Jueves, 09 de Julio de 2026

El café, símbolo patrio

ColombiaEl Tiempo, Colombia 9 de julio de 2026


Margarita Bernal
El café es la forma que tenemos los colombianos de abrazar


Margarita Bernal
El café es la forma que tenemos los colombianos de abrazar. Es también nuestra manera de dar la bienvenida a quien llega. En un país donde tantas cosas polarizan —un partido político, un equipo, una idea—, el café no divide. Nadie hace campaña para desprestigiarlo. No hay bancada que se le oponga. No hay trino que lo insulte, ni quien le haga matoneo y amenazas. Su capital es que hace parte de las cosas positivas y alegres de nuestra vida diaria, antes que de nuestras diferencias. Espanta el frío de la madrugada. O el de una tarde de lluvia. Se toma al desayuno. Después de la comida nos despabila y da energía. También acompaña el postre. Es el matrimonio ideal hasta con el cigarrillo de la tarde, para quienes aún fuman —especie en vía de extinción—. Ese es su poder: nos iguala. Es de todos. No hay nada más democrático en Colombia que una taza de café. Tal vez por eso es una forma de reconocernos. El tinto es una de las expresiones más cotidianas de nuestra cultura e identidad. Según Kantar Worldpanel, firma internacional de estudios de mercado, el 99% de los hogares colombianos compra café y el consumo anual por hogar alcanza los 4,2 kilos (2025). Su prestigio también quedó escrito en el lenguaje del comercio mundial. La Organización Internacional del Café agrupa los arábigos lavados de mayor calidad bajo la categoría ‘Colombian Mild Arabicas’ (Arábigos suaves colombianos), en la que también están los cafés de Kenia y Tanzania cuyo perfil de taza es suave, balanceado y de acidez brillante. No deja de parecerme fascinante que esta denominación compartida lleve el nombre de Colombia. Me gusta pensar que es el reconocimiento a un país que durante décadas ha sido referente por la alta calidad de su café, y también por la consistencia de su producción y por el volumen con el que abastece al mercado nacional e internacional. Hoy esa historia continúa. Cada vez hay más marcas y fincas tostando café en origen a lo largo y ancho de nuestra geografía. Durante décadas exportamos café verde para que el tueste se hiciera en otros países. Y con el tostado afuera no solo se transformaba el grano: también se definían buena parte de su expresión en taza, de su valor, de su precio y de la historia que llega al consumidor. Hoy son más los caficultores que cierran ese ciclo en Colombia. Los símbolos patrios suelen colgarse en las paredes o izarse en los mástiles. El café, en cambio, se sirve en una taza. No importa si es un tinto de greca o un filtrado de cafetería de especialidad, si llega en un pocillo de peltre, una taza de porcelana o un vaso de cartón. Nos define y representa. No necesita marcador ni urna para demostrarlo. Gana todos los días. Basta con que su aroma empiece a recorrer la casa en la mañana para recordar que es el lenguaje común que une a todos los colombianos.
Comunicadora y consultora gastronómica.
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