La escritora publicó una antología de sus crónicas y habla sobre el viaje al Sahara que confirmó su vocación, la curiosidad por los otros y el libro que prepara sobre su abuela Elina Berro.
En Instrucciones para las ruinas, la antología que reúne las crónicas de Ana Fornaro, conviven Chris Martin y el Hombre Araña uruguayo que recorre el Parque Rodó con una cámara en la mano. Junto a ellos, los viajes de infancia al Chuy para hacer bagayo y una expedición al Sahara Occidental que terminó marcando su vida.
Además hay empleadas domésticas de un barrio privado de Buenos Aires, un padre francés que lleva 15 años buscando justicia por el asesinato de su hija en Salta y una inmersión en el mundo voraz de Wall Street.
Pero también hay lugar para las visitas al veterinario con su gato, una larga adicción a los viajes en taxi y el placer de quedarse en la cama, donde el humor termina corriendo el velo de lo cotidiano.
Escrito a lo largo de más de una década, el libro publicado por Estuario funciona como un mapa del recorrido de Fornaro en el periodismo narrativo.
Escritora, periodista, directora de la revista Lento, doctora en Letras e hija del escritor uruguayo Milton Fornaro, la autora radicada en Buenos Aires desde 2012 reúne crónicas publicadas en Anfibia, Brecha, Lento y Página/12 que van de la investigación social al ensayo personal, el humor y la confesión.
"Es cerrar una etapa de mi vida como cronista, lo que no quiere decir que deje de escribir crónicas", comenta a El País. Dice que el libro retrata un recorrido en el que aprendió a mirar "todo el tiempo hacia afuera y hacia adentro", una búsqueda que atraviesa las historias reunidas en Instrucciones para las ruinas.
Las crónicas parecen muy distintas entre sí, pero sentí que todas nacen de una contradicción que intentás descifrar. ¿Estás de acuerdo?
No lo había pensado, pero puede ser, ahora que lo decís. Lo que me caracteriza es que, cuando estoy tratando de entender o de leer algo de mi entorno, empiezo a clasificarlo en mi cabeza, y lo hago de manera inconsciente. Ahí aparecen cosas que me llaman la atención, que muchas veces son contradictorias, y me quedo tratando de descifrarlas. Al final, lo que hay es un intento de entender el entorno y de entenderme a mí misma. En ese proceso aparecen la contradicción, la paradoja y el absurdo. Son elementos que vuelven una y otra vez en mi escritura.
En esas contradicciones también aparece una preocupación muy humana por entender al otro. ¿Eso está en el origen de tus crónicas?
Me da mucha curiosidad la persona. Me interesa mucho lo que le pasa al otro, pero no en el sentido de que yo sea buena. Son historias escritas muy desde la emoción, desde una sensibilidad con la que empatizo o en la que intento meterme. Me interesa tratar de entender, profundizar y encontrar matices. Las personas no somos una sola cosa; somos muchas personas al mismo tiempo. Por eso aparecen esas contradicciones. Ver esos matices y profundizar en eso es lo que más me interesa explorar en la escritura. Ni hablar cuando son personas de la vida real. Cuando hacés ficción, tratás de emular la complejidad humana al construir un personaje. Pero estas son personas que existen. Entonces, en el tiempo que pasé con ellas, traté de meterme en esas psicologías y situaciones para transmitirlas.
En el fondo, todos esos personajes terminan unidos por esa complejidad...
Sí, y a su vez sé que no soy una traductora neutro. Entonces, mucha de esa complejidad es mía también (se ríe).
La segunda parte del libro tiene mucho de tu vida. Instrucciones..., por lo tanto, se vuelve una fotografía más amplia que la de tu trabajo como periodista.
Sí, absolutamente. Me puse mucho. Mi coartada para hablar de mí fue hacerlo desde el humor porque me resultaba más fácil, o me daba menos vergüenza. La autoburla me permitía hablar de cosas que no necesariamente eran un chiste. Hay mucho de mi vida en el libro. Incluso las crónicas donde no aparezco como personaje, como "Zamba para un hombre solo" o "Las chicas de Nordelta", son experiencias que me marcaron profundamente. Cada una de esas historias fue, de alguna manera, un antes y un después. Todas tienen una marca de mi biografía.
En el epílogo de "Arena en los ojos" contás que el viaje al Sahara Occidental fue una confirmación. ¿Cómo lo ves en retrospectiva?
En ese viaje me pasó algo muy fuerte. Yo tenía 25 años, acababa de terminar una maestría y estaba cerrando un ciclo universitario de siete años. Había estudiado en Uruguay y en Francia, daba clases en la facultad y en escuelas, pero tenía el deseo de hacer periodismo de territorio: pasar tiempo con las personas, empaparme de la realidad. Rogério Ferrari era un referente para mí porque, además de fotógrafo, era antropólogo y había tenido una vida increíble. Yo lo conocía desde que tenía 21 años y representaba un poco lo que yo quería hacer. Cuando estaba con él viajando por el Sahara sentía que estaba donde tenía que estar y haciendo lo que tenía que hacer. Por primera vez en mi vida tuve una sensación que no es muy común: "Yo nací para esto", como cantaba Cerati. Era como si, de golpe, todo tuviera sentido. Obviamente esa sensación no duró para siempre, pero nunca antes me había pasado. Fue una revelación muy fuerte.
Con el tiempo, "Arena en los ojos" también terminó convirtiéndose en la historia de una amistad.
Sí, eso es hermoso. Por eso sentí la necesidad de escribir ese epílogo y contar el detrás de la nota. Tiene mucha carga emocional. Es contar un conflicto que nos queda lejos, no solo geográficamente, sino también emocionalmente, y que nosotros vivimos desde un lugar de mucha cercanía. Pero, además, es la historia de una amistad. Fue muy importante lo que nos pasó en ese viaje. Yo no tenía miedo; el que tenía miedo era Rogério porque era mucho más consciente del peligro. Yo no era consciente de nada. Después nuestra amistad continuó hasta su muerte. Cuando empezó con las quimios pensé: "Hay que escribir esto ya". No podía dejar que esa experiencia quedara sin contar. También hay algo de poner en valor experiencias que fueron muy fuertes, como "Zamba para un padre solo". Qué importante es hacer. En mi caso escribo, pero si fuera música haría una canción. Hay algo de materializar las cosas que están en el aire para que después existan. Terminan siendo una especie de prueba de vida.
Hace poco contaste que estás escribiendo un libro sobre tu abuela, Elina Berro, la creadora del personaje Mónica. ¿Cómo surgió?
Viene de hace años, pero de hace muchos años. Empecé cuando tenía 20 y ahora tengo 42 (se ríe). Primero hice una investigación que se publicó como un trabajo académico. Después circuló, me convocaron para escribir el prólogo de una reedición de dos de sus libros (Mónica x Mónica y Mónicas prontas de seguridad) y seguí investigando por mi cuenta. Entrevisté a las pocas personas que siguen vivas y que la conocieron, entre ellas a mi madre (Elina Carril). Todo se fue uniendo y terminó convirtiéndose en una carrera contra el tiempo, porque me di cuenta de que quería conocer a una abuela que nunca había conocido. No tenía demasiados elementos para hacerlo, más allá de lo que escribió, que no fue tanto porque murió joven. Entonces entendí que tenía que escribir un libro. Y en eso ando ahora.
También tenés un diario que era de tu abuela, ¿no?
Sí, también. Entonces, es como en las crónicas de Instrucciones para las ruinas: es ir para afuera y para adentro, porque escribir sobre mi abuela me hace escribir mucho sobre mi madre y sobre mí. La idea es contar a alguien que no conocí a través de las herramientas que tengo y tratar de descifrarla a partir de eso.