Jueves, 09 de Julio de 2026

Riesgos inflacionarios

ChileEl Mercurio, Chile 9 de julio de 2026

La pregunta es cuándo y con qué intensidad un nuevo shock petrolero se trasladará a los precios internos.

De acuerdo con los datos del INE, el IPC de junio no registró variación mensual, pero la aparente calma esconde circunstancias y tendencias delicadas. Desde luego, la cifra es superior a la variación negativa que esperaba el mercado, pues la caída del precio de los combustibles no fue suficiente para contrarrestar las presiones en alimentos y servicios. Esto, cuando un nuevo shock petrolero en Medio Oriente amenaza con revertir ese alivio.
En términos anuales, el IPC acumuló un aumento de 2,8% en lo que va del año y 4,3% en doce meses. Son cifras que, más allá de una nula variación mensual, no deben haber dejado indiferente al Banco Central. Por su parte, de las trece divisiones que componen la canasta, ocho aportaron incidencias positivas y solo cuatro restaron en la comparación mensual. La mayor presión a la baja provino de transporte, que cayó 1,3% respecto de mayo y restó 0,181 puntos porcentuales al índice general, empujado por el abaratamiento de los combustibles de uso personal (-3,3%): la gasolina retrocedió 2,5% y el petróleo diésel, un pronunciado 8,0%. En sentido contrario, el rubro alimentos y bebidas no alcohólicas subió 0,8% y aportó 0,169 puntos, liderado por el pan, que se encareció 4,5%. El resultado neto de esa pugna fue un empate estadístico.
Así, el hecho de que el nivel general no se moviera no significa que los precios estén estáticos. La distinción clave la entregan los propios indicadores subyacentes que publica el INE. Mientras la energía cayó 1,1% en el mes, el IPC sin volátiles -que excluye los precios más erráticos- subió 0,2%, y la medida que descuenta alimentos y energía anotó -0,1%. Por lo tanto, el cero de junio fue construido por una fuerza: el abaratamiento de los combustibles. Sin ese factor, la fotografía habría sido distinta.
La descomposición importa porque separa lo pasajero de lo persistente. La baja de la gasolina y el diésel refleja el desplome de los precios internacionales durante junio, fenómeno ligado a la geopolítica y no a la demanda interna. Los alimentos, en cambio, exhiben una inercia incómoda: el pan, cuyo precio depende de los costos de energía, transporte y trigo, volvió a subir, y con él una amplia gama de productos de consumo cotidiano. Se trata de una inflación más difícil de revertir que un movimiento puntual de los combustibles. Con ocho de las trece divisiones anotando incidencias positivas, la amplitud del fenómeno refuerza dicha lectura. Así, descontados los elementos estacionales y los más volátiles, lo que resta es una inflación subyacente que se resiste a converger hacia la meta de 3% del Banco Central, con la que el registro anual de 4,3% mantiene todavía una brecha incómoda.
En este contexto, la reciente evolución del conflicto en el Medio Oriente no es noticia positiva. Tras una serie de ataques de Irán a buques que cruzan el estrecho de Ormuz y la reacción de Estados Unidos, el brent saltó hasta las cercanías de los 78 dólares, una escalada próxima al 8% en apenas unas jornadas. La revocación de la autorización para que Irán venda crudo y la amenaza de reinstalar un bloqueo naval añaden incertidumbre a un mercado ya tensionado.
Entonces, la pregunta para la inflación local no es si el crudo subirá, sino cuándo y con qué intensidad ese shock se trasladará a los precios internos. La evidencia sugiere que la transmisión de los costos de energía y transporte hacia el resto de la canasta -los alimentos, en particular- no es inmediata, sino que opera con rezago. De hecho, ese desfase explica por qué el abaratamiento del crudo en junio no logró arrastrar al IPC a terreno negativo: buena parte de la presión sobre los alimentos provenía de las alzas de transporte de meses anteriores.
Si el nuevo golpe petrolero persiste, su impacto no se reflejará en el IPC de julio, sino que emergerá hacia el último trimestre, justo cuando el efecto estadístico de la baja reciente se haya agotado. El Banco Central enfrenta el desafío de distinguir un shock de oferta transitorio de uno capaz de desanclar expectativas. Por su parte, Hacienda debe medir con precisión el impacto sobre precios y actividad de sus acciones en torno al Mecanismo de Estabilización de Precios de los Combustibles (Mepco). Reaccionar a cada vaivén sería un error, pero también lo sería ignorar un encarecimiento que se propaga con rezago hacia el núcleo inflacionario.
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