Trump y el ardor de 1776
Pese a todo, los padres fundadores siguen tan vigentes como hace dos siglos y medio.
Trump quiso celebrar en grande los 250 años de la Declaración de Independencia. Aunque el calor hizo de las suyas y las tormentas obligaron a evacuar a miles de personas, el Presidente desafió a la naturaleza y dio su discurso a las 11 de la noche. En casi 40 minutos, enardeció a sus simpatizantes con gestos y frases para el bronce. Y en seguida, por más de media hora, se iluminó el cielo. Desde varios puntos de la capital lanzaron unos 850.000 fuegos artificiales. Muy en línea con su Make America Great Again (MAGA), presenciamos un Magaevento.
La puesta en escena fue espectacular. Y el contenido de su discurso, electrizante: "En este país podemos alcanzar los sueños más salvajes e imposibles, y ningún sueño en la historia es más grande o increíble que el que empezó el 4 de julio de 1776". En seguida agregó que "los americanos le ganaron al oeste y construyeron el mundo moderno, porque Estados Unidos es una nación de ganadores, y hoy día nuestro país está ganando de nuevo, y estamos ganando como nunca antes". La épica de 1776 es un futuro brillante para un presente de ganadores.
Para el mandatario, "no hay desafío que los americanos no puedan superar. No hay país al que no podamos ir. No hay objetivo que no podamos alcanzar. Y no hay nada que no podamos hacer". Después de resaltar a los padres de la independencia, agregó que "siempre estaremos arriba. Nada hará que nuestro país caiga. Nosotros siempre seremos los mejores". El mensaje es simple: recuperar y asentar esa superioridad. Con un guiño al infinito y más allá, prometió llegar pronto a Marte. También criticó, con buenas razones, al comunismo ("algo que nunca funcionó ni va a funcionar"). Terminó su discurso ofreciendo llevar al país "a nuevos niveles, a niveles nunca vistos... lo haremos más grande, mejor, más fuerte, y lo amaremos aún más". O sea, más big y más beautiful que nunca.
Ahora bien, el fenómeno Trump es difícil de digerir. Su poder e influencia son enormes. Tiene a Venezuela en sus manos y Cuba sobrevive de rodillas. Antes de Irán, un amigo solía decirme "a Trump no hay que escucharlo, hay que ver lo que hace". Hay algo de eso, pero las good manners que se cultivaban en el siglo XVIII no son lo suyo. Todas esas virtudes que encarnaban los padres fundadores hoy solo parecen resabios de otros tiempos.
En la Casa Blanca reemplazó el retrato de Joe Biden por una máquina de firmas automática. Por ahí guarda el premio Nobel de la Paz que María Corina Machado le ofrendó. Y como él lo merecía, la FIFA le inventó y entregó un sustituto. Por si fuera poco, en medio del Mundial, llamó a su amigo Gianni Infantino para anular una tarjeta roja contra un jugador estadounidense. Al final, perdieron 4 a 1 contra Bélgica y el mandatario quedó como un Trumposo, no un Trumpeón. Bien sabemos que el fair play tiene sus propios códigos.
Después de la impecable captura de Maduro, sugirió que Venezuela podría ser otro estado. Algo similar dijo respecto a Canadá. Y todavía insiste en anexar Groenlandia o llamar Golfo de América al de México. Los pasaportes y billetes deberían llevar su firma y rostro. Y cuando el Papa León XIV hizo unas declaraciones por la guerra en Irán, Trump apareció representando a Jesús. La lista es tan larga que ya casi nada nos sorprende.
Todos sabemos que el poder corrompe. Y mientras más grande es el poder, más corrompe. Trump no es una excepción en esta realidad humana.
Pese a todo, los padres fundadores siguen tan vigentes como hace dos siglos y medio. La arquitectura del poder que implementaron mantiene su fortaleza. La separación entre poderes, con sus contrapesos, todavía funciona. Basta ver los últimos fallos de la Corte Suprema. Y pronto veremos lo que sucederá en el Congreso.
Trump tiene razón: "Ningún sueño en la historia es más grande o increíble que el que empezó el 4 de julio de 1776".