Competitividad: un asunto de soberanía
David Jiménez Mejía
Hoy se habla de competitividad con más urgencia, pero no es un tema nuevo
David Jiménez Mejía
Hoy se habla de competitividad con más urgencia, pero no es un tema nuevo. Cuando cursaba economía internacional en la Universidad de Antioquia, conocí la ventaja comparativa que David Ricardo formuló hace más de dos siglos: dos países, dos bienes - en el ejemplo de clase, vino y queso- y un hallazgo que sigue vigente: cuando cada uno se especializa en lo que produce comparativamente mejor, la frontera de posibilidades de producción de ambos se expande, y al final los dos terminan comprando más barato de lo que les costaría producir por su cuenta. Ese es, en el fondo, el origen de las ganancias del comercio. Desde entonces entendí que la competitividad es un principio económico con consecuencias reales sobre el bienestar de la gente. La competitividad de un país no se mide por el tamaño de su economía, sino por aquello en lo que resulta comparativamente mejor frente a los demás. La pregunta de fondo, entonces, no es cuánto produce Colombia, sino en qué es realmente buena, y si puede sostener esa ventaja en el tiempo. Uno de los casos más costosos, por responder mal esa pregunta, ha sido la pérdida progresiva de interés en nuestros recursos no renovables. La erosión de la soberanía energética en nuestro país no es un asunto menor: durante décadas fue una ventaja comparativa real frente a otras economías de la región. Colombia no nació con vocación petrolera. La tomó a finales del siglo XX, con hallazgos que transformaron su matriz productiva ¿Por qué renunciar entonces a la exploración, si se trataba de un activo estratégico que hacía al país más competitivo? Hace cuatro años empezamos a renunciar, paso a paso, a una industria donde la confianza lo es todo y el riesgo es alto por definición: de cada diez pozos que se perforan, apenas uno resulta favorable. Sin exploración sostenida, no hay reservas. Y sin ellas, no hay soberanía sobre el propio abastecimiento. ¿Qué hace competitivo a Colombia? ¿En qué es comparativamente mejor? ¿En qué puede especializarse sin poner en riesgo lo que ya construyó? No es momento de seguir gobernando en prosa, sino de decidir qué le conviene al país en su conjunto. Uno de esos puntos, sin duda, es recuperar ese sentido de pertenencia por nuestros recursos naturales y verlos, otra vez, como una ventaja comparativa y no como un pasivo del que hay que desprenderse. El costo actual de los combustibles líquidos -gasolina corriente y diésel- y del gas natural termina golpeando, primero y con más fuerza, a los colombianos de menores ingresos. Nos afecta a todos, sin duda, pero castiga desproporcionadamente a quien menos tiene con qué absorberlo. Ser más competitivos como país -recuperando esa vocación energética que supimos tener- es también una forma directa de cumplir los fines esenciales del Estado social de derecho que consagra nuestra Constitución de 1991, vigente hoy y, por fortuna, sin visos de cambiar en los próximos años.
Vocero Gremial Nacional Somos Uno.