 50 kilómetros de Viena y donde la organización tiene ocho de sus laboratorios, la actividad transcurre entre bandejas con larvas y miles de moscas que vuelan dentro de recipientes plásticos.
Mediante un trabajo conjunto con la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), en este centro la IAEA desarrolla una tecnología que usa radiación para esterilizar insectos y reducir así la población de algunas de las plagas más dañinas para la agricultura y la salud humana, buscando ir más allá del uso masivo de pesticidas.
A través de la Técnica del Insecto Estéril, en los laboratorios se crían millones de insectos (como la mosca mediterránea de la fruta y la tsetsé, además de mosquitos transmisores de dengue, zika y malaria) y luego se esteriliza únicamente a los machos, usando una dosis muy exacta de radiación. Esta daña el material genético de sus células reproductivas, dejándolos incapaces de producir descendencia, pero sin afectar su capacidad para volar. Al ser una dosis cuidadosamente calibrada, tampoco los vuelve radiactivos, lo que después permite volver a liberarlos a la naturaleza.
"Es básicamente un control de natalidad para insectos", explica Rui Cardoso, jefe de la sección de Control de Plagas de Insectos. Y es que los machos esterilizados compiten con los silvestres por aparearse con las hembras, pero al no producir descendencia, hacen que la población disminuya progresivamente, de generación en generación.
"A diferencia de los pesticidas, la técnica es específica para cada especie", agrega Polychronis Rempoulakis, otro de los investigadores líderes del laboratorio, quien señala que esto significa que solo afecta al insecto que se busca controlar, dejando sin riesgos a los polinizadores y otras especies beneficiosas.
Además, evita residuos químicos en la tierra y el agua, y reduce el riesgo de que las plagas desarrollen resistencia a los insecticidas.
Irradiar a los insectos es solo una parte del trabajo. En los laboratorios de la IAEA también se diseñan herramientas de inteligencia artificial para separar machos y hembras, se hacen impresiones 3D para fabricar prototipos de equipos y se prueban drones que luego sirven para liberar insectos en terreno. Ya se han soltado en países como Panamá, Guatemala, Tanzania, Etiopía y Estados Unidos.
"Los traemos del campo, los reproducimos por millones o incluso miles de millones y los soltamos", indica Cardoso. La magnitud del proceso llama la atención: para luchar contra la mosca de la fruta -insecto que daña frutas y hortalizas, pudiendo causar pérdidas millonarias- en localidades de Centroamérica, la meta es producir 2.500 millones de moscas estériles cada semana, por ejemplo.
La IAEA además capacita a científicos de todo el mundo y apoya a quienes buscan implementar este tipo de programas. "Cualquier país que quiera iniciar un proyecto puede acudir a nosotros", dice Rempoulakis. Las cepas (líneas genéticas) de insectos que han ido desarrollando a través de su trabajo se comparten de manera gratuita con los interesados, destaca.
En Chile
Chile es parte de los países que han sacado provecho de esta tecnología, pudiendo declararse libre de la mosca de la fruta tras una campaña de erradicación en la que se usó la Técnica del Insecto Estéril: en 2020, la detección de focos al norte del país llevó a que con apoyo de la organización se liberaran moscas estériles y se impidiera que se estableciera una plaga, algo clave para poder exportar este alimento.
Hace solo unos días, la IAEA también dio a conocer que lanzó una iniciativa para enfrentar la aparición del gusano barrenador del ganado en países de América, entre ellos México y Estados Unidos. Se trata de una plaga cuyas larvas invaden heridas de animales, alimentándose de su tejido y generando pérdidas para la producción pecuaria.
A pesar de esta lucha diaria, en el centro de exhibición que la IAEA tiene antes de ingresar a sus laboratorios lo que se lee en una de sus paredes es que "los insectos son los pequeños ingenieros de nuestro mundo".
Y no es casualidad que el recorrido comience con ese mensaje: constantemente, los investigadores recuerdan que su objetivo no es eliminarlos indiscriminadamente, sino controlar especies que representan una amenaza para la agricultura, el ganado o la salud de las personas. De esta forma, mientras una parte del trabajo se concentra en plagas que afectan cultivos, otra busca reducir poblaciones de mosquitos como Aedes aegypti , responsable de transmitir dengue, zika y chikungunya, o especies del género Anopheles , que están vinculados a la malaria.
Identificar al traficante
Pero este no es todo el trabajo. Más allá del control de insectos, la IAEA también desarrolla iniciativas para proteger especies amenazadas. Entre los más llamativos está el Proyecto Rinoceronte, que se desarrolla junto a autoridades de Sudáfrica: la iniciativa consiste en inyectar pequeñas cantidades de material radiactivo -que son inocuas para los animales- en los cuernos de rinocerontes vivos.
Así, si estos son extraídos e intentan ser traficados, los sistemas de detección de radiación instalados en aeropuertos, puertos y pasos fronterizos, pueden identificarlos fácilmente.
"Es un buen ejemplo para desmitificar lo que entendemos por seguridad nuclear. Demuestra que estas capacidades también pueden utilizarse para combatir el tráfico ilegal de fauna", explica Elena Buglova, directora de la División de Seguridad Nuclear de la IAEA.